La globalización y la exclusión social

Enrique Lluch Frechina

Doctor en Ciencias Económicas

Licenciado en Derecho

Profesor Titular de Economía de la Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia 

"Con lo que entendemos por "Caridad política" no se trata sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a las necesidades de los más pobres" ("Los católicos en la vida pública". Instrucción pastoral de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal Española, 22-IV-1986, nº61). Hablar de caridad, voluntariado y globalización, exige conocer cuáles son las consecuencias que está teniendo está última en los más pobres. ¿Es positiva para ellos? ¿Está creando un mundo más justo y más fraterno? Los estudios sobre las repercusiones que tiene este proceso sobre las desigualdades mundiales son unánimes: durante nos últimos treinta años no han hecho más que crecer sin cesar. Es claro, pues, que la globalización está incrementando la brecha existente entre las naciones más ricas y las más pobres. Ahora bien, poco sabemos sobre cómo está afectando a la exclusión social dentro de una nación industrializada como la nuestra. ¿La globalización está beneficiando a los excluidos de nuestro país? ¿Está generando dinámicas de exclusión o está, por el contrario, evitando las que hasta ahora se daban? Son preguntas que cualquier voluntario, en su búsqueda de un mundo mejor, se plantea a la hora de compartir su vida con los más necesitados. El objetivo de estas líneas es intentar contestar estos interrogantes para que los voluntarios puedan conocer si el proceso globalizador actual está ayudando a los colectivos ya excluidos y si está generando nuevas dinámicas de marginación en nuestro país.

1.- El proceso globalizador y su influencia sobre la exclusión social

A la hora de definir el proceso globalizador existen casi tantas descripciones del mismo como autores se han ocupado del tema1. Este es el motivo por el que hay que comenzar matizando qué se entiende por globalización. Sin hacerlo sería difícil comprender la argumentación que se va a llevar a cabo en las líneas siguientes. Cuando se habla de globalización o mundialización (conceptos que van a ser utilizados en el texto indistintamente para referirse a la misma realidad) el artículo se refiere al "proceso por el que los distintos mercados nacionales se van integrando en uno único y las realidades políticas, sociales y culturales de los diferentes países convergen cada vez más entre sí". Se trata de una misma realidad con muchas caras distintas. No es posible la integración económica en un único mercado sin un acercamiento político, cultural y social de las distintas naciones que lo realizan. Del mismo modo, el incremento de las relaciones económicas a nivel mundial favorece el acercamiento de todos los actores de la esfera internacional en los aspectos nombrados en esta definición. La globalización, por si misma, no implica, pues, una manera determinada de llevar a cabo esta integración, sino que se refiere a esa mayor relación a nivel mundial que algunos ya han descrito con la famosa expresión "aldea global". A pesar de esto, el artículo no va a referirse a una globalización abstracta, sino a la realidad que se está dando en estos momentos y a la manera en la que se este proceso se está desarrollando en nuestros días.

Por otro lado, hay que señalar que el artículo no va a dedicarse a describir las consecuencias del fenómeno a nivel internacional salvo que sea imprescindible y sin recrearse demasiado en el hecho. Por ese motivo, la marginación social que sufren los países menos desarrollados debido a que son cada vez más pobres y se ven excluidos del orden económico mundial como consecuencia del fenómeno globalizador, se toma como un hecho conocido y demostrado2 sobre el que no se va a dar ninguna explicación adicional, se tratará como un dato, mas que como un elemento a analizar. Lo mismo sucede con el incremento de la pobreza y las desigualdades. Las mismas instituciones internacionales que apoyan sin reservas la globalización, reconocen abiertamente que ésta viene acompañada de una pobreza cada vez mayor y de unas divergencias crecientes entre países3, esta es una evidencia que nadie puede negar. Por ello el artículo se limita a analizar en qué medida un proceso de integración mundial en un único mercado y la convergencia cada vez mayor de las realidades sociales, culturales y políticas pueden afectar a los grupos vulnerables de las naciones más ricas y a los factores que producen exclusión social en estos lugares.

2. a.- La globalización y las zonas de vulnerabilidad

Lo primero que se va a analizar es si la globalización es un proceso que evita que las zonas de vulnerabilidad lo sean, si es neutro con respecto a ellas o si, por el contrario, las perjudica o incrementa el número de situaciones vitales que generan debilidad social para quienes las padecen en los países más industrializados como el nuestro. Por zonas de vulnerabilidad se entienden aquellas personas que tienen unas características físicas, culturales o políticas que les allanan el camino para caer en la marginación social. En concreto, podemos incluir en este conjunto el ser mujer, anciano o niño, estar enfermo, minusválido o inválido, ser un inmigrante indocumentado o ser miembro de una minoría étnica o racial considerada inferior. Todos ellos son problemas que impiden la consecución de unos ingresos suficientes en un mercado. Por ello, en nuestras sociedades, el estado interviene con dos clases de actuaciones que les benefician e intentan impedir que caigan en situaciones de exclusión. La primera consiste en mantener el sistema actual con sus dinámicas generadoras de estos sectores vulnerables y establecer al mismo tiempo políticas económicas o sociales que les apoyen y que afiancen su endeble situación. En este caso, los motivos por los que se da la vulnerabilidad no se combaten de una manera directa, sino que el estado se limita a paliar sus consecuencias negativas a través de subsidios, ayudas o cualquier otro programa de asistencia a los perjudicados. La segunda articula acciones de un cariz diferente que intentan eliminar de raíz las causas que hacen que estos grupos de personas sean más propensos a la exclusión que los otros. En este caso se busca cambiar las pautas culturales de la población, mejorar las posibles leyes discriminatorias, modificar el sistema económico para que no deje a un margen a algunos colectivos o cualquier otra medida de esta índole. En este apartado se va a analizar si la actual globalización desarrolla alguna de estas dos dinámicas o si, por el contrario, los grupos vulnerables continúan siéndolo en el nuevo orden social derivado de ésta o están generando novedosos elementos de exclusión que debilitan a estos o a otra clase de colectivos.

