ISABEL
Mª PÉREZ RODRÍGUEZ DE VERA
LA CARIDAD DESDE UNA VISIÓN
ÉTICO-TEOLÓGICA, SEGÚN LOS DISTINTOS DICCIONARIOS
BÍBLICO-TEOLÓGICOS.
El
concepto de la caridad desde una visión ético teológica y dentro del aspecto
semántico incluye diversos vocablos: amor, caridad, caritativo, óbolo,
desprendimiento, fraternidad... hasta llegar a nuestros días al de solidaridad.
A continuación haremos una recopilación de las diversas definiciones que
explican los diccionarios:
Si se
estudian las acepciones del diccionario de Josep Vilaró y Xavier Vilaró (1976),
páginas 24, 25 y 52, 53 y 169,170 se vislunbran los
siguientes:
Amor:
en el lenguaje cristiano, expresa la realidad compleja de un mundo creado por
Dios. Un mundo no idealizado, sino real. Por eso, ya que tiene conciencia de
llevar en sí gérmenes de perdición, muerte y dolor, quiere salvarse. Salvar el
escollo de la frustración y dolor temporal y salvar su esperanza definitiva.
Para el hombre religioso sólo se salva el que ama, y amar es entrar en
relación cordial, de trabajo y, en definitiva, de creación con Dios y con el
otro, con el hombre-prójimo. Este amor total debe embeber toda religión. Una
religión envejece, muere y es portadora de esclavitud cuando su dinamismo no
engendra relación, atención, solidaridad, respeto y paz. Por eso toda religión
es nueva, siempre nueva, cuando lleva al amor. Sólo hay una nueva ley, un
mandamiento nuevo para el hombre religioso (cristiano o no) amar. Y Jesús dió
el nuevo yugo de su visión y experiencia religiosa con las palabras de "amaos
los unos a los otros, como yo os he amado"...
El
amor hace experimentar al hombre el gesto, por parte de Dios, de salvarle de
la condenación, y de, a la vez, hacerle digno de su amor, de su
relación...
Para
el creyente, sólo su palabra de hombre que experimenta en su mundo el amor de
Dios será escuchada con respeto y extrañeza a la vez, si vive solidario física
y moralmente con los desheredados de la tierra. La decisiva gratuidad del don
de la fe y de la esperanza cristiana en el amor a Dios por parte del creyente,
no le pueden acarrear ninguna seguridad humillante hacia el resto de los
hermanos, los hombres. Si después de los horrores humanos alguien ha dicho que
sólo se puede ser ateo, después de estos horrores que han ocasionado tantas
víctimas, también se ha escrito que hay que creer y esperar en Dios y en su
amor, pues de otro modo no se puede justificar a estos hermanos, víctimas
inocentes.
El
amor de Dios es tan radical como Dios mismo. Quizá es mejor maldecir y luchar
contra el mal del mundo, el mal que los hombres suscitan. El que ama de veras
al prójimo y tiene este amor como sagrado lleva en sí el germen y semilla
auténtica que Dios ha puesto en el corazón de todo humano, y en definitiva de
toda la creación...
El amor, desde la visión cristiana, se concibe
dándose al otro. El que no ha
experimentado el amor de Dios, no puede experimentar
el amor al prójimo. El hombre de fe, sólo se salva por el amor. Después de
percibir el amor de Dios, se siente impelido necesariamente a amar al
prójimo.
Caridad: Es una palabra ciertamente desacreditada. Evoca la ayuda
paternalista hacia el necesitado, el dar algo de lo que nos sobra, el ser una
ayuda que no soluciona la causas reales de la pobreza, el contribuir a
prolongar situaciones de injusticia al pretender acallar el grito de las
desigualdades sociales.
Por
otra lado, son muchos los que creen que sin negar la contribución histórica
que las iglesias cristianas han hecho en ayuda y solución de los problemas
sociales, la actual madurez de la vida civil exime el adjetivar de cristianas
las ayudas al necesitado. Esta opinión coincide con la de aquellos que creen
que la tarea del cristianismo debe referirse sólo al
espíritu.
Es,
sin embargo, un hecho que todas las iglesias cristianas han impulsado
modernamente a sus fieles a la aportación económica y personal en ayuda y
solución a los problemas humanos de pobreza, hambre y analfabetismo. Para ello
se aprovecha en gran medida los métodos de organización e instituciones que a
nivel universal ofrece nuestro tiempo. A este respecto es importante la
Cáritas Internacional; abarca las diversas asociaciones nacionales y tiene
servicios de atención en los llamados países
subdesarrollados.
Han
sido importantes las campañas de sensibilización acerca de los problemas
reales de los pueblos. La lucha de los cristianos para erradicar la lepra en
el mundo, las aportaciones para paliar el hambre, para promover la
alfabetización y una cultura más amplia, la ayuda a los navegantes, y otras,
han significado un cambio muy importante en la presencia caritativa del
cristianismo.
La
caridad desde esta perspectiva la analizamos como una colaboración pecuniaria de
aquello que nos sobra, se trataría de una ayuda paternalista al
necesitado, contribuyendo a paliar, pero no a erradicar los
problemas. Las aportaciones económicas de los fieles cristianos van encauzadas a
la acción contra el hambre, la pobreza y el analfabetismo.
Limosna: Se trata decididamente de un vocablo desprestigiado, y hoy por
hoy con una resonancia peyorativa. Sin embargo el sentido de la palabra
limosna, vaciada de contenidos posteriores humillantes, es genuinamente
religiosa.
En la
Biblia es el gesto de amor que el hombre hace para con su hermano. Es una
imitación filial de la actuación de Dios: dar generosamente y con amor
gratuito. Incluso la legislación de las antiguas religiones en pueblos
eminentemente teocráticos conocen formas muy detalladas acerca del cómo o del
qué debe darse como limosna.
La
limosna religiosa no debía darse como una filantropía, sino como un gesto
muchas veces ligado a las celebraciones de las grandes fiestas religiosas o a
las mismas celebraciones litúrgicas. Es clásico el consejo que leemos en el
libro de Tobías, el cual exhorta a su hijo a "no apartar el rostro de
ningún pobre y Dios no lo apartará de ti. Si abundases en bienes, haz de ellos
limosna, y si éstos fueran escasos, según esté tu escasez no temas
hacerla..."
Jesús
exigirá que demos "sin esperar nada a cambio". Sostiene en su predicación la
idea judía de que la limosna es fuente de retribución celestial. Sin
embargo, en Jesús hay un gesto que nos hace comprender su mentalidad generosa,
desacreditando o rebajando a la vez el sentido de dar limosna como una mera
costumbre social. Esto se detecta claramente cuando reprendió a Judas por
quejarse éste de que la mujer derramaba un frasco de caro perfume a los pies
de Jesús.
Aunque
la sociedad moderna ha tomado conciencia de que la justicia es dar a cada uno
lo que le pertenece, no puede dejar de lado a los colectivos más marginados,
que muchas veces son difíciles de insertar en la misma. El gesto gratuito y no
ostentoso de dar algo de lo que se considera propio, siempre será una
exigencia que reclama querer compartir los propios
bienes.
El
término limosna, genuinamente religioso, supone el compartir los bienes con los
más desfavorecidos, de modo totalmente gratuito, ya que el que otorga la
recompensa es Dios. En la actualidad este vocablo presenta un marcado carácter peyorativo.
