“Caridad y
voluntariado en el III milenio”
“Si no tengo caridad nada
soy” (1Cor 13, 2)
El voluntario hoy se enfrenta a un reto que no es fácil de
conseguir. Quien decide ser voluntario lo hace libremente, sabiendo que hay unos
roles que asumir y unas consecuencias directas de su decisión. Sabe que no todo
va a ser alegre, sabe que las personas a las que atiende tienen problemas graves
y sabe que necesita una gran dosis de paciencia, y de mucha, mucha caridad. Para
aceptar las cosas, para hablarle con amor, para atenderle con diligencia, para
mirarle como si fuera Cristo y al mismo Cristo le estuviese dispensando una
atención, una cura, un paseo, una caricia.
El voluntario va a entregarse, va a recibir compensaciones en
esa entrega, va a dedicar su tiempo a una causa noble, loable, necesaria... y no
va a encontrar apoyo social porque hay cosas más importantes que amar a los
demás, (como por ejemplo, atender una llamada de teléfono que propone la compra
de una batería de cocina.)
Difícilmente una persona va a elegir ser voluntario si
hiciese caso a los impedimentos que va a encontrar. En primer lugar porque
existe, (y somos esclavos de él) un preciado bien llamado tiempo, y es muy
necesario, y tenemos mucha prisa y, claro, estar al lado de una persona a la que
brindar un poquito de vida supone un esfuerzo que sólo se va a efectuar si la
motivación más profunda está clara. Es precisa una sincera convicción del bien
que se hace para seguir adelante en una labor que se considera propia de los
trabajadores sociales.
Resultaría demasiado superficial una mirada al voluntariado
desde su vertiente social, ya que si utilizamos la palabra caridad estamos
involucrando la fe, puesto que la solidaridad no abarca el ámbito de la
religión.
Se puede ser solidario sin ser voluntario, y aunque estemos
necesitados de vivir más solidaridad a nuestro alrededor, lo cierto es que la
Caridad abarca una dimensión mucho más teológica que nos remite instantáneamente
a la figura de Jesucristo.
Jesús en cuanto que fue hombre, encarnado y nacido de mujer,
y vivió como hombre, aún siendo el mismo Dios. Y Cristo en cuanto que fue el
Mesías, el hombre Salvador. La redención del ser humano.
Dado que no puede entenderse la Caridad sin Amor parece
evidente considerar que sin Dios, la caridad carece de su más profundo sentido
de amor y entrega al hermano.
Si el voluntario puede identificarse
con la práctica de la caridad, parece evidente dejar de considerar la
solidaridad como sinónimo de caridad, puesto que ésta adquiere un matiz
evangélico que nos remite a la figura de Jesucristo como voluntario.
Jesús es voluntario porque su máxima es el ejercicio de la
misericordia (corazón en la miseria), de la caridad con el pobre y necesitado,
con el enfermo y moribundo, en definitiva, con el prójimo, próximo, con el hombre por el que da su vida.
Jesús es el mayor referente de la caridad, de la voluntad,
porque es Él quien toma la iniciativa. Enviado por el Padre se acerca al hombre
y no sólo le lava los pies, sino que le da a beber el agua de vida,
con la que no volverá a pasar sed.
Jesús es el Cristo, el que se entrega por la salvación del
hombre, el que se hace hombre, por, para y en el hombre.
El que se hace hombre para liberar al hombre de la esclavitud
del pecado.
El que nos muestra que la caridad es el camino de la redención.
Cristo vive hoy, Cristo es hoy ejemplo de caridad para todo
el que quiera escuchar su mensaje y dejarse llenar por su amor.
Jesús está entre nosotros; Cristo es la mirada de un niño con
la boca sucia, es la sonrisa de un bebé sin una
prenda de abrigo, está en el pedigüeño, en quien habla por el móvil, en la chica
que canta por la calle, en el drogadicto, en la cama de un hospital, en la
sonrisa de una religiosa, en la penitencia cuaresmal, en el patio de un colegio,
en la cafetería de una universidad, en una reunión de ejecutivos, en el
sacerdote que celebra, en la persona que se sienta delante del ordenador, en el
beso de una madre a su hijo... Jesucristo está en todos y cada uno de nosotros,
y su mirada es de amor, de caridad.
Pero no se trata de una mirada hacia una masa, hacia un
inmenso grupo de gente que somos humanidad, sino una mirada personal, a cada
uno, y a cada uno en exclusiva. Además los suyos son unos ojos que no pueden
mirar sino con amor. Es el Padre bueno que cuida de sus hijos y al que le
preocupa nuestro bien, el bien de cada uno, (aunque a veces para que lo
entendamos nos tenga que recordar que no hay cristianismo sin
cruz.)
