La
globalización y la exclusión social
Enrique Lluch Frechina
Doctor en Ciencias Económicas
Licenciado en Derecho
Profesor Titular de Economía de la
Universidad Cardenal Herrera CEU de Valencia
"Con lo que entendemos por "Caridad política" no se trata
sólo ni principalmente de suplir las deficiencias de la justicia, aunque en
ocasiones sea necesario hacerlo. Ni mucho menos se trata de encubrir con una
supuesta caridad las injusticias de un orden establecido y asentado en profundas
raíces de dominación o explotación. Se trata más bien de un compromiso activo y
operante, fruto del amor cristiano a los demás hombres, considerados como
hermanos, en favor de un mundo más justo y más fraterno con especial atención a
las necesidades de los más pobres" ("Los católicos en la vida pública".
Instrucción pastoral de la Comisión Permanente de la Conferencia Episcopal
Española, 22-IV-1986, nº61). Hablar de caridad, voluntariado y globalización,
exige conocer cuáles son las consecuencias que está teniendo está última en los
más pobres. ¿Es positiva para ellos? ¿Está creando un mundo más justo y más
fraterno? Los estudios sobre las repercusiones que tiene este proceso sobre las
desigualdades mundiales son unánimes: durante nos últimos treinta años no han
hecho más que crecer sin cesar. Es claro, pues, que la globalización está
incrementando la brecha existente entre las naciones más ricas y las más pobres.
Ahora bien, poco sabemos sobre cómo está afectando a la exclusión social dentro
de una nación industrializada como la nuestra. ¿La globalización está
beneficiando a los excluidos de nuestro país? ¿Está generando dinámicas de
exclusión o está, por el contrario, evitando las que hasta ahora se daban? Son
preguntas que cualquier voluntario, en su búsqueda de un mundo mejor, se plantea
a la hora de compartir su vida con los más necesitados. El objetivo de estas
líneas es intentar contestar estos interrogantes para que los voluntarios puedan
conocer si el proceso globalizador actual está ayudando a los colectivos ya
excluidos y si está generando nuevas dinámicas de marginación en nuestro
país.
1.- El proceso globalizador y su
influencia sobre la exclusión social
A la hora de definir el proceso globalizador existen casi
tantas descripciones del mismo como autores se han ocupado del tema1.
Este es el motivo por el que hay que comenzar matizando qué se entiende por
globalización. Sin hacerlo sería difícil comprender la argumentación que se va a
llevar a cabo en las líneas siguientes. Cuando se habla de globalización o
mundialización (conceptos que van a ser utilizados en el texto indistintamente
para referirse a la misma realidad) el artículo se refiere al "proceso por el
que los distintos mercados nacionales se van integrando en uno único y las
realidades políticas, sociales y culturales de los diferentes países convergen
cada vez más entre sí". Se trata de una misma realidad con muchas caras
distintas. No es posible la integración económica en un único mercado sin un
acercamiento político, cultural y social de las distintas naciones que lo
realizan. Del mismo modo, el incremento de las relaciones económicas a nivel
mundial favorece el acercamiento de todos los actores de la esfera internacional
en los aspectos nombrados en esta definición. La globalización, por si misma, no
implica, pues, una manera determinada de llevar a cabo esta integración, sino
que se refiere a esa mayor relación a nivel mundial que algunos ya han descrito
con la famosa expresión "aldea global". A pesar de esto, el artículo no va a
referirse a una globalización abstracta, sino a la realidad que se está dando en
estos momentos y a la manera en la que se este proceso se está desarrollando en
nuestros días.
Por otro lado, hay que señalar que el artículo no va a
dedicarse a describir las consecuencias del fenómeno a nivel internacional salvo
que sea imprescindible y sin recrearse demasiado en el hecho. Por ese motivo, la
marginación social que sufren los países menos desarrollados debido a que son
cada vez más pobres y se ven excluidos del orden económico mundial como
consecuencia del fenómeno globalizador, se toma como un hecho conocido y
demostrado2
sobre el que no se va a dar ninguna explicación adicional, se tratará como un
dato, mas que como un elemento a analizar. Lo mismo sucede con el incremento de
la pobreza y las desigualdades. Las mismas instituciones internacionales que
apoyan sin reservas la globalización, reconocen abiertamente que ésta viene
acompañada de una pobreza cada vez mayor y de unas divergencias crecientes entre
países3,
esta es una evidencia que nadie puede negar. Por ello el artículo se limita a
analizar en qué medida un proceso de integración mundial en un único mercado y
la convergencia cada vez mayor de las realidades sociales, culturales y
políticas pueden afectar a los grupos vulnerables de las naciones más ricas y a
los factores que producen exclusión social en estos lugares.