El
diccionario de L. Bouyer (editorial Herder 1972, páginas 63-64) analiza el
concepto Amor:
Los
sentidos muy ricos y muy diversos de esta palabra, particularmente en su empleo
religioso y cristiano, no se prestan a una definición sencilla. Se observará
primeramente que los filósofos paganos ya habían distinguido en el amor dos
formas o dos aspectos muy diferentes: el amor de concupiscencia que nos atrae a
un objeto, simplemente por el deseo de aprovecharnos de él para nosotros mismos,
y el amor de benevolencia, que nos hace desear, por el contrario, el bien propio
del ser amado. La verdadera amistad, subrayan, sin excluir todo amor interesado,
no existe más que allí donde predomina el amor de benevolencia. Pero todavía
implica algo más: no sólo la reciprocidad. que hace que el que ama sea amado al
mismo tiempo, sino también la comunión, a la vez pasiva y activa, que consiste
en que cada uno posea y comparta con el otro.
Por lo demás, es importante señalar ciertas particularidades de vocabulario, ya en griego, ya en latín. que se
refieren más o menos a estas distinciones, aunque sin expresarlas exactamente.
La lengua griega tiene tres palabras para designar el amor: ero, que se aplica
ante todo al deseo que nos atrae hacia el bien (también este deseo, como en el
amor celeste de Platón, puede tender hacia un bien absolutamente espiritual);
philia, que es amistad en cuanto amor a las personas, en el que entra con una
consideración de la persona precisamente, algo al menos de desinteresado; ágape,
que indica la estima o la preferencia más bien que el apego pasional o la unión
entre personas. El latín distinguirá de la misma manera entre amor (sentido
indefinido, más bien pasional), amicitia, que implica reciprocidad y aún
comunión, dilectio, que es ante todo complacencia en un ser, caritas, que es
todo amor generoso.
Es
muy notable que los escritos bíblicos, y en esto el Nuevo Testamento sigue la
traducción griega del Antiguo llamada de los Setenta, emplearon ágape
(más tarde las versiones latinas caritas) para
designar, ya el amor de Dios hacia los hombres, ya él que el quiere suscitar en
nosotros mismos (tanto con respecto a Él como con respecto a nuestros hermanos),
aunque este término sea el menos elaborado (y aún empleado) por la reflexión
filosófica. Porque la noción bíblica de este amor es quizá el dato de la
revelación más irreductible, a las naciones religiosas, aún las más elevadas,
del pensamiento pagano. En el Antiguo Testamento, no hay que separar la
revelación del amor de Dios a sus criaturas (ahabah) de la revelación de sus
rahamim (lit. entrañas, es decir, compasión) o de su hesed (misericordia), tal
como lo han desarrollado especialmente los profetas Oseas, Jeremías y Ezequiel.
El amor de Dios hacia Israel es el dato fundamental. Está ligado a la noción de
alianza que Dios ha concluido libre, con su pueblo, y que, como quedó ya
afirmado, no se debe a ninguna cualidad inherente a este pueblo (cf. Dt 9) sino
a la sola misericordia divina. El profeta Oseas (cf. especialmente 11) y después
Ezequiel (23) la expresarán por la imagen del ilimitado amor con que un hombre
ama a una mujer que no lo merece, pero a quien la magnitud misma del amor con
que es amada llega a hacerla digna de él. Sin embargo, es la imagen de la
paternidad divina la que más habitualmente se encuentra ligada a este amor
gratuito, creador, misericordioso, con el que Dios ama a los suyos (cf. Ex
4, 22; Dt 22, 6). Este es también el amor que en correspondencia espera de
ellos, y un amor único, lo que para Israel se expresa sobre todo en el shema, es
decir, la palabra de Dt 6, 4 que comienza así: "Oye Israel, el Señor nuestro
Dios es el único Señor, y amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda
tu alma y con toda tu fuerza..," También se inculca el amor al prójimo, es
decir, aquí con quien se vive, primeramente el israelita, pero también el
extranjero residente: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo," (Lev 19, 18, Cf.,
Ex 22, 20-40 y 23, 4-5 y 9). Amós, y después Isaías, insistirán en la justicia
hacia los hombres como la primera regla según la cual Dios juzgará a los que se
creen justos ante Él. Así se prepara la íntima conjunción de los dos
mandamientos de amor que realizará el Cristo de los Evangelios sinópticos (Mt
22, 37; Mc 12, 30; Lc 10, 27). Pero hay que esperar el Nuevo Testamento para
verla establecerse y justificarse en un incomparable ahondamiento de la nación
de paternidad divina.
El
compendio de la ley, en efecto, con su aproximación e identificación de los dos
mandamientos de amor, no se comprende más que
sobre el trasfondo del sermón de la Montaña (Mt 5ss). El núcleo de éste radica
en una enseñanza sobre la paternidad divina que es inseparable del anuncio de
esta Filiación, adoptiva pero real, a la que todos los hombres somos llamados y
que es el todo del "evangelio", es decir, de la "buena nueva". Dios es Padre, en
el sentido supereminente de que Él da la vida, que la da liberal y generosamente
a quien no lo merece, como el Creador que no espera para amarnos que haya en
nosotros algún valor, sino que Él mismo es la fuente, la única fuente de todo
valor y más simplemente de todo ser. Nosotros somos llamados a ser sus hijos,
precisamente por ser llamados a vivir así, a su imagen: dando, perdonando,
entregándose sin cálculo, sin buscar otra recompensa que la que hay en el don de
sí mismo.
El
concepto de amor a lo largo de la historia a tenido diferentes
acepciones.
Los griegos, concebían las siguientes
acepciones:"ero" con el significado de deseo que nos atrae hacia el bien,
"philia" es la amistad desinteresada dando origen a términos como philadelpia y
"ágape" es la unión entre las personas. Los latinos concebían el "amor" como
pasión, la "amicitia" implicaba reciprocidad y comunión, "dilectio" era la
complacencia en un ser y "caritas" el amor generoso y
desinteresado.
En los
escritos bíblicos del Antiguo Testamento se recogen las voces "ágape" y
"caritas" para indicar el amor de Dios a los hombres; este amor es pura
misericordia Divina. El concepto de amor está unido a la paternidad divina,
concibiéndose el amor como gratuito y misericordioso. El amor de Dios es
expresado por el Pueblo de Israel a través del "Shema", donde Dios debe ser el
primero en todo, a continuación el más importante es amar al prójimo,
entendiéndose por tal, tanto el israelita como el
extranjero.
No se
puede entender el amor de Dios sino existe un amor desinteresado entre los
hermanos. La paternidad Divina va unida a la filiación
adoptiva.
Los filósofos paganos tenían una concepción
distinta, adoptaban dos dimensiones: el amor de concupiscencia, que atrae hacia
un objeto y el amor de benevolencia que desea el bien del propio ser amado,
implicando una verdadera amistad y una verdadera
comunión.
En el diccionario de Oliver de la Brosse, A. M.
