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Las Crónicas de Oxford
Narnia y la Magia de los Inklings

por Eduardo Segura
Unidad Central de Humanidades
Universidad Católica de Murcia

          En estos últimos años estamos recibiendo la visita literaria de Harry Potter, el aprendiz de mago que piensa y vive según criterios y costumbres esencialmente inglesas, a pesar de lo que muchos dicen sobre sus vínculos con la New Age o cierto pensamiento mistérico. Pero la tradición en la que se encuadra Hogwarts no es, ni de lejos, la de Tolkien, como algunos han escrito, sino la de aquellos maravillosos Cinco y Siete Secretos, de Enyd Blyton; la de los Hollister; o la de los relatos de misterio de Los tres investigadores. Una tradición que sabe a college inglés, que huele a madera y a hierba húmeda, a aventuras apasionantes en las que la magia se entiende como parte esencial de la vida cotidiana. Esa noción de una magia profundamente enraizada en la cotidianeidad es herencia, a su vez, de Chesterton y los autores victorianos y, más atrás, se remonta a Walter Scott, los Románticos y hasta la materia de Bretaña artúrica. Entronca con una época que se hunde en las brumas de la Isla Bienaventurada, en una época en que vida y misterio eran una y la misma cosa. Nos remonta al inicio de todas las cosas que valen la pena.

          C.S. Lewis (1898-1963) fue uno de los grandes hombres que vivió el apasionante y terrible siglo xx. Intelectual y escritor, converso y apologeta del cristianismo, Lewis (Jack, como le llamaban sus amigos) construyó un particular imaginario de profundas raíces inglesas. Cincuenta años después los tiempos han cambiado. La vida ha ido perdiendo, al menos a primera vista, su inmediatez mágica, su radical carácter sobrenatural. Parece que lo prosaico se va imponiendo, como una marea aparentemente imparable, que arrasa a su paso modos de vivir la existencia mirando arriba —al Cielo— y adentro —a la propia alma—. Y ahí es donde autores como Tolkien y Lewis aportan su luz. Ellos alumbraron mundos que son el de todos los días, transfigurados por la mirada amable y esperanzada de quienes están convencidos de que «no todo lo que es oro reluce» —como escribió Tolkien de Aragorn—, de que hay en la realidad más de lo que aparece a los ojos —Frodo o Sam— y que, por eso mismo, hay que educar la mirada, para que el ser humano aprenda a descubrir la verdad que esconden las apariencias, la Magia de la vida y la verdad inscritas en cada ser humano. Pues saber mirar implica saber amar.

          Las Crónicas de Narnia constituyen un ejemplo egregio de este concepto de magia y vida como planos existenciales yuxtapuestos, paralelos, donde uno sirve de umbral para el otro. Los siete libros que componen la serie fueron escritos por Lewis desde finales de la década de 1940, prolongándose durante la siguiente. Algunos episodios y nombres muestran la influencia de ciertos pasajes de El Señor de los Anillos, obra que por entonces se encontraba en avanzado estado de redacción, y que era leída públicamente durante las tertulias de los Inklings, en diversos pubs y colleges de Oxford. Con todo, las fuentes en las que Lewis bebe se me antojan más vinculadas al mundo victoriano, poblado de “hadas”, a la tradición tardomedieval de criaturas que habitan el mundo mágico, que a los caracteres inspirados en la tradición del Norte de Europa que hollan los senderos de la Tierra Media.

          Ahora, Disney ha puesto sus ojos en Narnia. La carestía de ideas que aqueja a Hollywood ha forzado a los guionistas a mirar más allá de las fronteras de los paupérrimos Estados Unidos, en busca de algo que valga la pena contar. Tolkien y Lewis les han salvado... de momento. Y si El león, la bruja y el armario, que se estrena el próximo 8 de diciembre, no ha derivado hacia lo mera y exclusivamente espectacular, es posible que podamos disfrutar de la alegoría de esta historia que trata, sobre todo, del sacrificio y la redención por amor. ¿Les suena? Muy probablemente sí, pues no se trata de fantasía. Antes bien, es la vida real. Palabra de Aslan.

 

A propósito de Narnia

Entrevista a Eduardo Segura
Preguntas realizadas por el periódico Alba

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¿Es Narnia un mundo irreal? ¿Qué tiene de posible?
¿Qué es lo “real”? ¿Sólo lo científicamente demostrable? Si es así, entonces Narnia es “irreal”; no podemos entrar allí y respirar su aire. Sin embargo, yo defiendo una noción de realidad más amplia, en la que lo real abraza también lo posible. Existen mundos verosímiles, que poseen la coherencia interna de la realidad, que hacen más comprensible nuestro propio mundo en un triple nivel: intelectual, volitivo y emocional. Esos mundos inventados, cuando están construidos con pericia, son profundamente deseables, y satisfacen deseos humanos muy arraigados en el alma. Desde esa perspectiva, Narnia es nuestro mundo, transfigurado por la mirada recreadora —subcreadora, decía Tolkien— del artista.

¿Ha sabido Hollywood mantener el fondo genuinamente cristiano de la obra de C. S. Lewis? ¿Es Narnia fiel a la obra original de Lewis?
Completamente. Andrew Adamson y su equipo de guionistas han sido capaces de captar no sólo la atmósfera mágica de Narnia, sino de insertar entre líneas mucho de la cosmovisión de Lewis. La película admite una lectura a diversos niveles, aunque un cristiano entenderá más plenamente el carácter sacrificial de las decisiones de Aslan, así como el conflicto interno del personaje de Edmund. Pecado, redención y misericordia son temas que atraviesan de principio a fin la película. Como adaptación fiel al original, considero que está incluso por encima de El Señor de los Anillos.

