
Vivimos como "volunteers"
Por un voluntario
Acabamos de regresar de una experiencia imborrable en Colonia, una muestra más del amor infinito de Dios, donde hemos vivido una impresionante afirmación por parte de la juventud mundial de que se siente Iglesia unida a Pedro (en la persona de Benedicto XVI). La multitud congregada ha desmentido con rotundidad la idea de conformismo y pasotismo con que la sociedad actual caracteriza a esta generación. El pasado día 10 de agosto partíamos desde el monasterio de Los Jerónimos, sede de la Universidad Católica San Antonio de Murcia (UCAM), un grupo de 95 jóvenes; nuestra misión: participar como "voluntarios" en la XX Jornada Mundial de la Juventud (JMJ) Colonia 2005. Nuestro destino: Alemania.
La llegada a Colonia
Aún no había empezado el programa oficial de la JMJ 2005 en Colonia, pero en el recinto de exposiciones (Kölnmesse) se veía mucho movimiento. A una semana vista de los actos centrales con el Papa, miles de jóvenes de todo el mundo habíamos llegado para echar una mano como voluntarios. Todos queríamos que este gran evento fuera un éxito.
El pabellón 10 del "Kölnmesse" era un hervidero. Grandes carteles nos indicaban a los recién llegados el camino para el "check-in". Por todas partes se oía reír, cantar y hablar en distintos idiomas: inglés, alemán, italiano, francés, español... Los 95 voluntarios de la UCAM acabábamos de llegar de Estrasburgo, después de dos días de viaje, cargados con grandes mochilas, aislantes y sacos de dormir. Nos presentamos en una de las ventanillas y poco tiempo después nos explicaron el proceso para registrarnos, cosa que no pudimos hacer hasta la mañana siguiente.
Más de 11.500 voluntarios, como nosotros, provenientes de todas las partes del mundo llegaron esa misma tarde provocando varias horas de espera para poder registrarse. Todo era una fiesta, cada voluntario recibía después de la inscripción una mochila de la JMJ, bonos de comida, una camiseta y un impermeable rojos. A los voluntarios se nos podía reconocer desde lejos gracias al color llamativo de nuestros atuendos.
Molidos por el largo viaje y siguiendo los consejos de la organización, llevamos nuestros equipajes al alojamiento que tenían previsto para nosotros: el campamento de voluntarios "Fühlinger See". Se trataba de un recinto, a unos 20 kilómetros de Colonia, en un paraje precioso. Grandes árboles, un lago, patos y varios centenares de tiendas de campaña distribuidas en zonas con los nombres de los evangelistas. A nosotros nos tocó la de Mateo.
El lugar contaba con la infraestructura necesaria para sentirnos cómodos: servicios y duchas portátiles, una gran tienda de campaña para las celebraciones religiosas; e, incluso, un garito para tomar algo y escuchar música, que desde nuestra llegada "gestionamos" los españoles. Cuando nos fuimos del campamento todos echaron de menos nuestras fiestas.Somos voluntarios
Los dos primeros días que pasamos en la ciudad bañada por el Rin sirvieron para aclimatarnos (la primera noche pasamos un frío glaciar, y la segunda, nos calamos hasta el tuétano) y recibir la formación especifica para las tareas que teníamos encomendadas. Las ocupaciones que tenían los casi 30.000 voluntarios eran de lo más variadas, algunos trabajaban como serenos, otros asistían a los discapacitados, la mayor parte del tiempo había que facilitar información e indicaciones a los peregrinos, o distribuir las bolsas de comida.
Llegó el momento de ser útiles, por lo que abandonamos "Fühlinger See" para reubicarnos en lo que sería nuestro lugar de trabajo y "reposo del guerrero". Durante seis días nuestro grupo de "volunteers" se dedicó a proporcionar un lugar donde poder dormir la gente que acudía a la JMJ sin alojamiento. Eran peregrinos que llegaban cansados y destrozados. La mayoría franceses, muchos italianos y sudamericanos, y algún asiático y sudafricano. Venían de todas los puntos cardinales. A muchos nos llamaba la atención que llegara gente que llevaba tiempo sin probar bocado. Los acogíamos, los amábamos y los acompañábamos durante la noche, para despedirlos tras un saludable desayuno.