Henry y PH. Rovillard (1974
páginas 138, 139 y 174) se descubren los
siguientes sinónimos del concepto solidaridad:
Caridad: Esta palabra designa la tercera virtud teologal o también su
acto. Acto o virtud que se define por su único objeto propio y especial, Dios
como bondad soberana. La caridad es por tanto amor, pero dado su objeto
divino, este amor no puede ser un amor de sensibilidad; es un amor voluntario
de elección, una dilección. La palabra caridad subraya el elevado precio que
se atribuye al objeto amado. Se llega así a una definición que halla su
fórmula en el enunciado bíblico del gran precepto: "amarás a Dios con todas
tus fuerzas y sobre todas las cosas." Sin embargo esta fórmula tan usual no
distingue entre el amor de caridad de caridad para con Dios y el amor natural
que induce a la criatura a amar a Dios más que a sí mismo y sobre todas las
cosas; además, no se ve cómo puede integrar la segunda parte del gran precepto
relativa al amor al prójimo. Se puntualiza por tanto que el amor de dilección
de que aquí se trata es un amor de amistad, es decir, una dilección recíproca
fundada en la participación o comunicación del bien que constituye la
felicidad de los amigos. El Dios objeto de la caridad es por tanto el Dios,
que en forma totalmente gratuita ha prometido comunicar a sus amigos, el bien
que constituye su propia felicidad, es decir, su esencia divina alcanzada en
la visión beatífica. Por esto la caridad presupone necesariamente acá abajo la
fe y la esperanza. Por el hecho mismo, la caridad extiende su dilección al
prójimo, llamando a la participación en la felicidad..
En esta
exposición el concepto caridad adquiere un doble matiz: uno, material referido a
la limosna y otro, espiritual aplicado a la corrección fraterna. La caridad es
el amor voluntario de elección y dilección hacia Dios y hacia el prójimo,
la caridad presenta una serie de efectos interiores (gozo, paz, y misericordia)
y una serie de efectos exteriores (beneficencia con el prójimo, limosna,
corrección fraterna...)
El
vocabulario de Teología bíblica de Xavier León-Dufour (1978) páginas 79 a
la 81 y de la 380-384 analiza los siguientes
conceptos:
Caridad fraterna: En el antiguo testamento el mandamiento del amor de
Dios, se completa con el segundo mandamiento "amarás a tu prójimo como a ti
mismo". A decir verdad este mandamiento se presenta de forma menos solemne que
el otro y la palabra prójimo adquiere un sentido más lato. Pero al israelita
se le invita a prestar atención a "los otros". En los textos antiguos es ya
una ofensa a Dios ser indiferente u hostil al prójimo y la ley une a las
exigencias que conciernen a la relaciones con Dios, las que atañen a las
relaciones con los hombres: así el decálogo o el código de la alianza que
abunda en prescripciones de atención para con los pobres y los pequeños. Toda
la tradición profética y toda la tradición sapiencial van en el mismo sentido;
no se puede agradar a Dios sin respetar a los otros hombres, pero sobre todo a
los abandonados, los menos"interesantes". Nunca se creyó poder amar a Dios,
sin interesarse por los hombres...
Antes
de la venida de Cristo, el judaísmo profundiza en la naturaleza del amor
fraterno. En el amor del prójimo, se incluye al adversario judío y hasta el
enemigo pagano; el amor se hace más universal, se descubre que amar es
prolongar la acción divina: "lo mismo que el Santo ¡Bendito sea! viste a
los que están desnudos, consuela a los afligidos, entierra a los muertos, así
tú también viste a los que están desnudos, visita a los enfermos, etc". En
estas condiciones era ya fácil hacer el enlace entre los dos mandamientos de
amor a Dios y amor al prójimo.
En el
Nuevo Testamento, la concepción judía podía hacer creer que el amor fraterno
se yuxtapone en el mismo plano a los otros mandamientos, por el contrario la
visión cristiana, en cambio le da un puesto central y hasta
único.
1-Los
dos amores: el amor del prójimo aparece indisoluble al amor de Dios .
Los dos mandamientos son el ápice y la clave
de la ley; es el compendio de toda la exigencia moral, el mandamiento único es
la caridad, obra única multiforme de toda fe viva.
El
amor al prójimo es esencialmente religioso, de un espíritu meramente distinto
de la mera filantropía. En primer lugar todo cristiano debe seguir como
modelo, la imitación del amor de Dios, de tal manera que Cristo nos toma por
hijos:"amando a nuestros hermanos, amamos al Señor mismo, puesto que
todos juntos formamos el cuerpo de Cristo. Tal es la manera como podemos
responder al amor con que Dios nos amó el primero.
Mientras se aguarda la parusía del Señor. La caridad es la actividad
esencial de los discípulos de Jesús, según la cual serán juzgados. Tal es el
Testamento dejado por Jesús: "amaos los unos a los otros como yo os he amado"
(Jn 13, 34s). El acto de amor de Cristo sigue expresándose a través de los
discípulos. Si están unidos los dos mandamientos, es porque el amor de Cristo
continua expresándose a través de la caridad que manifiestan los discípulos
entre sí.
2-El
amor es un don. La caridad cristiana es vista , sobre todo, por los sinópticos
y san Pablo conforme a la imagen de Dios que da
gratuitamente su hijo por la salvación de todos los hombres pecadores, sin
mérito alguno por su parte. Es, pues universal, el amor por encima de
cualquier barrera social, racial, sin despreciar a nadie; el amor tiene como
ley el perdón sin límites.
3-El
amor es comunión. Desde luego el amor divino se difunde en nosotros y nos
invita a participar en él, no sólo amando a Dios, sino viviendo a su imagen en
una auténtica comunión religiosa de intercambio y de reciprocidad. La comunión
de los discípulos es un fuego de amor que el cristiano debe de animar con todo
su corazón. Por esta caridad, el creyente permanece en comunión con Dios. Este
amor fraterno vivido por los discípulos en medio del mundo al que no
pertenecen, es el testimonio a través del cual el mundo puede reconocer a
Jesús, como enviado del Padre: "En esto conocerán que sois mis discípulos, si
os tenéis caridad los unos con los otros".
Xavier
Léon-Dufour entiende que el amor es el fundamento y la ética de
la vida cristiana. El A.T. en su libro del Éxodo hace
mención al amor del prójimo en un sentido muy lato abarcando desde los
abandonados y extranjeros hasta los pequeños y los más pobres. La caridad
es un don gratuito y es el elemento central del N.T.
Dentro
del mismo campo léxico-semántico hemos
seleccionado la palabra "hermano" por la relación existente entre ésta y las
voces solidaridad y fraternidad.
Hermano: palabra que en un sentido muy general, designa a los hombres
nacidos de un mismo seno materno . Pero en hebreo, se aplica por extensión a
los miembros de una sola familia, de una tribu o de un mismo pueblo. Al lado
de esta fraternidad fundada en la carne conoce la Biblia, otra de orden
espiritual, es la llamada "fraternidad por la fe".
Pasemos
al N.T. siguiendo a este mismo autor:
El
amor fraterno. El amor fraterno se practica en primer lugar, en el seno
de una comunidad creyente. No es una mera filantropía natural, sino que
se ejerce en el interior de una pequeña comunidad en la que se da apoyo
mutuo, limosna y se huye de las disensiones...