¿Hay algo que se podría haber mejorado en la versión cinematográfica?
Evidentemente, todo es mejorable. Pero considero muy loable el esfuerzo que se ha realizado para que la película no se convirtiese en mero espectáculo visual. Todo está puesto al servicio del drama, y la contención con que Adamson ha empleado el diseño de producción ha otorgado al relato una profundidad muy cercana a la perfección. Se echa de menos, no obstante, un tempo narrativo más lento en algunos momentos dramáticos, y una dirección de actores más esmerada, teniendo en cuenta que se trata —en el caso de los cuatro protagonistas— de chavales sin experiencia. A pesar de eso, Georgie Henley, la niña que encarna a Lucy Pevensie, posee un talento natural envidiable para la pantalla, y gran parte del peso dramático de la historia recae en sus hombros, tarea que resuelve de manera sobresaliente, y que era clave para lograr que la adaptación funcionase —como corroborará cualquier lector de Las Crónicas de Narnia—.

¿Se trata de una película y un libro sólo para niños? ¿Hasta qué punto lo niños entienden el fondo?
En absoluto. Pienso que los niños, con esa mirada limpia para la justicia y la verdad —¡y para el fino sentido del humor que posee esta película!— disfrutarán mucho con ella, y la entenderán a diferentes niveles. Pero serán los adultos quienes más saquen de Narnia; porque la acción apela al interior del espectador, e invita a recapacitar sobre temas tan radicalmente humanos como el compromiso y el perdón.

¿Qué es lo mejor de “Las Crónicas de Narnia” como mundo literario?
La posibilidad que nos ofrece, como mundo posible, de reconocernos en el espejo del mito; es decir, la posibilidad que nos da esa obra literaria de volver a visitar una y otra vez nuestro propio fondo. Además, como libro, es una obra de arte muy bien escrita, de manera que cumple la función básica de la buena literatura: enseñar entreteniendo. Narnia nos ofrece otros caminos que hollar hacia el conocimiento de Dios, de nosotros mismos, del mundo.

El Señor de los Anillos, ahora Narnia. ¿Puede hablarse del éxito de una vuelta a las historias con valores?
No creo que existan los “valores”, ni que estas películas se hayan hecho para ponerlos en primer plano. Existen, eso sí, las virtudes encarnadas en personas de carne y hueso... o de celuloide. Creo que El Señor de los Anillos o El león, la bruja y el armario, han sacado a Hollywood de un serio atolladero: el de la carencia absoluta de ideas nuevas, frescas, que valiese la pena contar. A la vez, son una muestra fehaciente de la sed que padece el mundo actual por una espiritualidad real, atractiva, posible, que dé sentido a la vida diaria, desde la rutina hasta las catástrofes y desgracias que los medios nos ponen ante los ojos. En ese sentido quizá sí se pueda hablar de películas que muestran como posible y hermosa una norma moral positiva, de indudable atractivo.

¿Incluiría a Harry Potter dentro de estas historias con valores?
Sólo conozco las películas, de modo que yo mismo debo poner mis opiniones en entredicho. Mi conclusión a partir de las cuatro películas que se han estrenado hasta ahora es que su entramado moral es endeble. Sólo el personaje de Harry me parece dotado de profundidad y pliegues interesantes (a pesar de las carencias como actor de Daniel Radcliffe), y en especial su relación con Dumbledore se muestra llena de compasión, exigente fortaleza, olvido de sí y amor desinteresado por ambas partes. A mi juicio, la soledad triste, la nostalgia que tiñe la vida de Harry Potter, hacen que las historias tengan un interés que va más allá de la mera aventura, del argumento. Supongo que los libros llenan muchas de las lagunas que son visibles en las películas.

¿Cree que esta proliferación de cine fantástico puede ser una huida de la realidad del público, que busca películas con final feliz y mundos donde la idea del bien y el mal esté más clara?
No lo veo exactamente así. Como he dicho antes, no se trata de mundos fantásticos, sino de visiones verosímiles del mundo real en sentido profundo, un sentido más verdadero que lo meramente “experimental”. Por tanto, aunque uno se puede perder en esos mundos, y quedarse como Peter Pan para siempre en Nunca Jamás (de modo voluntario), los universos imaginarios de Lewis y Tolkien son capaces de provocar la evasión, la recuperación y el consuelo del verdadero final feliz —a menudo doloroso— que capacita para volver al día a día con fuerza renovada, con esperanza renacida. Eso no es fantasía; todo lo contrario. Donde a menudo se difuminan las fronteras entre bien y mal, entre fantasía y realidad, es en productos comerciales como “Triple X” o “Bridget Jones: sobreviviré”. Eso sí es escapismo irreal, y engaño mal empaquetado.■

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Las crónicas de Narnia: el león, la bruja y el armario (Andrew Adamson, EEUU 2005) se estrenó en varios países, entre ellos España, el 7 de diciembre de 2005. Entre las páginas web en castellano dedicadas a la película destaca “El mundo de Narnia” (http://www.elmundodenarnia.com/).