Para saber si la globalización tiene algún interés en aplicar políticas especiales para estos colectivos no hay más que escuchar las afirmaciones de uno de los directivos del Fondo Monetario Internacional, una institución multilateral que defiende la bondad del proceso mundializador y su conveniencia para todos: "Nosotros no deberíamos dudar en afirmar que es verdad que durante la segunda mitad del siglo veinte se ha experimentado un progreso sin precedentes. Se ha visto un mayor número de personas y una proporción de la población mundial superior, prosperar más que nunca en la historia y se ha observado a más gente disfrutar de un crecimiento de la renta mayor al que nunca antes se había dado. Estos son algunos de los beneficios de la globalización"4 (Fisher, 2000: 3). Se trata de una defensa de la concepción utilitarista de la realidad económica mundial: por un lado el bienestar tiene una relación directa con los bienes de que se disfruta y por otro, un mayor número de productos para todos incrementa el bienestar general que es el objetivo final de toda sociedad. Quienes entienden de este modo la realidad, no suelen tener una preocupación especial por los colectivos desfavorecidos. La prioridad no se encuentra, ni mucho menos, en lograr la igualdad entre las personas, ni en mejorar la situación de los que peor están, sino en conseguir unas mayores tasas de crecimiento económico globales lo que, para ellos, elevará el bienestar general que es lo que realmente importa. El sistema más eficaz para lograrlo es el libre mercado, por lo que este sistema es el que bajo su prisma debe primar en un mundo globalizado. Cualquier estudiante que haya hecho un curso introductorio de economía sabe que el mercado puro es, precisamente, una de las causas de que estos colectivos sean más propensos a caer en la exclusión social que otros. Que uno de los fallos del mercado es éste y que ese es uno de los motivos que justifica la intervención del mercado en la economía. Por lo tanto, es claro que la globalización defiende un sistema económico (el mercado) que tiene como una de sus principales consecuencias la aparición de estos colectivos y que no prevé ninguna clase de medidas para favorecer a los más débiles.

La falta de interés que tiene el proceso globalizador por mejorar a los que se enclavan dentro de una zona de vulnerabilidad, no solo repercute en el poco entusiasmo y el gran escepticismo que presentan por él los colectivos ya excluidos, sino que perjudica claramente a los nuevos grupos marginados que crea la misma mundialización a nivel global. La globalización no conlleva ninguna medida o interés especial a favor de aquellos grupos más débiles, al menos de una manera consciente o voluntaria. Por otro lado, la confianza que algunos demuestran en que el crecimiento económico por si mismo va a reducir las desigualdades y favorecer a los que peor están se ha demostrado infundada. Los grupos más pobres no suelen ser los que se apropian con preferencia de estos incrementos de la renta. Para que esto suceda no es suficiente con el crecimiento, sino que son necesarias políticas que favorezcan la igualdad al mismo tiempo. Cuando esto no sucede, los sectores de la población que disfrutan de unas mejores condiciones para trabajar o para aprovechar las oportunidades que ante ellos se presentan, son los que se benefician de la mayor parte del crecimiento económico que se logra gracias a la globalización. Esta especie de Darwinismo social potenciado por el mercado, no mejora la situación de los más vulnerables. Sin medidas adecuadas, el crecimiento no ayuda por si mismo a los que peor están, en este caso la ayuda a estos colectivos depende de la benevolencia del más rico y sabemos que la riqueza no incrementa por si sola la generosidad de quien se ve agraciado por ella. Por todo ello, la globalización tal como se está llevando a cabo en estos momentos, no es una buena noticia para los colectivos excluidos ya que ni prevé políticas especiales para paliar sus problemas, ni busca atacar las causas de su vulnerabilidad. Los más débiles solamente pueden esperar de ella que algo de la riqueza que parece que genera llegue hasta sus bolsillos.

2. b.- La globalización y los generadores de exclusión social

Queda claro, pues, que la globalización no genera mecanismos que puedan favorecer a los grupos más vulnerables. El argumento más utilizado que afirma que el crecimiento por si mismo va a beneficiar a los que peor están no tiene porqué darse siempre. Pensar que una rápida expansión eliminará la pobreza y las privaciones por si misma es equivocado (PNUD, 1996). Sin unas políticas destinadas de un modo específico a mejorar estos colectivos o una organización económica distinta al libre mercado, es difícil que se reduzca su vulnerabilidad. La globalización no es una buena noticia para los grupos más débiles. Ahora bien, sabemos que la exclusión social no es un problema exclusivo de algunos grupos. La vida evoluciona constantemente y puede llevar a que personas que no estén incluidas en alguno de estos colectivos puedan pasar a estarlo por problemas sobrevenidos o puedan caer en la marginación por diferentes circunstancias. Reducir el análisis a los grupos vulnerables es claramente insuficiente, hay que estudiar también la influencia de la globalización en los procesos de exclusión para ver si estos se ven potenciados o combatidos por ésta.

Hay que preguntarse si realmente la globalización tiene una influencia grande en los problemas internos de cada país y en especial en la potenciación de los fenómenos que favorecen la exclusión o si, como argumentan algunos (Kudrle, 1999; Navarro, 1997) la globalización no tiene una gran incidencia sobre estos procesos internos y tan solo es la excusa que utilizan algunos para lograr sus propios intereses. Esta es la llave que nos permitirá conocer con precisión la influencia real de todo lo que conlleva la globalización en los fenómenos de exclusión que se dan en el interior de las naciones más ricas. 

2.b.1.- La globalización, el mercado y la protección social 

Como ya se ha nombrado, el principal proceso de generación de exclusión social es el sistema económico de mercado. Las grandes desigualdades que produce su funcionamiento normal no hacen más que abocar a una parte de la población a situaciones de pobreza que les llevan a la marginación social. Es la intervención de los poderes públicos la que, a través de la protección social que brindan, de la redistribución fiscal que articulan y de las políticas de gasto que favorecen de una manera directa a los colectivos más desfavorecidos, la que consigue paliar los problemas que conlleva la falta de equidad que se experimenta en este sistema económico. En este apartado se va a analizar cómo la globalización está afectando al mantenimiento (en aquellas naciones que ya lo tienen) y al establecimiento (en aquellas que todavía no gozan de ellos) de sistemas de protección social que corrijan los efectos excluyentes de los mecanismos de mercado. Las consecuencias de este análisis son claras. Una mundialización positiva para los marginados en los países más desarrollados sería aquella que, o bien se asentase sobre un sistema económico diferente que no generase exclusión, o bien potenciase la función redistributiva y social del Estado o de cualquier otra entidad que compense los fallos del mercado puro. Cualquier otra posibilidad que mantuviese o empeorase la situación actual, debería clasificarse necesariamente como negativa.