El pabellón 13 del "Kölnmesse" se convirtió en el lugar de descanso y acogida de muchas personas que, de no ser así, posiblemente habrían tenido que dormir en la calle. Vivimos una sensación especial, pues estábamos dando una gran utilidad a un lugar que en otra época había servido de antesala para el traslado de los judíos a los campos de exterminio nazis.
Nuestro servicio era nocturno, por tanto, teníamos libres las mañanas y las tardes para poder disfrutar del intenso programa de las Jornadas. Este tiempo lo aprovechábamos para rezar laudes; peregrinar a la imponente catedral, en la que se veneran las reliquias de los Magos de Oriente; pedir sabiduría delante de la tumba de san Alberto Magno; visitar la ciudad y sus fabricas de agua de colonia; ver exposiciones de arte sacro; participar en diferentes catequesis preparatorias, eucaristías y actos penitenciales; y, por qué no, también hubo tiempo para el esparcimiento y el disfrute de la gastronomía alemana (algunos se pusieron las botas de salchichas, patatas fritas y cerveza). Llegó nuestra última jornada como voluntarios en Alemania. Tras finalizar los actos de Marienfeld, el Campo de María, nos tocó desarrollar la misma tarea que habíamos realizado en el "Kölnmesse", pero esta vez en el recinto ferial de Düsseldorf.Misa de bienvenida a los voluntarios
El 15 de agosto participamos en la Eucaristía que presidió el Secretario General de la JMJ, monseñor Heiner Koch, para todos aquellos que sirvieron como voluntarios en este importante evento mundial.
La Misa, oficiada en el estadio Bay Arena de Leverkusen, congregó a miles de voluntarios venidos de Alemania y de distintas partes del mundo.
"Durante dos años hemos trabajado para la XX Jornada Mundial de la Juventud en Colonia. Estamos felices porque finalmente nos encontramos en ella. ¡Hemos esperado mucho para esta celebración! ¡Cuántas experiencias hemos recibido hasta llegar al día de hoy! ¡Agradezcamos a Dios por ellas!", señaló monseñor Koch a los presentes.
Asimismo, el sacerdote nos indicó que "esta Jornada Mundial de la Juventud no hubiera sido posible sin los miles de voluntarios. Es nuestra Jornada Mundial de la Juventud. Desde lo hondo de mi corazón os digo: Dios os bendiga y os premie!".
Para el presbítero, "todo lo que hagáis en estos días no es sólo cuestión de ayuda logística indispensable. Cada servicio que realizáis es una acción espiritual que construye la Iglesia. ¡Dios bendiga vuestros actos en Su presencia!".
Finalmente, monseñor Koch concluyó recordándonos que esta JMJ tiene como lema "Hemos venido a adorarle", en referencia a la figura de los tres Reyes que adoraron a Jesús en Belén. "Los tres Reyes Magos nunca hubieran podido llegar a adorar al Señor si no hubieran tenido la ayuda de los camellos para llegar a Cristo. No sería acaso un gran cumplido que los jóvenes peregrinos os dijeran: '¡Vosotros nos ayudasteis a llegar a Cristo como los camellos ayudaron a los Reyes a llegar a Cristo! ¡Habéis sido los camellos de la fe! Con vuestra ayuda hemos encontrado a Cristo y hemos alcanzado la meta. ¡Hemos venido a adorarle!'".Encuentro con los obispos españoles
Las mañanas del 17 y 18 de agosto asistimos en Colonia a las catequesis de nuestro arzobispo metropolitano, monseñor Francisco Javier Martínez, y del administrador apostólico de nuestra diócesis, monseñor Manuel Ureña, respectivamente.
En su intervención monseñor Francisco Javier Martínez señaló que, el hombre busca la felicidad, que es lo que da un sentido profundo a la existencia humana. Ésta la encuentra en lo que hay de real y bello en el mundo, porque Dios está en las cosas de la vida. El hombre puede encontrar a Dios y puede reconocer y acoger la vida que Dios nos da cuando se abre a Él y vive su presencia en lo que hay de bueno y bello. Para el arzobispo de Granada, el mejor sitio para vivir esta experiencia es la Iglesia, el lugar donde uno puede encontrar al Señor, vivir para Él, reconocer su presencia y darse a Él por entero, porque todo habla de Él.
