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LA MIRADA INTERIOR

Por Carlos Tejeda


Ingmar Bergman, por Paco Guzmán (dibujo en tinta china sobre papel).
Fuente: www.pacoguzman.net

 
Desde su retiro en la isla de Fårö, el octogenario Ingmar Bergman se ha ido reconciliando con su pasado: a sus libros de memorias, Linterna mágica e Imágenes, se han sumado los guiones de Las mejores intenciones, Niños del domingo y Confesiones privadas – llevados al cine por Bille August (1991), su hijo Daniel Bergman (1992) y Liv Ullmann (1996), respectivamente – en los que recrea su historia familiar. Ejercicios autobiográficos con los que había salpicado algunas películas como Fanny y Alexander (1982), pues, como el niño protagonista del título, sufrió la estricta educación de un autoritario padre, pastor protestante, y de una rígida madre, un ambiente del que el pequeño Ingmar se evadía a través de la imaginación, con pequeños teatros de marionetas que fabricaba o las imágenes que proyectaba en una linterna mágica.
     

De la infancia de Bergman nacen algunas de las constantes sobre las que se sustentará su complejo y fascinante universo. Preocupado por descifrar los enigmas de la existencia, Bergman irá desarrollando una minuciosa reflexión sobre la psicología humana: los mecanismos inherentes en el propio yo (conflictos emocionales, religiosos, educativos), que afloran en su colisión contra el entorno (el seno de la pareja, el ámbito social, o familiar).

    Uno de los ejes de su obra gira en torno a las relaciones amorosas, que aborda desde diversos estadios: de las efímeras pasiones juveniles – Juegos de verano (1950) o Un verano con Mónica (1952) – a las crisis en la pareja madura en Secretos de un matrimonio (1973), cuyos personajes volvió a retomar en Saraband (2003). Problemas amatorios que incluso afronta a través de la comedia: la deliciosa Sonrisas de una noche de verano (1955), que le da a conocer internacionalmente al ser premiada en Cannes, o Esas mujeres (1964), su primera película en color. Son historias que, a su vez, están empapadas por otra de sus claves: la incomunicación. La que sufre el criminal psicótico Peter Egerman bajo una aparente normalidad de exitoso hombre de negocios en De la vida de las marionetas (1980); la que soportan dos hermanas enfrentadas y bloqueadas en un país en guerra cuyo idioma desconocen en El silencio (1963); la misma que padecen, sólo que con mayor crudeza, los distintos personajes de Como en un espejo (1961), La hora del lobo (1967) o Pasión (1969), todos ellos con un nexo común: viven voluntaria y geográficamente aislados. Ilusoria y vana huida de la realidad, ya que no sólo sus propios fantasmas les precipitarán hacia su naufragio emocional, sino que elementos externos – como los acontecimientos bélicos en La vergüenza (1968) – contribuirán, si cabe aún más, a acelerarlo. Soledad subrayada quizás por el hecho de que la mayoría de estos últimos están rodados en su amada isla de Fårö.Sin embargo, hay personajes que adoptan otras estrategias defensivas frente a la sociedad: la apariencia, la máscara con la que ocultan su torturado yo, como el ilusionista de El rostro (1957), camuflado bajo una peluca y una barba postiza; o la mudez fingida de la actriz Elisabet Vogler (Liv Ullmann), en Persona (1966). Seres que se enfrentan al inevitable destino de la muerte, ésa con la que juega al ajedrez el caballero Antonius Block en El séptimo sello (1957), a la que se sabe cercano el viejo profesor Isak Borg en Fresas salvajes (1957) o la misma que espera la moribunda Agnes, junto con sus hermanas, en ese soberbio retrato sobre el dolor que es Gritos y susurros (1972). Y a sus dudas, como la angustia de Thomas Ericsson, un pastor luterano que ha perdido la fe, en Los comulgantes (1962). O la visión desde el otro lado, el infierno, en El ojo del diablo (1960).
 

   


Portada dedicada a Bergman por
Time (14/3/1960)

A todo ello se suma el papel del arte y del artista, la meditación de Bergman desde su condición de creador, latente en la citada La hora del lobo. O en la concertista que ha antepuesto su carrera profesional a la familiar en Sonata de otoño (1978), última interpretación de Ingrid Bergman para el cine. Filmografía, por otra parte, impregnada de otros conceptos como la identidad, los prejuicios morales, la dualidad entre el bien y el mal, la culpa, el deseo, la sexualidad o la maternidad. Y también el mundo teatral, omnipresente en películas como El rito (1968), Después del ensayo (1983) o Fanny y Alexander, pues Bergman es un hombre de teatro con un largo y brillante bagaje en la dirección escénica.
    Si hubiera que destacar un punto en común entre los personajes de Bergman y el resto de los mortales, éste sería, quizás, el que le expresa la psiquiatra a una enmudecida Elisabet Vogler en Persona: “la vida se cuela por todas partes”, a pesar de ocultarnos tras los herméticos y ficticios escondites que nos creamos.

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Artículo publicado en el suplemento cultural ABCD, nº 52. La Unidad Central de Humanidades agradece a Abc su amable colaboración en este homenaje a Ingmar Bergman.