Si planteamos la cuestión de si la globalización está potenciando otra clase de estructura económica para el mundo en el que vivimos, ya sabemos que no. El modo en el que se quiere integrar a las distintas naciones de nuestro pequeño mundo es a través del mercado, al que se considera el mejor sistema para lograr la eficiencia económica. Por este motivo, la cuestión importante es conocer si el proceso mundializador refuerza o no el papel de los Estados o plantea alguna alternativa válida que redistribuya mejor la renta entre los habitantes de un país. La idea más generalizada sobre este aspecto afirma que la nueva situación global que consagra el fenómeno de la mundialización obliga a los Estados a replantearse sus funciones y ello conlleva una pérdida de autonomía y de posibilidades para llevar a cabo una política redistributiva beneficiosa para los más pobres. Según esta visión, la entronización de un único mercado global obliga a los países a posicionarse en él compitiendo con los demás para lograr que sus empresas puedan vender sus productos en otros lugares de manera que la renta de los ciudadanos de esa nación se pueda mantener o incrementar. En este sentido algún autor (Daguzán, 1999) afirma que en el nuevo contexto mundial los estados deben cumplir tres funciones económicas que son las que les permitirán sobrevivir en ese gran mercado. La primera de las tres es ofrecer un entorno legal, fiscal y normativo adecuado para las empresas de modo que vean favorecidos su crecimiento y su normal desarrollo; la segunda es ayudar a las compañías nacionales a expandir sus mercados por el extranjero; y la última es desarrollar un sistema de educación, investigación y tecnología que pueda asegurar a las empresas los instrumentos necesarios para competir con garantía en este mercado global. Todo ello implica que el medio para adaptarse al proceso mundializador es la realización de cambios de legislación que favorezcan las actuaciones de las empresas. Esta manera de entender la globalización convierte al Estado en poco más que una entidad al servicio de los intereses de sus compañías privadas. Mejorar su entorno consistirá en realizar aquello que ellas creen que es lo que más las favorece. Estas modificaciones se basan, como oímos todos los días en las declaraciones de algunos de los máximos dirigentes empresariales, en una reducción de impuestos, una intervención menor del estado en los asuntos económicos y una Flexibilización de las condiciones laborales de los trabajadores.

Los motivos que tienen estos estudiosos para justificar este argumento son los siguientes: en primer lugar afirman que la liberalización de los movimientos de capitales va a atraer a los inversores hacia a aquellos lugares que tengan unos impuestos inferiores. Esto provocará que, a menos que se rebajen en el país los niveles impositivos, el dinero huirá hacia otros enclaves y la inversión en las empresas nacionales se reducirá al mínimo imprescindible. No quedará, pues, más remedio que reducir la imposición nacional para que la inversión no abandone el territorio patrio. En segundo lugar, las empresas también buscarán aquellos lugares en los que las condiciones laborales sean más favorables a los intereses de los propietarios y permitan que el margen de beneficios sea superior. Por ello, aquellas naciones que no flexibilicen sus mercados laborales tienen el peligro de que sus compañías emigren hacia aquellos lugares en los que el trabajo es más barato y sus ciudadanos se queden en el paro debido a la falta de empleo generada por esta huida. En tercer lugar hay que tener en cuenta el tratamiento fiscal que reciben las rentas de los ciudadanos más adinerados. En la medida en que estos deban pagar unas cuantías que consideren excesivas y en otro país los impuestos sobre la renta sean más reducidos, estas personas estarán incentivadas a emigrar hacia el lugar en el que tienen que pagar menos impuestos. Estos tres motivos, no solamente justifican las nuevas funciones del Estado sino que vaticinan una situación de competencia salvaje entre naciones que repercutiría en una menor recaudación fiscal. Ello obligaría, a su vez, a que los estados redujesen sus prestaciones, en especial aquellas que tienen un componente redistributivo, ya que son ellas las que tienen una cuantía más elevada en los presupuestos de las naciones más desarrolladas.

Si esto fuese realmente así, cabría esperar que los avances de la globalización durante los últimos treinta años habrían provocado que los estados redujesen su presión fiscal de una manera importante para atraer inversiones y que las empresas hubiesen abandonado las naciones con mayores impuestos y mejores condiciones laborales para asentarse en aquellas que tuviesen una reducida presión fiscal y unos salarios bajos. Sin embargo, si observamos los ingresos fiscales del grupo de naciones más ricas según el Banco Mundial (cuadro anexo), podemos ver que su capacidad recaudatoria durante los últimos veinte años del siglo XX no se ha reducido en exceso. La competencia fiscal que debería haberse dado, parece que no ha tenido como consecuencia la reducción de la recaudación. En muchas de estas naciones sí que se ha modificado la estructura de los impuestos, tomando progresivo peso la imposición indirecta, pero no ha existido una reducción de los ingresos que justificase una bajada del gasto social.

Por otro lado, si lo que se temía es que la inversión se fuese a naciones que tuviesen unos impuestos o unos salarios muy bajos, los datos disponibles vuelven a demostrarnos que esto no está sucediendo. Los cuatro países que mayor inversión directa extranjera percibieron en el año 1999 tenían unos tasas marginales del impuesto sobre sociedades de un 30% o superior (Banco Mundial 2001). Además, exceptuando China, los otros tres son naciones ricas, lo que parece contradecirse con lo que señala la teoría anteriormente nombrada, en especial en cuanto a la búsqueda de unos salarios reducidos. El motivo por el que sucede esto es que las empresas tienen en cuenta otros aspectos a la hora de invertir en otros países. Factores como la infraestructura de telecomunicaciones o de transportes, la cualificación de la mano de obra, la cercanía de los proveedores o de los clientes, la nacionalidad de los propietarios, etc. son tenidos en cuenta por las compañías a la hora de asentarse en un lugar u otro (NETHERLANDS ECONOMIC INSTITUTE ; ERNST & YOUNG, 1993). Lo que hacen muchas empresas es deslocalizar tan solo una parte de la producción (la que utiliza mucha mano de obra de modo que los costes salariales tienen mucha importancia en estos casos) mientras que mantienen la mayoría de ella en sus lugares de origen. El otro motivo que existe para que no se haya dado una competencia fiscal es la existencia de paraísos fiscales. Estos territorios en los que los niveles impositivos son muy reducidos o inexistentes y la información acerca del capital y las empresas allí asentadas es opaca, atraen a muchas compañías que inscriben sus centrales allí mientras las plantas de producción siguen en las naciones en las que estaban. Gracias a ello, los beneficios logrados en distintos países, se trasladan (a través de artimañas legales) a la central que, sita en estos emplazamientos, no tiene que pagar impuestos por estas ganancias. No es necesario, pues, invertir en el paraíso fiscal, sino tan solo enviar el beneficio para que se contabilice allí. Ello permite disfrutar de unos pagos en impuestos menores sin necesidad de trasladar la producción de los bienes a otras ubicaciones.