Por su parte, monseñor Manuel Ureña se refirió a la búsqueda de la verdad y la autenticidad. Nos hizo una invitación a buscar la verdad que está escondida en Dios. El administrador apostólico de Cartagena señaló al respecto que, Dios se nos manifiesta en el pan de la Eucaristía.
El 19 de agosto nos desplazamos a Bonn para participar en el encuentro de los peregrinos españoles con sus obispos, al que se sumaron de manera testimonial un centenar de jóvenes de otras partes del mundo. Más de 4.000 mil jóvenes abarrotábamos el polideportivo acondicionado para la ocasión, en una celebración que se desarrolló de forma festiva y en el que se demostró la gran conexión existente entre los prelados y la juventud española. Más de un millar se quedó a las puertas bajo una incesante lluvia al no poder acceder al recinto por motivos de seguridad.
El encuentro comenzó con la bienvenida a cargo de monseñor Ricardo Blázquez, obispo de Bilbao y presidente de la Conferencia Episcopal Española, quien recordó en sus palabras a la alemana Edith Stein, Santa Teresa Benedicta de la Cruz, y nos la propuso como modelo para nuestras vidas. Por otra parte, monseñor Blázquez nos agradeció que hubiéramos aclamado a Benedicto XVI con la misma fuerza y emoción con la que aclamábamos a Juan Pablo II.
A continuación monseñor Josep Ángel Saiz Meneses, obispo de Terrassa y responsable de la Pastoral de Juventud, nos hizo un llamamiento para que no nos dejáramos llevar por mensajes que buscan la confrontación de los jóvenes con los obispos. Por su parte, monseñor Julián Barrio, arzobispo de Santiago y presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, centró su discurso en la esperanza que debe acompañar en la vida de fe a todo peregrino.
También intervinieron el arzobispo de Sevilla, cardenal Carlos Amigo y el arzobispo de Madrid, cardenal Antonio María Rouco. Monseñor Amigo nos invitó a no tener miedo, porque "Jesucristo no solo puede convertir las piedras en pan sino que convierte el pan en Eucaristía". Por su parte, el cardenal Rouco nos lanzó el reto de dar testimonio y de ser a partir de ahora testigos de lo que estábamos viviendo en este Encuentro.
Durante las dos horas de duración del acto tuvieron lugar interpretaciones de teatro, actuaciones musicales y los testimonios de un seminarista, una religiosa y un joven matrimonio.
El encuentro concluyó con el "envío" por parte de los obispos, entregándonos a cada uno una estrella de madera de olivo realizada por artesanos de Tierra Santa.Bienvenida al Papa
Nuestro primer encuentro con Benedicto XVI tuvo lugar durante la ceremonia vistosa y festiva de bienvenida que se desarrolló a lo largo del Rin y concluyó en la catedral de Colonia. Nuestro grupo se dispuso a lo largo de las orillas del río que atraviesa la ciudad alemana y ondeando banderas de España, gritábamos el nombre del Papa y le aplaudíamos sin cesar, expresando así nuestra gratitud y adhesión al sucesor de Pedro. Los más entusiastas se lanzaron al Rin para verle más de cerca.
El Papa nos dijo que la felicidad que buscamos solo la encontraremos en Cristo, "que no quita nada". "Queridos jóvenes, la felicidad que buscáis, la felicidad a la que tenéis derecho a saborear, tiene un nombre, un rostro: el de Jesús de Nazaret. Sólo Él da plenitud de vida a la Humanidad. Quien deja entrar a Cristo en su vida no pierde nada, absolutamente nada de lo que hace la vida bella, libre y grande", dijo el Pontífice alemán. El obispo de Roma fue más allá y añadió: "Estad plenamente convencidos, Cristo no quita nada de lo hermoso y grande que hay en vosotros, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo".