Hermanos no sólo son los que están unidos por lazos de
consanguinidad, sino en sentido lato, se aplica a los miembros de
una tribu o pueblo. La Biblia presenta otra fraternidad no basada en lazos
familiares, sino hermanos por la fe. Así el A.T. considera que el hombre procede
de un principio único y por tanto aspira a una fraternidad imposible de
realizar, pues roto el cordón umbilical que une al hombre con Dios,
inevitablemente se produce la ruptura con el semejante. En el N.T. se
redimensiona la significación de este vocablo que Jesús de Nazaret lleva a su
plenitud, elevando la ley de la fraternidad humana hasta el amor por el enemigo
"Pero yo os digo a los que me escucháis: Amad a vuestros enemigos, haced bien a
los que os odien, bendecid a los que os maldigan, rogad por los que os difamen.
Al que te hiera en una mejilla preséntale también la otra; al que te quite el
manto no le niegues la túnica: a todo el que te pida, da, y al que tome lo tuyo,
no se lo reclames. Y lo que queráis que os hagan los hombres, hacédselo vosotros
igualmente. Si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Pues también los
pecadores aman a los que les aman... Más bien , amad a vuestros enemigos; haced
el bien, y prestad sin esperar nada a cambio; y vuestra recompensa será grande,
y seréis hijos del Altísimo, porque Él es bueno con los ingratos y los
perversos." (Lc 6,27-32.35)
teología (1980, páginas 73-81), acerca del concepto
cristiano de caridad:
Caridad Teniendo que ocuparme del específico amor cristiano, no sabría
que término usar. "Amor" tiene un ámbito semántico tan vasto y variado que
podría originar equívocos; ordinariamente va acompañado de una carga erótica
que aquí no tiene cabida. "Caridad" expresa mejor la virtud teologal
cristiana, reina de todas las demás virtudes, pero recuerda asimismo la
limosna, que si puede ser su encarnación, puede también camuflar y coartar una
realidad tan amplia y elevada. La expresión "caridad-amor" por más que
quiera disipar claramente estos equívocos, apenas logra otra cosa que
multiplicarlos y, en cualquier caso, suena como expresión demasiado compleja y
alejada de lo normal. El término ágape sobre todo opuesto a éros podría
expresar el característico amor cristiano que se encuentra de continuo en el
N.T. y no existía como sustantivo en el griego
clásico.
El
motivo del amor de Dios (o el objeto formal según la terminología escolástica)
no puede ser más que Dios mismo, en su bondad infinita; no sólo porque es
nuestro bien (amor de concupiscencia) sino porque es bien supremo en sí (amor
de benevolencia); un amor en una palabra desinteresado. Así como Dios nos amó
desinteresadamente y primero (1Jn 4,10-19), así debemos amarle nosotros,
porque es en sí mismo digno de ser amado (el amor esponsal nos ayuda a
entender está reciprocidad).
La
caridad es la virtud teologal por excelencia. También se entiende la caridad en
el sentido de limosna, como puesta en práctica de esta virtud. Este término por
el uso indebido que de él se ha hecho ha sufrido menoscabo y depreciación.
Cobrará su verdadero significado en el N.T. produciendo escándalo este amor
revolucionario y gratuito, dirigido a todos los hombres y en especial a los
débiles y marginados, culminando en el amor al enemigo. A lo largo de estos
párrafos constatamos el proyecto de amor que Dios tiene para el hombre
utilizando una pedagogía humana por la cual va progresivamente mostrándole esta
benevolencia. El hombre debe responder recíprocamente a este
amor.
Ya en
el AT el mandamiento del amor de Dios es completado por "el segundo
mandamiento": "Amarás al prójimo como a ti
mismo" (Lev. 19,18). A decir verdad, este mandamiento es presentado de modo
menos solemne que el otro (Dt 6,4-13), y el término prójimo tiene sin duda un
sentido muy restringido. Pero ya se le invita al israelita a prestar atención
a los "otros". Hasta en los textos más antiguos constituye una ofensa a Dios,
el ser indiferente y hostil al propio prójimo(gen. 3,2) y la ley une a las
exigencias que conciernen a las relaciones con Dios, las que tocan a las
relaciones entre los hombres; así el decálogo (Ex 20,12-17) o el "código de la
alianza"
Si la
concepción judaica podía dejar creer que el amor fraterno se yuxtapone en un
plano de igualdad con los demás mandamientos, la visión cristiana le concede
el lugar central, más aún, único. Jesús no se
limitó a prescribir el amor del prójimo como signo manifiesto de la filiación
divina y el único modo de responder adecuadamente al amor gratuito de Dios,
sino que dió también en su persona y en su vida, el ejemplo de como debe amar
el hombre a sus hermanos para responder al amor con que Dios lo ama. EL
amor de Jesús por los hombres es ante todo un amor que perdona. Cuando Cristo
perdona los pecados en la persona absuelta nace un amor completamente nuevo y
arrollador, que no es sólo una respuesta al amor de Dios, sino una creación
del amor increado; el perdón de Dios no sólo perdona los pecados sino que crea
al hombre nuevo que ama " aquel a quien poco se le perdona ama poco", dice el
Señor aquel a quién mucho se le perdona, mucho
ama.(Lc7,36-50)...
Por
eso habla él de un mandamiento nuevo, éste es la ley escrita no en tablas de
piedra, sino en los corazones; esa misma ley le será entregada al nuevo
y verdadero Israel el día de Pentecostés. Así nacerá "la comunidad de
amor", compuesta por todos aquellos que han
sido trasladados de las tinieblas a la luz, de la muerte a la vida y que el
Espíritu Santo ha hecho hijos de un mismo Padre. Teniendo un solo
corazón y un alma sola, alabarán con una sola voz al Padre que está en los
cielos y darán testimonio de su amor.
El
motivo del amor al prójimo, indicado por la revelación es doble: se debe amar
al prójimo por amor de Dios, esto es, porque nosotros amamos a Dios en él; y
por amor de Cristo porque en él amamos a Cristo, de quien es miembro. De modo
que la caridad hacía el prójimo es "teologal", apoyándose en motivos
religiosos, que sirven incluso para los enemigos y
pecadores...
IV. ¿Verticalismo u horizontalismo?
De un
cabo al otro del N.T. el amor del prójimo aparece indisolublemente ligado al
amor de Dios. Los dos mandamientos son el vértice y la clave de la ley; son la
condensación de todas las exigencias morales; son el mandamiento único. La
caridad es la obra única y multiforme de toda la fe viva: "el que no ama a su
hermano, a quien ve, no puede amar a quien no ve". 1 Jn (4, 20
ss).
Hoy se
habla con frecuencia de "verticalismo" y de "horizontalismo". Por desgracia,
según algunos, se pasaría de un tiempo en el cual Dios era conocido y
amado(verticalismo), a otro, en el cual Dios es
olvidado por aquellos mismos que podrían definirse los mejores, puesto que se
ocupan de la solidaridad humana (horizontalismo). Este dilema, en
realidad, a nuestro parecer, no existe. La persona auténticamente
religiosa, aún en el pasado no podía olvidar a los hermanos, todos ellos hijos
de Dios, Padre Único. Análogamente, los cristianos que se empeñan el día de
hoy para que se implante la justicia y la caridad entre los hombres de la
tierra no han de ser cristianos sino alabados porque aman a Dios de la única
manera posible, es decir, a través de su imagen, existente en la persona del
prójimo.