Parece, pues, bastante claro que la integración a escala global no tiene porqué conllevar por sí misma una competencia fiscal que rebaje la capacidad recaudatoria del Estado y sus posibilidades de redistribución. Los hechos que deberían provocar esta competencia no se están dando más que de un modo limitado. Las empresas siguen asentadas en los lugares en los que estaban y únicamente deslocalizan una parte limitada de sus procesos productivos. Por otro lado, si observamos otros procesos de integración regionales más avanzados, como puede ser la Unión Europea, vemos que no han generado una competencia salvaje que les haya llevado a una guerra fiscal entre ellos. Sus miembros se han unido para regular la manera en la que acercan sus economías, lo que evita fácilmente estos problemas. No es la globalización la que produce el problema de competencia y la pérdida de poder de los estados, sino la descoordinación de los países que se unen y la existencia de estas plazas financieras que ofrecen una falta de transparencia total y un gravamen sobre los beneficios nulo o casi nulo. El grupo de los siete países más industrializados del mundo ya reconoce abiertamente este problema (G7, 2000b) e indica que las medidas a tomar deben pasar por una mayor cooperación internacional y por acabar con esos lugares en los que la opacidad y la evasión fiscal son la norma. El temor a que la globalización conlleve una irremediable competencia fiscal entre países parece, pues, estar poco fundamentado. Ni esa competencia se ha dado hasta este momento, ni existen grandes posibilidades de que se produzca en un futuro, salvo que las naciones busquen una integración sin regulación y sin cooperación. La eliminación de los paraísos fiscales de los que sacan partido, sobre todo, empresas, bandas criminales organizadas y otros agentes económicos en perjuicio de las haciendas nacionales y de la sociedad en general, es un elemento clave en esta coordinación internacional que debe acompañar a la globalización.

Uno se pregunta entonces ¿la globalización no tiene responsabilidad alguna en las llamadas a la reducción del tamaño del sector público y de los impuestos? Según lo dicho hasta ahora, parece desprenderse que muy poco, que el hecho de que nos integremos en una economía global no implica por si mismo que el Estado deba adelgazar y la protección contra la exclusión social vaya a verse reducida. A pesar de ello, con frecuencia los que están a su favor justifican la reducción del tamaño del sector público por la necesidad del equilibrio presupuestario como medio para garantizar la estabilidad económica de las sociedades que lo practican y la convicción de que una alta intervención pública es perjudicial para el crecimiento económico. Esta ideología económica es la dominante entre aquellas instituciones y personas que mayor énfasis ponen en lograr una globalización en la que el mercado sea quien predomine. Estas ideas mundializadas y compartidas por una gran proporción de los economistas y políticos de todo el mundo es el principal motivo por el que parece que el adelgazamiento del estado es algo consustancial a la globalización. Los que así piensan, también utilizan la amenaza de la competencia salvaje para justificar la necesidad de reducir el peso del sector público. Por otro lado, algunos de los grupos antiglobalización también afirman que ésta conlleva por sí misma este adelgazamiento del sector público. Este es, de hecho, uno de los argumentos principales que alimenta y justifica su lucha, opinan que el proceso mundializar es malo, entre otras cosas, porque reduce y cambia las funciones del estado. Sin embargo, como se puede observar, la pérdida de poder real de los estados es más una amenaza que una realidad. Además, este hecho no proviene tanto de la integración de los distintos países entre si, sino de la justificación ideológica que está detrás del proceso y que desearía que éste evolucionase en este sentido.  

2.b.2.- Los cambios y las crisis económicas que conlleva la globalización 

No se puede negar que la globalización está produciendo cambios de la suficiente envergadura para que sea complicado permanecer al margen de su influencia. Los avances tecnológicos, las mejoras en los transportes y en las comunicaciones, su abaratamiento, la armonización normativa, la liberalización del comercio y de los movimientos del capital tienen unas consecuencias directas sobre la organización económica mundial que la transforman de una manera sustancial. Ahora bien, lo que nos interesa conocer es si los cambios que irremediablemente lleva aparejado este fenómeno económico están contribuyendo a empeorar los procesos de exclusión social en los países industrializados o si, por el contrario, colaboran en la erradicación de esta lacra en nuestras sociedades.

Tal vez, la idea más difundida acerca de la manera en la que los cambios que genera la globalización pueden ser perjudiciales para los excluidos de nuestras sociedades se refiere a la liberalización del comercio. Existe un temor a que la supresión de barreras a los intercambios comerciales reduzca en exceso o suprima alguna de nuestras actividades económicas. Esta modificación supondría el principio de un proceso de empobrecimiento para aquellos trabajadores que perdiesen sus medios de subsistencia y no pudieran reconvertirse a otras actividades que les permitiesen obtener unos ingresos suficientes para vivir. Este fenómeno normal en cualquier sociedad que evoluciona, produce miedo a aquellos que prevén ser los perjudicados, lo que les impulsa a estar en contra de la liberalización del comercio internacional. Antes de comprobar si este fenómeno está siendo una realidad, hay que hacer algunas matizaciones. La primera es que la eliminación de barreras a los intercambios no se está dando de una manera total y simétrica, sino parcial y marcadamente asimétrica. Los países ricos mantienen sus aranceles y barreras para los productos que fabrican ellos y las naciones más pobres al mismo tiempo (por ejemplo los bienes agrícolas y textiles), mientras que los suprimen para aquellos que no son elaborados por los países menos desarrollados (la mayoría de los productos industriales) o para aquellos que solamente pueden ser extraídos en ellos (como muchas materias primas o los productos tropicales). En este contexto, es más sencillo que una nación más industrializada venda sus productos en una más pobres que viceversa. Al mismo tiempo, se protege la propiedad intelectual de manera gravosa para los países más pobres lo que les impide desarrollar algunas actividades industriales en su interior (PNUD, 1997). La liberalización se ha llevado a cabo, hasta el momento, defendiendo los sectores más vulnerables de las naciones desarrolladas y sus oportunidades de negocio. Es difícil pensar que en este contexto, la pérdida de producción o de empleos en estas actividades amenazadas pueda ser excesivamente alta. A pesar de esto, es necesario confirmar este aspecto analizando si las importantes reducciones de las trabas a los intercambios que se han llevado a cabo en los últimos años han supuesto una amenaza importante para las industrias nacionales.