Ahora bien, si nosotros contamos con la mirada de Dios
creador, tenemos como modelo a Cristo redentor y vive en nosotros el Espíritu (y
hay quien se queja de desafortunado) parece consecuencia de ello que hoy el
voluntario vaya a llevar a cabo una tarea teniendo como lema la caridad y como
fin último la aportación del grano de arena que colabora en la construcción del
reinado de Dios.
Si la base sobre la que se sienta ese reinado es la caridad,
el papel del voluntario es fundamental. En primer lugar, porque el voluntario
está llamado a ser “sal de la tierra y luz del mundo”; y para este
cometido el voluntario cuenta con dos elementos insustituibles: la Eucaristía y
la Palabra.
Mediante el sacramento, el creyente recibe la fuerza
necesaria, el alimento indispensable, para continuar, para tener presente que en
el cenáculo, Jesús convirtió el vino y el pan en su Cuerpo y Sangre, y nosotros
revivimos esa transustanciación en el altar.
Si El hizo ese sublime gesto de amor,
el voluntario no puede menos que dirigirse a sus hermanos sintiendo latir en su
corazón la dicha de poder recibir el cuerpo de Cristo; que lo sitúa en una
conversión permanente hacia el amor y la caridad, en esta ocasión escritas (y
vividas) con mayúscula.
Por otro lado, la Palabra. Esa fuerza viva que nos empuja a
salir de nosotros mismos y entregarnos a los demás. Se hace preciso primero
acogerla, después vivirla y a continuación extenderla, propagarla más allá de
las paredes del templo.
El voluntario va a vivir su misión con coherencia en el
momento que haga presente en su vida el “Id y
proclamad el Evangelio”, la Buena Nueva predicada por Jesucristo, aquel
nazareno que se dirigió precisamente al más pobre, al pecador, al cojo y al
ciego, al enfermo y moribundo, al ladrón y al samaritano. Este es el papel del
voluntario, no está con quien es sabio y rico, sino que escoge a lo más
indefenso y débil precisamente para confundir a los fuertes y poderosos,
como nos dice San Pablo en su carta a los corintios.
Las motivaciones del voluntario pueden ser muchas y diversas.
La señora que en sus ratos libres atiende a ancianos, el universitario que ocupa su tiempo en centros de acogida de
menores, o cualquiera de las personas que piensa en ocupar su tiempo en hacer
más feliz la vida de alguien antes que en dedicar ese tiempo en sí misma, es una
persona que va a encontrar la gratificación de su entrega precisamente en la
gratuidad con la que lo hace.
Y es gratuidad porque perdería mucho de su sentido si se
hiciese esperando encontrar algo a cambio. El voluntariado no es un contrato
firmado por ambas partes en el que alguien recibe a cambio de algo. Va mucho más allá; es una entrega desinteresada, cuya mayor
pretensión consiste en mostrar al mundo que “el amor no pasa
nunca”.
Por si acaso esto no fuese justificación suficiente para una
obra de tal calado social, el voluntario va a encontrar en esa entrega que la
caridad que está teniendo le viene devuelta en forma de amor, ya que es
“dando la propia vida como uno la encuentra” y ya que sólo cuando dejamos
de preocuparnos en buscar la felicidad para nosotros y nos centramos en
facilitar al hermano una sonrisa, un gesto de apoyo, una palabra de ánimo, una
compañía en silencio, un rato agradable, un encuentro con la naturaleza... en
definitiva, cuando nos interesamos en el otro y nos olvidamos de nuestro ego es
cuando nos vamos a encontrar con esa felicidad que anhelamos. Porque la
verdadera dicha está en dar, está en la entrega. Porque el verdadero gozo de la
vida no se entiende desde una actitud egocéntrica o narsicista, individualista o
insolidaria, sino que la mayor plenitud se alcanza cuando se comprende que la
esencia del hombre es el amor con el que Dios nos ha creado, que la gran muestra
de ese amor es la caridad, y que la caridad más que “ayuda al necesitado” es
alivio, es sustento, es vida para cada uno. Primero, porque no hay nadie que no
sea necesitado y después, porque la caridad no nace de la necesidad sino que es
fruto del amor y no proviene de lo que uno haría por uno mismo en beneficio de
sí mismo, sino de reconocer en conciencia (por revelación divina) que el
beneficio material que pueda obtener no se asemeja en absoluto a lo que voy a
disfrutar si mediante la caridad me acerco un poco más a Dios, lo cual será a
través del hermano.