La
documentación bíblica podría ser abundante. El apóstol Juan tiene un lenguaje
que los bienpensantes actuales llamarían socialista. Si alguna
dice que ama a Dios y odia a su hermano, es un
mentiroso... Este es el mandamiento que hemos recibido de él: que el que ama a
Dios, ame también a su hermano. Si alguno tiene bienes de este mundo y ve que
su hermano tiene necesidad, y le cierra su propio corazón. ¿Cómo puede estar
en él el amor de Dios? Amémonos no de palabra sino de obras de verdad. (1Jn 3
17-18)...
No
sólo quien no ama a los hermanos, no ama en realidad al Señor, pese a sus
eventuales protestas: sino que quien ama sinceramente a los hermanos
, ama ya a su Señor, aunque no se dé
cuenta de ello. El Señor ,en efecto, está dispuesto a premiarlo como si le
hubiese beneficiado a él: "Venid, benditos de mi Padre... porque tuve hambre y
me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber, fui peregrino y me
hospedasteis..." A la sorpresa de éstos, que creían haber efectuado tan sólo
un gesto de piedad para con el prójimo, el Señor responderá: "Cuando lo
hicisteis con alguno de estos mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteis".
No existe, por ende, horizontalismo que no incluya un verticalismo cara
a Dios. Quien sostiene lo contrario va contra el Evangelio y hace sospechar un
verticalismo cómodo, como fácil coartada para evitar la tarea
intramundana.
Ya en el
A.T. el primer mandamiento presenta dos vertientes que se complementan entre sí;
la primera el amor a Dios y la segunda el amor al prójimo, no concibiéndose el
uno sin el otro. Prueba de ello son los numerosos textos dirigidos en los que
aparece este amor fraterno dirigido especialmente a los más débiles; alcanzando
su plenitud en el N.T. en el que pasará a ser elemento central. El mismo Jesús
de Nazaret lo llevará a la práctica viviendo el amor hacia la humanidad en la
dimensión del perdón, para llegar a realizar una nueva creación en el corazón
del hombre.
Actualmente se habla de verticalismo (el hombre busca a Dios) y
horizontalismo (el hombre se olvida de Dios, y trata de paliar las necesidades
humanas. En este contexto se genera la solidaridad)
Todos
los cristianos han pasado por medio del bautismo, del servicio del pecado y de
la ley, que era una esclavitud, al servicio de la justicia y de Cristo, que es
la libertad. Cristo por consiguiente, nos ha liberado también de la ley, proclamando la primacía de la caridad: "os doy un
mandamiento nuevo amaos los unos a los otros como yo os he amado". "Amarás al
Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tu mente."
Este es el mayor y primer mandamiento. El segundo es semejante a éste:"
amarás al prójimo como a ti mismo". En estos dos mandamientos se funda toda la
ley y los profetas". El precepto del amor de Dios es, pues, el primero de la
ley o, mejor, es anterior a la ley; es su fundamento.
..
La antigua ley del talión, es decir, del
ojo por ojo, permitía la venganza justa, exigiendo que se respetase la
justicia, sin que el delincuente tuviera que volver a pagar más de lo
necesario, mientras Cristo quiere que se ofrezca la otra mejilla, devolviendo
bien por mal. Así se pasa del amor al prójimo, es decir, al amigo y al
compatriota , al amor al enemigo y al siniestrado ocasional. Por tanto si
reflexionamos sobre el sermón de la montaña, no hemos de esforzarnos mucho
para entender que Jesús reduce todo a una cuestión de
amor.
Impresiona bastante a quien conoce la preceptística moral de los
cristianos y de los católicos descubrir el antiformalismo de Cristo y su
síntesis moral colocada en el amor. Ya no estamos en la época del a ley, sino
en la era de la gracia y del amor. La caridad
resume así todas las demás leyes, comenzando por el decálogo: "El que ama al
prójimo cumplió la ley. Porque no cometerás adulterio; no matarás; no
hurtarás; no dirás falso testimonio; no codiciarás", y si hay algún otro
precepto, se reduce a este pensamiento: "Amarás a tu prójimo como a ti mismo."
El amor no hace mal al prójimo: así que la plenitud de la ley es el amor. Por
lo demás, para quien ama, la ley es inútil. No tiene necesidad de que se le
diga que ame, sirva, dé gracias, sea justo, y leal, haga el bien o evite el
mal, ya lo hace solo...
La
caridad no elimina la ley, sino que la cumple de la manera más perfecta. "Ante
todo revestios de la caridad que es el lazo de la perfección."
La ley
del cristiano tiende hacia el amor. Toda ella se resume en dos mandamientos de
orden positivo: "amarás a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti
mismo", este amor supera cualquier precepto. Cristo ejemplo para el cristiano,
nos ha liberado de la ley, proclamando la primacía de la caridad.
VIII El
binomio fe-caridad
El
amor- servicio tiene para el cristiano, como todos saben, la doble dirección
de Dios y del prójimo. Jesús ha llevado a cabo una resolución en la jerarquía
de los afectos humanos afirmando, con una resolución que podría aparecer despiadada, la primacía absoluta del amor de
Dios sobre el recto y legítimo amor de si mismos y de los familiares y ha dado
ejemplo de ello. Aquí parece defenderse el máximo verticalismo, contra
cualquier horizontalismo, caro a los modernos. Pero no es así; solamente se
afirma el radicalismo cristiano, contrario a cualquier compromiso. Es
rechazada la moral del llamado bienpensante, según el cual el amor comienza
por uno mismo ("caritas incipit ab egone", decía también algún texto de
teología moral). Pero la caridad fraterna sigue siendo el primer lugar donde
se rinde culto a Dios...
Existe, en verdad, un cristianismo anónimo: el de aquellos que ponen su
vida al servicio de los hermanos; así como hay un cristianismo puramente
formal e inútil: el de aquellos que dicen que aman a Dios, mientras no aman al
prójimo. Esta es la razón por la que en la
moral se da siempre más peso a la opción fundamental, es decir, a la
elección básica, que se hace para si o para Dios,
para el propio egoísmo o para el servicio de los
otros...
Para el
cristiano el amor-servicio tiene una doble dimensión: vertical (hacia Dios) y
horizontal (hacia el prójimo). La caridad fraterna es en primer lugar donde se
rinde culto a Dios a través del desprendimiento hacia los hermanos pobres o
necesitados. "Cuanto hacemos por los hermanos lo hacemos por
Cristo."
Según el
Diccionario Teológico Enciclopédico (1996) páginas 929-930, analiza el término
del siguiente modo:
solidaridad ha sufrido en la cultura occidental un proceso de
transformación que le ha dado connotaciones diversas. Nació en el ámbito
jurídico para designar la "obligatio in solidum". Pero en la época moderna la
solidaridad asume más bien un carácter antropológico y ético. La adquisición
del carácter esencialmente racional de la persona conduce a concebir la vida
en sociedad, no ya como un mero deber, sino como una instancia inscrita en la
misma naturaleza del hombre que es preciso encarnar en procedimientos
solidarios.