Los datos sobre la evolución de las importaciones y las exportaciones españolas de agricultura, silvicultura y pesca, entre 1981 y 2000 muestran cómo España ha pasado de tener un balance negativo a otro positivo en estos sectores. Esta mejora de los resultados exteriores de nuestro país también se ha dado en las carnes y conservas y en las leches y productos lácteos (aunque en este último caso el saldo sigue siendo negativo). La protección europea a la entrada de esta clase de bienes y la explotación intensiva de hortalizas y otras verduras en las regiones del sudeste español tienen parte de la responsabilidad de estos resultados. La realidad globalizadora no está perjudicando al campo español, nuestras medidas de defensa, la modernización de las explotaciones y los bajos salarios que se están pagando a una gran cantidad de trabajadores irregulares, están teniendo los resultados apetecidos y nuestras exportaciones se incrementan año tras año.

No está sucediendo lo mismo con otros sectores industriales. A pesar de la protección de la que gozamos, el sector de textiles y vestidos y el de cuero, artículos en piel y cuero y calzado está acusando la competencia exterior. Considerando el mismo periodo de tiempo que en el anterior caso, se observa que la relación entre exportaciones e importaciones ha empeorado. En los textiles se ha pasado de exportar más de lo que se importaba a lo contrario y en los artículos de peletería y zapatos la relación entre estas dos ha empeorado sustancialmente. A esto hay que añadir que el porcentaje de importaciones de estos bienes desde naciones que están fuera de la UE se ha incrementado en los años noventa y que la proporción que suponen las importaciones sobre la producción nacional también ha aumentado en los últimos años. Una primera observación parece corroborar las impresiones primeras acerca de los efectos de la globalización para la producción de esta clase de bienes. Sin embargo, los efectos sobre la producción y sobre el empleo no son tan evidentes. En primer lugar, el empleo no ha experimentado una disminución continuada en estos sectores. Las reducciones del número de ocupados y sus incrementos se han debido a la coyuntura económica nacional, de manera que se observan descensos del empleo en los años en los que el crecimiento económico es menor y viceversa. Al igual, la producción real de estos sectores no ha dejado de crecer. El ritmo al que lo han hecho es algo más bajo que la media de todos los productos industriales y sobre todo inferior a las tasas de crecimiento que han experimentado las importaciones. Este hecho demuestra que, a pesar de todo, el problema no es tan generalizado y grande como para representar un peligro global para la producción, la industria nacional y los trabajadores de estos sectores.

Esto es una muestra de que los sectores más afectados por los cambios que provoca el proceso globalizador no están teniendo unos problemas tan graves como cabría esperarse según las previsiones de los más catastrofistas. El sector agrícola va viento en popa y sus productos siguen vendiéndose en los mercados internos y externos sin que se acuse en exceso la escasa competencia que consigue superar las fuertes barreras de las que nos hemos rodeado en la Unión Europea. En cuanto a los sectores de textil, cuero, pieles y calzado su participación en el total de la producción está disminuyendo y las importaciones tienen cada día una importancia mayor. Sin embargo, el empleo no se está reduciendo en exceso, y cuando lo hace es fruto de situaciones coyunturales más que por una tendencia firme. No se puede afirmar que la globalización va a producir unos cambios dramáticos en la estructura económica de nuestra nación. Estamos preparados para adaptarnos a la nueva situación y sus normas nos favorecen con frecuencia. El peligro real de estas liberalizaciones no son los productos que vienen de naciones menos desarrolladas, sino las grandes empresas de los países de la OCDE que pueden absorber o eliminar las pequeñas o medianas compañías nacionales.

Las crisis económicas son también fuente de exclusión. La globalización tiene una influencia directa en estos eventos. Como reconocía el director gerente del Fondo Monetario Internacional "Los mercados internacionales de capital pueden ser también una fuente de volatilidad y crisis"5 (Köhler, 2000: 1). Las repetidas crisis que hemos vivido en la última década del siglo veinte no son más que un botón de muestra de este hecho. Europa, México, Asia, Rusia y Brasil han sufrido de una manera directa sus efectos perniciosos, mientras que el resto del mundo se ha visto también afectado por sus consecuencias en una mayor o menor medida. La crisis en la que parece que estamos entrando los países más industrializados, en caso de confirmarse, tendrá efectos no solo sobre nuestra población, sino también sobre otros países cuyas ventas dependen de nuestra demanda. Además, la crítica situación financiera de Turquía y en especial de Argentina, también puede unirse a nuestros problemas para precipitar una profunda recesión. La generalización y la amplitud de estas crisis sí pueden atribuirse a la mundialización de los capitales. La facilidad que tiene el dinero para trasladarse de un lugar a otro, la enorme cuantía que se negocia todos los días y los movimientos puramente especulativos, provocan que la frecuencia y la transmisibilidad de estas situaciones críticas se hayan incrementado desde principios de los años noventa del siglo pasado.