Benedicto XVI se trasladó a las cinco de la tarde del día 18 desde el arzobispado de Colonia, donde se alojó durante los cuatro días de visita, al muelle de Rodenkirchenbrucke, donde embarcó en la nave "Rhein Energie", junto a sesenta jóvenes, varios cardenales, obispos y otros religiosos, con los que recorrió diez kilómetros, hasta llegar al muelle cercano a la catedral.
Cinco barcos, en representación de los cinco continentes, le acompañaban en la travesía, que concluyó frente al lugar donde se veneran las reliquias de los Reyes Magos y en cuya plaza pronunció otro discurso.Marienfeld
Entre las más de 800 mil personas que acudieron el sábado 20 a la Vigilia en Marienfeld, a 27 kilómetros de Colonia, para participar con Benedicto XVI en las primeras Jornadas Mundiales de la Juventud a las que acude este Papa, se encontraba nuestro grupo de jóvenes. Aunque sólo le podíamos ver en las pantallas gigantes instaladas para la ocasión, gritábamos igual. Alguien nos dijo: "¡Pero si no se ve!". "Ah, no importa, yo siento que él nos está viendo igual", respondió emocionada una de las voluntarias de la UCAM. Ondeando banderas españolas, la representación de la Universidad Católica de Murcia ocupó sus puestos en la gran explanada llena de entusiasmo por participar en la vigilia con el Papa alemán. Habíamos llegado hasta allí no sin alguna dificultad, pero ni la lluvia ni el barro pudieron con nosotros tras el largo viaje que nos había llevado por media Europa y tras varios días ayudando como voluntarios en el recinto ferial de Colonia. Íbamos a pasar la noche al raso con sacos y esterillas, por lo que a algunos les preocupaba la meteorología, que finalmente fue respetuosa con la multitud congregada.
En medio de la marea humana de Marienfeld destacábamos por nuestras camisetas y gorras, que por cierto causaron furor. Los italianos fueron los que más nos las pidieron. Varios de nuestros chicos se llevaron a cambio el característico gorro de explorador, distintivo de los jóvenes transalpinos, y también muy solicitado.
La Vigilia comenzó con la entrada de la Cruz de la Jornada Mundial de la Juventud, entregada por el Papa Juan Pablo II a los jóvenes en 1984 y que desde entonces ha recorrido todo el mundo. Ésta fue colocada en la parte superior del altar, levantado en una colina. Todo se hizo silencio después de los aplausos de bienvenida al Santo Padre. La Vigilia fue sencilla y alegre, acompañada del frío y la humedad propia del lugar. Las palabras que Benedicto XVI nos dirigió fueron aplaudidas continuamente. Toda la celebración era seguida en los idiomas propios a través de la radio, pero en el momento de los cantos, seguidos a través de la liturgia que fue repartida a cada uno de los presentes, la explanada entera alababa al unísono. El mensaje de la noche fue claro: conocer las búsquedas interiores de la Humanidad, la sorpresa de los Magos ante un rostro de Dios inesperado, y la conversión interior después de encontrar al Dios vivo y verdadero. En continuidad con las palabras que Juan Pablo II siempre dirigía a los jóvenes, Benedicto XVI recordó que "sólo de los santos proviene el decisivo cambio del mundo".Una vez finalizado el acto, decidimos pasar la noche al aire libre y acampar en la explanada para no perder el sitio que teníamos y poder disfrutar de la Eucaristía con el nuevo Pontífice.