En la
perspectiva cristiana la solidaridad adquiere un significado ulterior
cargándose de un valor teologal. La historia de la salvación es la historia de
la revelación progresiva de un Dios solidario. El hombre es un ser
constitutivamente relacional, que Dios constituye como aliado suyo, llamándolo
a vivir en comunión con él. La creación y la alianza definen la relación entre
Dios y el hombre bajo el signo de una solidaridad que comporta el
reconocimiento de la responsabilidad humana y la apertura a una verdadera
colaboración. Esta solidaridad es el fundamento y el modelo de las mismas
relaciones humanas, que han de realizarse bajo el signo de una efectiva
reciprocidad.
En
Cristo y particularmente en el misterio de la Encarnación y de la Pascua,
aparecen los rasgos de la solidaridad divina, que consisten en compartir
plenamente la condición humana, hasta el don total de sí mismo. El Dios
de la fe cristiana es un Dios que vive en
comunión de personas que se constituyen en su donación
recíproca.
El
creyente que se ha hecho partícipe del amor divino tiene que comprometerse a
hacer transparente su sentido en la vida cotidiana. La solidaridad se
transforma así en instancia ética, que implica en su interior una estrecha
conjunción entre la justicia y la caridad. La atención al otro exige, en
primer lugar, el reconocimiento de los legítimos derechos y la creación de las
condiciones más oportunas, incluso de tipo estructural, para su ejercicio y
desarrollo. Pero en la práctica la justicia no es suficiente, es necesario ir
más allá de la justicia, acogiendo las exigencias que nacen de la singularidad
de cada persona y de los dinamismos más profundos del deseo humano, pero
viviendo las relaciones con el otro, según la lógica del don. Es como decir
que la solidaridad desemboca naturalmente en la caridad, en cuanto que
encuentra en ella su más alta manifestación.
El
"principio de solidaridad", interpretado en esta perspectiva, se ha convertido
en uno de los ejes fundamentales de la doctrina social de la Iglesia . Después
de una fase inicial, más centrada en la propuesta del "principio de
subsidiaridad". El Magisterio social de la Iglesia (a partir del concilio)
concede un carácter cada vez más central al "principio de solidaridad",
poniendo el acento en la importancia de un compromiso activo de los Estados, y
en ellos de todas las fuerzas sociales, por crear condiciones de verdadero
desarrollo para todos los hombres, en particular para las categorías más
desfavorecidas. La situación de creciente interdependencia entre los diversos
sectores en los que se desarrolla la convivencia humana, entre los diversos
pueblos de la tierra, ensancha los horizontes de solidaridad. Ésta adquiere
dimensiones cada vez más institucionales y asume connotaciones universales en
relación con las condiciones de subdesarrollo del Sur del mundo. El principio
de solidaridad no reniega, sino que asume en este contexto al de
subsidiaridad, en cuanto que la acción social de los estados y de los pueblos
exige, para desarrollarse correctamente, el compromiso responsable de
los individuos y de los grupos dentro del cuadro de un proyecto
colectivo.
(G.PIANA)
La
solidaridad actualmente adquiere un carácter antropológico y ético. Desde la
perspectiva cristiana es un valor teologal. Dios es solidario, el hombre vive en
comunión con Dios siendo por tanto partícipe, de esta relación.
En la
Encarnación y en la Pascua aparecen los rasgos de la solidaridad divina. El Dios
de la fe cristiana convive con las personas configurándose una relación
recíproca.
La
solidaridad es una conjunción entre la justicia y la caridad; la
solidaridad encuentra en la caridad su mayor
manifestación. "El principio de solidaridad" es uno de los ejes de la Doctrina
Social de la Iglesia.
El
diccionario de Aquilino de Pedro (1990, páginas 232, 233 y 234) estudia los
siguientes términos:
Solidaridad
-
En teología expresa el principio en virtud
del cual influimos en la
vida espiritual de los demás; lo cual no quiere decir
que, en definitiva, la libertad y responsabilidad de cada uno pueda ser
sustituida por la de otro.
- En Sociología, la solidaridad es un principio central en nuestros
días, particularmente en la Doctrina Social de la
Iglesia. Se enfrenta al individualismo, cuyo interés se encierra en la
conveniencia personal, familiar o de clase, y se levanta incluso frente a la
justicia entendida como mero cumplimiento de las normas legales de respeto y
distribución de bienes. El principio de solidaridad hace que cada uno
sienta como personal la suerte de todos: a) el conjunto de los individuos, y
b) la situación personal de cada uno, lo cual implica la búsqueda del
bienestar de modo particular para los más desposeídos de los bienes; esta
solidaridad se traduce en compartir y en buscar un orden satisfactorio para
todos.
Del
latín subsidium= subsidio, ayuda. Principio según el cual una instancia o
ente, a quien no le corresponde un cometido como primer responsable, ayuda o
suple la acción de aquel a quien en primer lugar le atañe. Se aplica, por
ejemplo, a los casos en los que el Estado toma la responsabilidad de algo que
correspondería a la familia, como la educación. El principio básico que la
rige es que vaya enmarcada según la voluntad del primer
responsable.
La voz solidaridad en Teología, se refiere a aquella
aportación individual que
ejercemos sobre los demás en el plano espiritual,
esto es asimilado por la Doctrina Social de la Iglesia.
En Sociología el sentido es más lato, pues se refiere
a la cooperación que se
ejecuta sobre todos los individuos en una situación
concreta de auxilio o necesidad.
El segundo concepto, subsidiaridad es la ayuda
concreta que desempeña el
Estado con respecto a las distintas carencias que
tiene el ser humano y que no pueden ser realizadas por otro organismo o
institución.
Otra
postura significativa es la adoptada por la Enciclopedia teológica Sacramentum
Mundi (1978) en las páginas 659 hasta 668 profundiza en el significado de
Caridad:
La
actividad caritativa de la Iglesia es inalienable; en sus restantes tareas
fundamentales, a saber, la celebración de los
misterios litúrgicos, la proclamación de la palabra de Dios, su afán y
esfuerzo apostólico, no se harían fidedignos si ella no fuera también refugio
de los afligidos, de los abandonados, de los necesitados. El lugar, la manera
y la forma de la caridad, como acercamiento a los hombres en situaciones
angustiosas de la vida, varían con el cambio de formas en la sociedad. La
transición de la vida campesina y artesana a la industrial ciertamente cambia
la posición de la caridad, pero en el fondo le confiere un valor más alto. No
sólo los enfermos momentáneos, sino, los enfermizos e incurables tienen
necesidad de cuidado y asistencia; los impedidos en su vida corporal o en la
espiritual necesitan de un cuidado cristiano, sobre todo los segundos; las
familias que se hallan en una especial situación vital requieren el apoyo de
la comprensión. Es necesario guiar a los desorientados y proteger con amplitud
de miras a la juventud en momentos difíciles de transición. Los que ejercen su
profesión lejos de su patria, entre ellos hoy especialmente los obreros y
obreras extranjeros, necesitan una asistencia amistosa y un cuidado adecuado
para ellos. A los que se hallan en peligro y a los maniáticos hay que
liberarlos de sus peligros y de sus propias redes psicológicas. Los penados
deben ser rehabilitados convenientemente para la vida, a sus familiares, que
con frecuencia sufren mucho sin culpa propia, hay que llevarles una mitigación
de su dolor. Es necesario dar nuevo hogar a niños, ancianos y hombres que por
circunstancias especiales, se ven forzados al aislamiento, a la soledad y al
abandono, e incluso a veces están sometidos a malos
tratos.