Cuando una de estas crisis afecta a un sector de la economía de los países más desarrollados, parte de sus trabajadores pueden perder su empleo debido a la situación lo que, a su vez, puede desencadenar un proceso de exclusión en alguno de las personas afectadas. A pesar de ello, la capacidad de los estados de las naciones más ricas para compensar a los colectivos perjudicados a cargo de sus presupuestos logra corregir la totalidad o parte de estos efectos negativos. Es por ello que, mientras las crisis financieras internacionales provocan situaciones de gran pobreza en los países cuyos estados tienen menos posibilidades (normalmente los más pobres), no lo hacen en las naciones industrializadas cuyos sectores públicos suelen estar más desarrollados. La protección que presta el Estado de Bienestar es suficiente para contrarrestar gran parte de los perjuicios de las crisis. Ello no quiere decir que no sea necesaria "precaución para anticipar y minimizar los riesgos de la liberalización de capitales" (Guitián, 1998: 3). Hay que intentar evitar estas crisis que se extienden a nivel mundial como una mancha de aceite a pesar de que sus consecuencias sobre los afectados en nuestras naciones no son excesivamente graves gracias a nuestros sistemas de protección. Una acción conjunta para reducir el peligro de nuevas crisis y para reforzar los estados de bienestar, es necesaria para evitar el desencadenamiento de estos procesos de exclusión. 

2.b.3.- La globalización y la precarización del mercado de trabajo 

Los procesos de precarización del mercado de trabajo parecen tener mucho que ver con la deslocalización de la producción, es decir, con el tema que ya ha sido abordado en este artículo. El argumento para justificar esto sería el mismo que en el caso que ha sido comentado unas líneas más arriba. Existe una amenaza de llevar las plantas de producción a países menos desarrollados, en los que los costes de trabajo son más reducidos no sólo por su nivel de renta, sino también por la falta de una legislación que defienda los derechos de los trabajadores. Este peligro es uno de los que invocan las empresas cuando demandan la flexibilización del mercado de trabajo como condición para que se queden sus plantas productivas en el país en el que se está o se quieren asentar. Se está reproduciendo el argumento de la competencia entre países como justificación de la rebaja de las condiciones laborales. A pesar de ello, ya hemos visto como, hasta este momento, el fenómeno de deslocalización no es tan grande como para justificar una flexibilización total de todos los mercados laborales. En principio solamente sería necesario para aquellos que se ven amenazados por una competencia real proveniente de las naciones menos ricas. Pero hay que tener en cuenta que en 2000 el 81,7% de nuestras importaciones provenían de países de la OCDE, es decir, la importancia de las importaciones provenientes de naciones con unas condiciones laborales más flexibles que las nuestras son un grupo minoritario y que declina año tras año. Ello demuestra que los posibles problemas de productividad que parece que tenemos y que nos impiden ser competitivos no solo dependen de las condiciones laborales de los trabajadores y de la flexibilidad de nuestro mercado de trabajo, sino de otros factores como la organización de las empresas, los procesos productivos utilizados, la formación del personal, etc. Tal y como sucedía con anterioridad, la idea de que la deslocalización es un resultado necesario de la globalización actual, parece más bien una excusa para justificar determinados comportamientos que una amenaza real.

En este sentido, la globalización sí supone una amenaza para los procedimientos de precarización debido a la difusión en escuelas empresariales y entre los directivos de las grandes y pequeñas compañías de unas nuevas formas organizativas que estructuran la empresa alrededor de un núcleo básico con unos directivos y unos trabajadores imprescindibles para llevar a cabo la actividad y que trabajan para la compañía, y de una externalización de los servicios, una subcontratación de algunos procesos y el traspaso de algunas labores a los clientes. Todo ello permite que los propietarios puedan mantener su nivel de beneficios y perjudica a sus trabajadores. En las formas societarias más utilizadas hasta ahora, cuando existía un momento en el que las ventas bajaban, la compañía debía seguir pagando a sus empleados a pesar de que ello le pudiese suponer unas pérdidas mayores para los propietarios. Con las nuevas formas, el ajuste recae sobre las pequeñas empresas que son subcontratadas por la principal o sobre trabajadores autónomos, de modo que son estos los que soportan el peso del ajuste que se tiene que realizar y pueden, como consecuencia, perder sus contratos y su ocupación. El seguro colchón que suponía ser un empleado fijo de una compañía desaparece para convertirse en un puesto de trabajo precario y temporal. Por otro lado, la organización interna de las empresas también se articula alrededor de unos puestos poco cualificados que pueden ser desempeñados por cualquier persona lo que permite que todos los trabajadores sean fácilmente sustituibles. Por ello sus salarios son más bajos y su periodo de permanencia en el empleo menor. Estas tendencias globales llevan, por tanto, a que los empleados se encuentren en unas condiciones peores ya sea porque pasan a trabajar para empresas más pequeñas e inseguras, o porque lo hacen en ocupaciones de muy baja cualificación, poco remunerados y discontinuos. En la medida en la que la globalización ideológica y cultural está colaborando en la generalización de estas prácticas empresariales, se le puede considerar en un elemento que contribuye a la precarización de las condiciones laborales de los trabajadores en los países más desarrollados. 

2-b.4.- La globalización y las migraciones 

Los movimientos migratorios han existido durante toda la historia del hombre. El nomadismo ha sido habitual en las primeras etapas del desarrollo de la humanidad y solo cuando las personas perfeccionaron sus técnicas agrícolas y constructivas comenzaron a asentarse en lugares fijos. Muchos habitantes de todos los rincones del mundo han dejado atrás su tierra buscando un lugar en el que lograr unas condiciones de vida mejores que el de partida. No hay más que recordar los millones de europeos que cruzaron los mares en el siglo dieciocho en busca de nuevas tierras en el continente americano, en África y en los países de Oceanía, o las personas que han abandonando sus lugares de origen huyendo de situaciones bélicas o de regímenes dictatoriales a lo largo del siglo XX. A todos estos movimientos hay que unir los que se dan en la actualidad a consecuencia de la injusta realidad internacional derivada de la globalización. El incremento de las desigualdades mundiales que se está dando año tras año, junto con la falta de esperanza que siente gran parte de la población de muchas de las naciones menos desarrolladas, estimula sus deseos de emigrar hacia esos lugares en los que se vive mucho mejor y se disfruta de unas rentas superiores. Acudir al panal de rica miel incrementa las posibilidades de participar en el festín. Los pobres conocen la manera en la que se vive en nuestros países privilegiados y aspiran a rebañar una parte de esta prosperidad de la que nosotros ya disfrutamos. Por ello, a pesar de las dificultades y de las escasas probabilidades que tienen de lograr todos sus sueños, se aventuran y abandonan sus hogares para ir a aquellos lugares en los que sus ciudadanos viven mucho mejor.