Al amanecer del día siguiente, todos éramos despertados para rezar laudes, oración que se unió prácticamente con la Eucaristía. La música era animada por un enorme coro, con ritmos de varios rincones del mundo. Aunque en nuestras iglesias y parroquias se quiera garantizar que todos pueden ver el altar y seguir más o menos de cerca la celebración, allí lo importante era el sentido y la orientación. Todos se iban levantando, sentando, arrodillando, según el ritmo de la celebración. Se escuchaba con veneración y piedad, se estaba atento y se compartía con quien estaba cerca. Era una verdadera fiesta, que en más de una ocasión recordaba los Festivales Techno, Rock o Hip-Hop que se organizan durante el verano en la costa levantina. Esto hacía pensar en que la alegría y en entusiasmo que nos animaba era diferente de lo habitual. No estábamos allí para cantar o formar un gran coro, ni siquiera para escuchar cómo cantaban otros. La conciencia común era la de ser convocados por "una estrella", de haber peregrinado al recibir una llamada, de haber guardado durante tiempo un don que sólo aquí podía ser ofrecido, y de acoger y ser llenados. La homilía, continuamente aplaudida, giró en torno a la Eucaristía y la actitud de adoración que es lema de la JMJ. Una invitación, como el día anterior, a "entrar en su hora" ya que "la hora de Jesús es la hora en la cual vence el amor"."Si pensamos y vivimos en virtud de la comunión con Cristo, entonces se nos abren los ojos", afirmó el Santo Padre. Asimismo, el Papa dijo, ante más de un millón de peregrinos, que "la libertad no consiste simplemente en disfrutar de la vida en total autonomía, sino de vivir a la medida de la verdad y de la bondad, a fin de que nosotros podamos convertirnos en seres verdaderos y buenos".
Benedicto XVI puso fin a su viaje apostólico en Alemania con el rezo del Ángelus. Ante los jóvenes que le escuchábamos, el Papa condenó tanto el actual "olvido de Dios" como el "boom" que convierte la religión en un "producto de consumo". Al término de la misa, el romano Pontífice nos anunció que Sydney sería la encargada de albergar la próxima cita mundial de la juventud. Habrá que esperar hasta el 2008.Conclusión
Una vez concluidas las jornadas y regresado a nuestros hogares, permanece el recuerdo de lo vivido. Las largas horas de autobús, las incomodidades de tener que dormir en tiendas de campaña bajo un aguacero infernal, o en el duro suelo de la Feria de Colonia (Kölnmesse) o Düsseldorf, los horarios nocturnos de trabajo, las escasas y repetitivas comidas, el ayuno en ocasiones, las dificultades de organización debido a la cantidad ingente de peregrinos, los interminables kilómetros a pie, y tantas y tantas penurias pasadas, no mermaron la entrega generosa del grupo de voluntarios de la UCAM al servicio de nuestros semejantes. Vivimos como peregrinos, sufriendo y gozando de Francia y Alemania, de la generosa acogida de sus habitantes, de las maravillas de su arte, su cultura y sus paisajes, de las enriquecedoras catequesis de nuestros pastores, de la alegría, de la fiesta y la fraternidad que se derramaba por cualquier plaza, calle o esquina... Vivimos como "volunteers" alojando durante seis días en Colonia, y el último en Düsseldorf, a los peregrinos venidos de los distintos puntos del globo que acudían sin alojamiento, cansados y destrozados; se les acogía, se les amaba y se les acompañaba durante la noche, para despedirlos tras un saludable desayuno.
Los testimonios de fe, de comunión eclesial y de alegría que he observado durante estos días en los jóvenes universitarios que he acompañado, eran prueba evidente de una vida de resucitados, de seguidores y anunciadores de la Verdad y la Vida, de Jesucristo. Sacaban fuerzas de donde no las había, se ayudaban mutuamente, compartían desde el jabón hasta las propias intimidades y preocupaciones. A la vuelta, desde la pradera de Lourdes, última etapa de nuestra peregrinación y solaz donde reposar y degustar todo lo vivido en catorce días, o desde el micrófono del autobús, se desgranaban las experiencias de cada peregrino-voluntario. Se repetía una y otra vez lo mismo: la alegría del servicio, el olvido de los sufrimientos, el descubrimiento de la propia debilidad, de la queja constante y la murmuración, el conocimiento de uno mismo, y sobre todo el encuentro con el amor de Dios a través de Jesucristo.
Los 95 voluntarios de la UCAM hemos peregrinado guiados por la estrella, hemos encontrado y adorado al niño en el pesebre de nuestra propia vida, o en la de los miles de peregrinos a los que hemos servido, y ahora volvemos a casa "por otro camino", como los Magos de Oriente, enviados y dispuestos a combatir por "la verdadera revolución" como nos indicaba en Marienfeld Benedicto XVI, "la del Amor".