crear y sustentar: hospitales, sanatorios, casas de
convalecencia, asilos de ancianos con secciones para enfermos,
asesorías, talleres benéficos, hogares abiertos a todos, instituciones
educadoras de niños y jóvenes especialmente difíciles, internados escolares
para jóvenes impedidos corporalmente y para niños subnormales, casas para
hombres adultos que necesiten de un cuidado permanente, escuelas e institutos
para formarse en las múltiples profesiones pedagógicas y de asistencia social
(para asistentas sociales, educadores domésticos, pedagogía sanitaria,
cuidadoras de niños y de lactantes, guarderías infantiles, directoras de la
juventud, asistentas familiares en la ciudad y en el campo, asistentas para
ancianos, enfermeras, hermanas y superioras), finalmente centros y
secretariados de ayuda.
señor y sus subordinados. Pero en una dimensión
cristiana la voz adquiere otro valor: "agápe" comida fraterna para los
cristianos. Hodierno la caridad fraterna tiene importantes tareas entre las que
destacamos como las más significativas: el culto, la predicación, la pastoral y
el apostolado.
Sin
embargo el concepto de caridad varía en cada uno de los momentos de la historia,
tiene una gran importancia en la vida industrializada en donde se fomenta la ayuda hacía las personas más vulnerables:
ancianos, niños, enfermos, discapacitados, inmigrantes, jóvenes muchos de ellos
viven en soledad o aislados y son víctimas de los malos
tratos.
estudiada como en la actualidad. Esta voluntad de
ayudar, consciente o inconscientemente, es un evangelio vivido, y Cristo la
valora y recompensa como un servicio prestado a él mismo. Dentro de este afán
general de ayuda, la presencia de la Iglesia en su cáritas, tanto en la
de cada fiel, como en la sociedad eclesiástica, es indispensable. Así la
fuerza de la palabra y de los sacramentos de Cristo irradia en el deseo
general de ayudar y, por cierto, santificando, corroborando, animando y
creando modelos. La iglesia, del mismo modo que toman en serio el mundo y
considera sus valores como creación de Dios, así también toma en serio la
beneficencia, su experiencia, su legislación y sus posibilidades. Y en
consecuencia ella misma debe esforzarse concienzudamente para que su ayuda sea
objetivamente justa; más elevada por la actitud; y un verdadero auxilio para
la naturaleza entera del hombre, admirablemente creada a imagen del Dios trino
y más admirablemente restaurada.
al obispo junto con las demás funciones de su
alto ministerio asume también, a semejanza del Espíritu Santo, la de ser el
pater pauperam en su obispado, el que se entrega bondadosa y
misericordiosamente a todos los pobres, a los necesitados de ayuda y a los
extraños La Edad Media, tiempo en que se creó esta fórmula, entendió por
pobres a los hombres sin propiedades, a los jornaleros en la inseguridad de su
existencia, y por necesitados a todos aquellos que no podían valerse por sí
mismos: las viudas, los huérfanos, los enfermos, los enfermizos, los débiles,
los achacosos. El extranjero. El hombre de fuera del país y sin hogar, era el
«miserable» por antonomasia. La misma obligación que por oficio tiene el
obispo en su diócesis tiene el párroco en su parroquia. Forman parte de la
caridad eclesiástica las diversas órdenes, las hermandades, los institutos
seculares, y también las asociaciones benéficas y las instituciones
especializadas en ayuda social, con tal de que actúen desde el espíritu
de la caridad de Cristo y estén aprobados por la autoridad eclesiástica. El
Espíritu sopla donde quiere. A la dimensión carismática, lo mismo que a la
organizadora y a la oficial, corresponde una alta importancia en el desarrollo
de la caridad, importancia que con frecuencia no es suficientemente estimada
ni aprovechada para la comunidad.
fiel al encargo del Señor, de acuerdo, con su
naturaleza visible, con las estructuras de cada época y con la fisonomía de
los diversos países, pueblos y formas de sociedad; ha cumplido siempre el
testamento y la delegación de Cristo por los cuales él le encomendó que diera
testimonio de su bondad y filantropía, así como de su voluntad salvífica. La
Iglesia nunca se ha detenido plenamente satisfecha en lo ya conseguido sino
que se ha mostrado constantemente dispuesta a irrumpir siempre de nuevo
en la tierra desconocida, en el país que Dios dará. En la historia de la
caridad cada época está conscientemente en continuidad con el esfuerzo
anterior, aunque, evidentemente, cada época tiene una relación inmediata con
Dios. En la acción del amor no sólo se da la grandiosa solidaridad en la
yuxtaposición de épocas, sino también la solidaridad en la sucesión de las
mismas, pues lo temporal se ha hecho eterno y, así lo pasado permanece
inmediatamente presente. La actividad del amor en la Iglesia apostólica, que
como caridad de la comunidad decía una relación estrecha a la celebración
eucarística, y cuya ordenación se puso en manos de diáconos y viudas, ha
entrado como palabra de Dios en la sagrada Escritura, cuya lectura ha sido
llamada con razón el «octavo sacramento». De esa manera se ha convertido en
fuente incomparable de gracia, que ha seguido obrando como ejemplo y manantial
de gracia, lo mismo que la gran y bien organizada colecta de Pablo, por la
cual comunidades pudientes ayudaron a las más pobres, y en la que con
alegría se contribuyó, no sólo según las posibilidades, sino por encima de
ellas. Surgieron hospitales y asilos, creados en la época de los padres más
antiguos de la Iglesia, especialmente las sedes episcopales; y fundaciones
semejantes en los monasterios de oriente y occidente adquirieron en la
communio sanctorum el carácter de modelos obligados patrocinados por santos.
Los primeros ejemplos de caridad parroquial en la Galia del s. v. incitan a
una imitación adecuada a cada época. En las ciudades de la Edad Media se
produjo un verdadero connubio entre la caridad de los miembros de la Iglesia y
la administración mundana, con lo cual se nos muestra cuan variadas pueden ser
las formas una recta colaboración, aunque también nos recuerda cómo nos
amenaza constantemente una secularización, ora en lo político, ora en toda la
forma de comportamiento.
católica. El obispo se compromete a la función
y ordenación de la caridad dentro de su diócesis, de la misma manera el párroco
se compromete dentro de su parroquia. No obstante la función caritativa a lo
largo de la Historia de la Iglesia ha sufrido mutaciones. En primer lugar surgía
unida a las celebraciones Eucarísticas, con posterioridad aparecen en los
monasterios, hospitales y asilos, para atender a los necesitados. En la Edad
Media los pobres a los que la Iglesia auxiliaba eran los hombres que no poseían
ninguna propiedad y los necesitados eran: viudas, huérfanos, enfermos y débiles.
acción de organismos sociales condujeron ya en
pocos decenios, desde el cuidado de los pobres a cargo de las autoridades,
completado por la beneficencia privada, a una asistencia pública y libre, con
un matiz marcadamente social y ético, y a una copiosa beneficencia. La cual
despertó una mayor conciencia de la responsabilidad y por así decir de
la obligación, frente a grupos socialmente débiles y a sus miembros. Esta
evolución ha llegado en algunos países hasta el reconocimiento legal del
derecho a la ayuda social...