Unos movimientos de personas entre países totalmente libres tendrían unas consecuencias económicas evidentes y que han sido ya muy estudiadas (Krugman; Obstfield, 1994) (Lindert, 1994). La dirección que toma la práctica totalidad de los emigrantes tiene como origen (salvo excepciones) las naciones pobres y como destino las más ricas. Esto tiene como consecuencia que los salarios de las primeras se incrementen gracias al descenso de la oferta de trabajo, mientras que las remuneraciones de los lugares receptores de emigrantes se reducen por el aumento de la mano de obra que supone la llegada de nuevos trabajadores. Otra de las consecuencias que tienen estas migraciones es que la región receptora genera más rentas gracias al incremento de sus factores productivos, mientras que los lugares de origen perciben transferencias de sus emigrantes lo que mejora la calidad de vida de los que han quedado. En términos globales, la emigración libre permite que la producción mundial se incremente en un porcentaje superior al que lo haría si ésta no existiese, ya que los emigrantes pasan de carecer de un trabajo o de realizarlo de una manera poco productiva, a desempeñar labores muy productivas en naciones más ricas.

Ante estas consecuencias de los movimientos migratorios se dan sentimientos contradictorios según se esté en un país emisor o en uno receptor y según la situación que se tenga en cualquiera de estos dos lugares. Por un lado, los propietarios de las empresas de las naciones ricas pueden desear la entrada de emigrantes ya que ello les permite pagar unos salarios menores e incrementar sus posibilidades de producción sin que sus costes medios crezcan en exceso. Sin embargo los trabajadores de estas naciones pueden ver amenazadas sus altas rentas por la llegada de emigrantes pobres y desear que estos no atraviesen sus fronteras. Este va a ser uno de los colectivos que más va a militar en contra de la entrada de nuevos inmigrantes. Por otra parte, determinados productores y propietarios, así como los mismos consumidores, tampoco están interesados en que se abran las fronteras a las personas pobres y poco cualificadas. Esta oposición se debe a que si se quedan en sus países de origen los salarios allí continuarán muy bajos. Ello hará que las empresas de los países ricos puedan producir en estas naciones con unos costes muy reducidos lo que les permitiría obtener unos altos beneficios. Además, ello hace que los bienes así fabricados puedan resultar muy baratos y que los consumidores de los países desarrollados incrementen su capacidad adquisitiva. Por eso estos dos colectivos están también interesados en que las barreras a los movimientos de población se mantengan.

Este juego de intereses ha provocado que los trabajadores solamente tengan facilidades para migrar en el caso de que estén muy cualificados o que sean personas con altas rentas. La presión de las compañías que quieren emplear esta clase de trabajadores es fuerte y efectiva. Estas mismas empresas se trasladan, sin embargo, a las naciones que tienen la mano de obra más barata y prefieren que se mantengan las barreras para los trabajadores pobres y poco cualificados. Esta es la causa por la que estos últimos tienen un gran número de restricciones para poder cambiar de lugar de residencia. Cuando lo consiguen, con frecuencia a través de medios clandestinos, engrosan la cifra de sin papeles que existen en todos los países industrializados. Estas personas realizan labores que no puede o no quiere cubrir la mano de obra local, actividades mal pagadas y sin ninguna seguridad social en sectores que aparecen o se mantienen gracias a las posibilidades que brindan estos emigrantes. Son labores que tendrían una dimensión más reducida de no ser por lo mal pagado que están sus trabajadores. Ejemplos de estas actividades en nuestro país son el servicio doméstico interno (que se ha expandido en mucho en estos últimos años) y las explotaciones agrícolas que, con frecuencia, pueden ser competitivas en los mercados internacionales gracias a este trabajo mal pagado.

Esta clase de migración que nace al abrigo de la prohibición real de movimientos de la población y de la permisibilidad que se aplica a la existencia de sin papeles, es una fuente de exclusión en nuestras naciones más desarrolladas. Los inmigrantes que se mantienen en nuestro país en una situación sin regular, con unos empleos mal pagados y sin ninguna clase de seguridad social son los que sufren esta situación de marginación. Son personas que aportan ingresos a la hacienda española a través, principalmente, de los impuestos indirectos, pero que perciben pocos beneficios de ella por no tener su situación regularizada. La restrictiva política de inmigración existente no parece que vaya a cambiar a corto plazo. Los beneficios que sacaría la sociedad internacional en cuanto a mayor crecimiento e igualdad son difícilmente perceptibles por los afectados, mientras que las ganancias que perciben consumidores y propietarios por el mantenimiento de las barreras a la libre circulación de personas son fácilmente cuantificables en términos de precios inferiores, salarios superiores y mayores beneficios empresariales para aquellas compañías que trabajan en esas naciones. En esta caso, la globalización actual está creando un grupo de personas que está excluido del desarrollo mundial cuando viven en una nación subdesarrollada y que siguen siendo marginado cuando llegan de una manera indocumentada a los países industrializados.

3.- Conclusiones

En primer lugar se ha visto como la globalización actual no articula medidas pensadas especialmente para favorecer a los que ya se encuentran en las zonas de exclusión. Esto podría no ser un problema si la integración mundial potenciase a los gobiernos nacionales y regionales para que cumpliesen sus funciones redistributivas y de apoyo a las personas que se encuentren en esta situación, o ayudase los estados que no las realizan a instaurar instituciones que lo hiciesen, o actuase de una manera subsidiaria cuando la labor de estos niveles inferiores fuese claramente insuficiente. Ahora bien, esto no está sucediendo. A pesar de que el tamaño del sector público en las naciones industrializadas no está decreciendo, la mundialización no está potenciando la profundización de sus funciones en las naciones menos desarrolladas. Es más, la ideología globalizadora difunde a lo largo y ancho del planeta la idea de que el estado y sus labores redistributivas deben reducirse. Estas ideas son el verdadero peligro que tiene la mundialización para aquellos que ya se encuentran o pueden encontrarse en las zonas de vulnerabilidad, ya que difunden la concepción de que no es necesario tomar medidas que las eviten o palien sus consecuencias negativas.