No podemos dejar de tener en cuenta que hoy es muy difícil
hablar de caridad. No porque haya pasado de moda o se haya quedado antiguo, sino
porque “no vende”. El número de voluntarios no se asemeja a la cantidad de
personas que prefieren dedicar su tiempo en otros menesteres.
La sociedad consumista cada vez adquiere una mayor dimensión
hedonista en la que el objetivo primordial es obtener el mayor placer y alejarse
del dolor; para ello se cuenta con una sociedad del bienestar en la que los
menos favorecidos no dan buena imagen.
Prima la belleza artificial, los placeres mundanos y el cómo
invertir más y mejor en la autorrealización personal a través de la
superficialidad, del día a día vivido con intensidad... de manera parecida a
como allá por el siglo XIII un joven de Asís disfrutaba de su juventud y sentía
repulsión por el leproso. Con lo que no contaba ese joven era con que iba a
llegar Dios a su vida y le iba a hablar de una manera muy clara, directamente a
su corazón, le iba a conmover y le iba a hacer cambiar radicalmente su forma de
vivir. Más tarde, ese joven “vividor” levantaría la iglesita de San Damián y
besaría a un leproso. Se haría hermano de la naturaleza y fundaría una familia
extensísima basada en la oración y la fraternidad. Al poco tiempo de morir le
sería reconocida la santidad y más de siete siglos después, la forma de vida por
él instaurada seguiría teniendo vigencia; una forma de vida que no es otra que
vivir el santo Evangelio, a pesar de los obstáculos y cortapisas que se
interponen incesantemente en nuestras vidas. San Francisco de Asís predicó la
caridad, fue ejemplo de caridad desde su conversión y ya no entendió la vida
alejado de Dios.
El voluntario cristiano tiene como máximo referente a Cristo
y vive la misión por El encomendada desde la convicción de que el mismo Jesús
así lo haría, poniendo siempre por delante la caridad y teniendo en cuenta que
es virtud esencial la humildad, que su entrega es gratuidad, que su Amor es
Caridad (porque proviene de Dios) y que nuestro orgullo deja paso a la
disponibilidad ante el Espíritu, de forma que como San Francisco, pidamos ser
instrumentos de Su Paz.
Una paz que deja de ser una utopía si en vez de considerarla
como un objetivo que implique a todo el planeta, la planteamos como una meta
personal entre cada uno y nuestro entorno. Una paz que sea global sería más que
ilusorio, una conformidad con un imposible que no es alcanzable actualmente. Sin
embargo, podemos entender esa paz como el trabajo personal que cada uno vamos a
realizar por construir la paz, por ser nosotros paz; porque esa paz habite en
nuestro interior y podamos transmitirla a nuestros hermanos como la ofrenda más
generosa al fruto de la caridad, o lo que es lo mismo, como ofrenda auténtica a
aquel que va a descubrir en nosotros que hay un mundo nuevo por conocer, aquel
en el que la paz es una realidad, y la caridad una fiesta compartida, aquel en
el que el amor ha dejado de escribirse en corazones y ha trascendido a la
esencia más profunda de cada una de las almas habitadas por un solo Espíritu que
no es otro que el Amor con que Dios nos ama a través de su hijo Jesucristo (como
bien explica San Juan en su primera carta).
¿Qué tuvo Dios con el hombre sino Caridad? Caridad que nació
del Amor y se hizo presencia palpable en nosotros y nuestras vidas. Fue el
Enviado, el que recorrió Galilea anunciando con palabras y hechos la presencia
de Dios en el mundo; siendo el ideal del voluntario que todo voluntario debería
tener como suma referencia para el ejercicio de una labor más que humanitaria,
quasi divina; anteponiendo la caridad como una razón sine qua non es
posible una entrega, constancia y fidelidad a una persona que sin ser nosotros
mismos, nos importa más que nosotros mismos, puesto que es a ella (recordemos
que El está en ella) a quien le ofrecemos nuestra vida, ya no sólo porque Moisés
grabase en una tabla los mandamientos y éstos guíen nuestra conducta o porque
Jesús dijera “amaos unos a otros como yo os he amado” , sino
también porque en esa invitación a seguirle encontramos la mayor dicha a la que
podemos aspirar: tener vida en El, dejarle a El ser en nosotros y vivir la
Caridad como el más bello legado del que disponemos y disfrutamos siendo obra
del Amor.