Hodierno, la situación de la beneficencia ha
cambiado, por una parte emerge la
asistencia pública y libre, por la otra la
beneficencia de las instituciones privadas. La Iglesia Católica debe fomentar la
ayuda al prójimo, animando a los fieles al ayuno y a la pobreza, para poder
desprenderse ante sus hermanos necesitados
Para ello es necesario que en todas partes el
amor al prójimo descanse en obras, instituciones y grupos de ayuda de la caridad parroquial, y que sea recapitulado en una
junta parroquial de caridad. Lo personal es un especial signo distintivo de la
caridad parroquial. Precisamente aquí lo institucional y lo personal pueden y
deben desarrollarse en perfecta armonía. En el centro de la ayuda parroquial
deberá permanecer siempre la idea de conferencia, tal como la concibió Vicente
de Paúl. Una conferencia que merezca realmente tal nombre muestra cómo es
necesaria unidad en la libertad, y a la vez cómo medio de la unidad debe haber
libertad. en relación con esto el Papa concede singular importancia al hecho
de que los padres cristianos, con paciencia y de una manera práctica,
eduquen a sus hijos ya desde pequeños, en la ayuda al prójimo. Los padres
deben por tanto, esforzarse en que la familia una fuente de caridad y también
es muy de desear que el mayor número posible de fieles colaboren directamente
corno miembros de la organización parroquial de la
caridad.
La
institución "Cáritas" presenta un carácter internacional y aparece unida a la
Iglesia católica, emerge en el ámbito de la parroquia para ayudar a sus
pobres.
Desde la
perspectiva adoptada por Marciano Vidal (1992, páginas 1722-1737) describe la
voz solidaridad, de la siguiente forma:
extendida, constituye un signo de los tiempos. Se
han venido afirmando una nueva conciencia social acerca de
los lazos de cada uno con categorías necesitadas; se han constituido
espontáneamente comunidades y grupos que miran a conseguir metas comunes de
carácter social, económico, político y religioso y a hacer que se perciban más
eficazmente las protestas contra los males sociales en orden a obtener un
cambio. La palabra solidaridad suscita en muchos el deseo de contribuir a la
acogida y a la promoción del prójimo necesitado de
ayuda...
1. LA SOLIDARIDAD COMO VALOR TEOLOGAL. En
la Biblia la
solidaridad reviste ante todo las connotaciones de
valor teologal antes ya que de instancia ética. En efecto, la
experiencia que el creyente tiene de un Dios solidario es lo que le impulsa a
vivir la solidaridad con los hermanos. La historia de la salvación es historia
de la revelación progresiva que Dios hace de sí mismo al hombre como un Dios
que entra en su vida hasta compartirla plenamente en Jesús de
Nazaret.
La llamada del hombre a la vida en el
misterio de la creación mira a hacer de él el partner del mismo Creador en el
ejercicio del dominio del mundo (Gén 2,15). En cuanto "imagen de Dios"(Gén
1,26), el hombre es el interlocutor que Dios se
asigna a sí mismo, el único entre todas las criaturas capaz de escuchar a Dios
que habla y de responderle, estableciendo con él una relación de
comunión.
La solidaridad que se entabla entre Dios y el
hombre, y que tiene su fundamento en la
estructura relacional de éste (Gén 2,7), está, pues, constituida por la
superación de la pura dependencia y por el reconocimiento de la
responsabilidad humana en el contexto de una colaboración recíproca. Al hacer
existir las cosas y confiarlas al hombre, Dios en cierto sentido se aleja del
mundo, respetando profundamente la libertad humana. La comunión con Dios, que
es la raíz de las relaciones del hombre con sus semejantes y con el mundo, es
por ello el fundamento y el modelo de toda otra forma de
solidaridad.
El don de la alianza, que sucede al drama del
pecado (Gén 3), revela el sentido profundo de la solidaridad divina. La
alianza restablece la cercanía de Dios al hombre, pero manifiesta también su
infinita distancia: el Dios que se había alejado del hombre a consecuencia del pecado se ha hecho de nuevo vecino; pero
el Dios cercano no deja de ser un Dios lejano, otro, inaccesible. El hombre
está llamado a vivir en presencia de su Señor; pero al mismo tiempo debe
reconocer su ausencia, esforzándose en construir el mundo y la historia de
modo autónomo. El don de Dios se transforma para el hombre en tarea a la que
no puede sustraerse: debe cumplirla con total entrega si quiere ser fiel a la
voluntad divina. La solidaridad de Dios es oferta gratuita de una comunión que
es preciso realizar bajo el signo de una reciprocidad
efectiva.
Pero la revelación definitiva de la
solidaridad de Dios con el hombre se produce en el misterio de la encarnación
y de la pascua de Cristo. Al compartir la condición humana, Dios hace transparente el amor que profesa al hombre (Flp
2,6-8), amor que lleva a dar su misma vida para su completa liberación (Jn
15,13). La solidaridad humana asume así las connotaciones del compartir (ser
con) y del don total de si (ser-para). El Dios cristiano es-según la feliz
expresión de D. Bonhöffer-el Dios pobre, despojado, impotente; pero sobre todo
el Dios ser-para-los-otros. La pobreza de Dios en Cristo no es fin en sí
misma; es la suprema revelación del amor de Dios, de un Dios que es por
definición amor y don.
El misterio trinitario encuentra aquí su
significado último. Es el misterio de un Dios que vive en comunión de
personas, las cuales se constituyen en el recíproco darse. Dios es amor en
cuanto es Trinidad, y es Trinidad en cuanto es
amor. La solidaridad, en cuanto valor teologal, hunde, pues, sus raíces en la
naturaleza misma de Dios. Es comunión con el otro que respeta su diversidad y
orientada a activar su plena responsabilidad; es compartir y don de sí, que
revela en el misterio trinitario todo su densidad
ontológica.
del amor de Dios y del amor al prójimo; este último
supone el vivir en comunión y el saber compartir con sus semejantes. La
solidaridad entablada entre Dios y el hombre comienza en la creación, pero el
hombre en su libertad rompe está comunión con Dios, se trataría por ende de otro
tipo de solidaridad. No obstante, la revelación definitiva de la solidaridad de
Dios con el hombre se produce en el misterio de la encarnación y en la Pascua de
Cristo.
Como podemos vislumbrar en los anteriores
contenidos, la caridad no es
un descubrimiento actual, podemos observar a través
de lo expuesto que su origen genuino se remonta a los albores de los escritos
bíblicos, en donde el mismo Dios Padre, abajándose al hombre se da a conocer
como el Dios que interviene en la historia amando infinitamente al hombre y
concediéndole gratuitamente toda clase de dones. He aquí la verdadera caridad,
don total gratuito.
La
caridad hoy en día es todavía una asignatura pendiente; si bien es verdad que
los gobiernos y las sociedades se agrupan formando movimientos solidarios
filantrópicos ante las duras condiciones que sufren algunos sectores humanos, no
es menos cierto que adolecen en muchos aspectos del verdadero sentido de la
caridad cristiana, ya que en multitud de ocasiones se buscan a sí mismos en vez
de buscar la gratuidad.
Desde
estas páginas me permito con toda humildad hacer un llamamiento a los sectores
cristianos y demás movimientos solidarios, a asumir el verdadero compromiso de
la caridad cristiana.