En segundo lugar, los cambios económicos han sido y son constantes a lo largo de la historia. En todos ellos hay colectivos que se quedan atrás y que pueden empobrecerse como consecuencia de estos eventos. La envergadura y la rapidez con la que se están dando estos procesos no son atribuibles en exclusividad a la mundialización, el progreso tecnológico y la vitalidad de la actividad económica también juegan un importante papel en estos cambios. No sucede lo mismo con las crisis mundiales que hemos sufrido en los últimos años. Muchas de ellas han sido provocadas por los mercados financieros globalizados. Su dimensión, su frecuencia, sus consecuencias y la rapidez con la que se han difundido a lo largo del globo terráqueo no hubiesen sido posibles sin la liberalización de los movimientos de capitales y la falta de coordinación o de elementos correctores de que adolece ésta. Las repercusiones que tienen estos fenómenos están perjudicando, principalmente, a los trabajadores afectados de los países más pobres. La existencia de estados de bienestar en las naciones más industrializadas evita que sus habitantes sufran sus consecuencias de un modo tan intenso como la hacen los ciudadanos de aquellos lugares cuyos estados del bienestar son inexistentes o insuficientes.

En cuanto al mercado de trabajo tampoco es la globalización de una manera directa la que está provocando la precarización de determinados empleos. Por una parte, la reducción de la producción industrial y de los trabajadores en algunas ramas industriales no es sólo consecuencia del nivel de importaciones de las naciones menos desarrolladas (que como se ha visto es bastante baja) sino de las mejoras de productividad que han permitido los avances tecnológicos. La mundialización, más que su causa última, es un hecho consustancial a los mismos y que se ve posibilitado por ellos. Por otro lado, la competencia internacional sirve para justificar pérdidas de derechos de los trabajadores ante la amenaza de las empresas de llevar esas mismas factorías a otros lugares. En este caso, en lugar de ser la globalización la causa de esta precarización, es la excusa para poder llevarla adelante. Del mismo modo, la ideología mundializadora prioriza los derechos de los propietarios y su necesidad de lograr unos beneficios lo más altos posible en contra de los derechos de los trabajadores que son considerados un simple coste de producción. Las nuevas formas empresariales también perjudican la seguridad en el trabajo. Gracias a ellas es más fácil que los ajustes derivados de los descensos de ventas recaigan sobre los empleados menos cualificados enviándolos al desempleo, lo que contribuye a acelerar las posibilidades que tienen de caer en procesos de marginación social. La ideología que viene ligada al proceso de globalización es, por lo tanto, la que amenaza a los empleos estables, seguros y bien pagados. El proceso no solo difunde estas ideas, sino que sirve como excusa de la inevitabilidad de llevarlas a cabo.

Por último, la globalización tiene una influencia directa en la creación de procesos de exclusión a través del aspecto menos globalizado de todos, los movimientos de personas a lo largo de las fronteras. La mundialización de la pobreza y el crecimiento de las desigualdades, unidos a los modernos medios de comunicación social que divulgan los privilegios y la manera de vivir de los más ricos, provocan que los que viven en países subdesarrollados deseen arañar parte de la prosperidad y el bienestar de que gozan los habitantes de las naciones industrializadas. Esto genera movimientos migratorios que están limitados por una legislación que mantiene barreras a al mayoría de los traslados internacionales de población. La imposibilidad de legalizar su situación en las naciones de acogida provoca que estos emigrantes no vean reconocidos sus derechos esenciales, lo que les lleva a una situación de indefensión extrema e imposibilita su integración plena en la sociedad en la que están viviendo. Como consecuencia de ello, se desarrolla una zona de vulnerabilidad que incorpora nuevos afectados día tras día según nuevos emigrantes van filtrándose entre la malla protectora que hemos adherido a nuestras fronteras. Las grandes diferencias económicas internacionales tienen como consecuencia la creación de situaciones de exclusión en el interior de nuestros países más ricos.

El voluntario que se dedique a ayudar a los más pobres, debe saber pues, que la globalización está siendo tomada como excusa para tomar medidas que perjudican a aquellos que peor están y que favorecen las dinámicas de creación de exclusión social. Es por ello, que hay que volver a afirmar que la globalización no supone irremediablemente el incremento de la marginación social ni la pérdida de medidas favorecedoras para los que menos tienen. Se puede apostar por una mundialización diferente que conlleve otros valores y que intente construir un mundo más justo y más fraterno. Creo que podemos recordar aquí una de las ideas que expresa la encíclica Centesimus Annus (58) "Se siente cada día más la necesidad de que a esta creciente internacionalización de la economía correspondan adecuados órganos internacionales de control y de guía válidos que orienten la economía misma hacia el bien común". 

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Anexo 1 
 
 

 

Ingresos tributarios corrientes en porcentaje sobre el PIB

 

1980,00

1990,00

1998,00

Australia

19,60

23,80

22,90

Austria

31,30

31,40

34,80

Bélgica

41,40

41,50

43,30

Corea

15,50

15,90

17,30

España

22,20

28,80

28,10

Estados Unidos

18,50

18,00

20,40

Finlandia

20,10

28,30

28,10

Francia

36,70

37,60

39,20

Grecia

22,60

26,00

20,60

Israel

43,30

33,70

35,80

Italia

29,30

37,30

38,60

Noruega

33,80

32,30

34,10

Nueva Zelandia

30,70

36,30

32,10

Países Bajos

44,20

42,80

42,70

Reino Unido

30,60

33,30

36,30

Singapur

17,50

15,40

16,20

Suecia

30,10

38,40

35,80

Suiza

18,10

19,40

22,00



1Se pueden encontrar tres definiciones distintas del fenómeno en (PNUD, 1997: 92), (Kiely, 1998: 3) o (Fischer, 2000: 1)



2Ver entre otros (Chossudovsky, 1997), (Adda, 1999), (Beck, 1998) (Kiely, 1998) (Laird, 2000) (Maria i Serrano, 2000) (González-Tablas, 2000), etc...



3Ver (Banco Mundial 2000: 2 y 3) y (FMIBOLETÍN, 2000: 306)



4Traducción propia



5Traducción propia