2. a.- La globalización y las zonas
de vulnerabilidad
Lo primero que se va a analizar es si la globalización es un
proceso que evita que las zonas de vulnerabilidad lo sean, si es neutro con
respecto a ellas o si, por el contrario, las perjudica o incrementa el número de
situaciones vitales que generan debilidad social para quienes las padecen en los
países más industrializados como el nuestro. Por zonas de vulnerabilidad se
entienden aquellas personas que tienen unas características físicas, culturales
o políticas que les allanan el camino para caer en la marginación social. En
concreto, podemos incluir en este conjunto el ser mujer, anciano o niño, estar
enfermo, minusválido o inválido, ser un inmigrante indocumentado o ser miembro
de una minoría étnica o racial considerada inferior. Todos ellos son problemas
que impiden la consecución de unos ingresos suficientes en un mercado. Por ello,
en nuestras sociedades, el estado interviene con dos clases de actuaciones que
les benefician e intentan impedir que caigan en situaciones de exclusión. La
primera consiste en mantener el sistema actual con sus dinámicas generadoras de
estos sectores vulnerables y establecer al mismo tiempo políticas económicas o
sociales que les apoyen y que afiancen su endeble situación. En este caso, los
motivos por los que se da la vulnerabilidad no se combaten de una manera
directa, sino que el estado se limita a paliar sus consecuencias negativas a
través de subsidios, ayudas o cualquier otro programa de asistencia a los
perjudicados. La segunda articula acciones de un cariz diferente que intentan
eliminar de raíz las causas que hacen que estos grupos de personas sean más
propensos a la exclusión que los otros. En este caso se busca cambiar las pautas
culturales de la población, mejorar las posibles leyes discriminatorias,
modificar el sistema económico para que no deje a un margen a algunos colectivos
o cualquier otra medida de esta índole. En este apartado se va a analizar si la
actual globalización desarrolla alguna de estas dos dinámicas o si, por el
contrario, los grupos vulnerables continúan siéndolo en el nuevo orden social
derivado de ésta o están generando novedosos elementos de exclusión que
debilitan a estos o a otra clase de colectivos.
Para saber si la globalización tiene algún interés en aplicar
políticas especiales para estos colectivos no hay más que escuchar las
afirmaciones de uno de los directivos del Fondo Monetario Internacional, una
institución multilateral que defiende la bondad del proceso mundializador y su
conveniencia para todos: "Nosotros no deberíamos
dudar en afirmar que es verdad que durante la segunda mitad del siglo veinte se
ha experimentado un progreso sin precedentes. Se ha visto un mayor número de
personas y una proporción de la población mundial superior, prosperar más que
nunca en la historia y se ha observado a más gente disfrutar de un crecimiento
de la renta mayor al que nunca antes se había dado. Estos son algunos de los
beneficios de la globalización"4
(Fisher, 2000: 3). Se trata de una defensa de la concepción utilitarista de la
realidad económica mundial: por un lado el bienestar tiene una relación directa
con los bienes de que se disfruta y por otro, un mayor número de productos para
todos incrementa el bienestar general que es el objetivo final de toda sociedad.
Quienes entienden de este modo la realidad, no suelen tener una preocupación
especial por los colectivos desfavorecidos. La prioridad no se encuentra, ni
mucho menos, en lograr la igualdad entre las personas, ni en mejorar la
situación de los que peor están, sino en conseguir unas mayores tasas de
crecimiento económico globales lo que, para ellos, elevará el bienestar general
que es lo que realmente importa. El sistema más eficaz para lograrlo es el libre
mercado, por lo que este sistema es el que bajo su prisma debe primar en un
mundo globalizado. Cualquier estudiante que haya hecho un curso introductorio de
economía sabe que el mercado puro es, precisamente, una de las causas de que
estos colectivos sean más propensos a caer en la exclusión social que otros. Que
uno de los fallos del mercado es éste y que ese es uno de los motivos que
justifica la intervención del mercado en la economía. Por lo tanto, es claro que
la globalización defiende un sistema económico (el mercado) que tiene como una
de sus principales consecuencias la aparición de estos colectivos y que no prevé
ninguna clase de medidas para favorecer a los más débiles.
La falta de interés que tiene el proceso globalizador por
mejorar a los que se enclavan dentro de una zona de vulnerabilidad, no solo
repercute en el poco entusiasmo y el gran escepticismo que presentan por él los
colectivos ya excluidos, sino que perjudica claramente a los nuevos grupos
marginados que crea la misma mundialización a
nivel global. La globalización no conlleva ninguna medida o interés especial a
favor de aquellos grupos más débiles, al menos de una manera consciente o
voluntaria. Por otro lado, la confianza que algunos demuestran en que el
crecimiento económico por si mismo va a reducir las desigualdades y favorecer a
los que peor están se ha demostrado infundada. Los grupos más pobres no suelen
ser los que se apropian con preferencia de estos incrementos de la renta. Para
que esto suceda no es suficiente con el crecimiento, sino que son necesarias
políticas que favorezcan la igualdad al mismo tiempo. Cuando esto no sucede, los
sectores de la población que disfrutan de unas mejores condiciones para trabajar
o para aprovechar las oportunidades que ante ellos se presentan, son los que se
benefician de la mayor parte del crecimiento económico que se logra gracias a la
globalización. Esta especie de Darwinismo social potenciado por el mercado, no
mejora la situación de los más vulnerables. Sin medidas adecuadas, el
crecimiento no ayuda por si mismo a los que peor están, en este caso la ayuda a
estos colectivos depende de la benevolencia del más rico y sabemos que la
riqueza no incrementa por si sola la generosidad de quien se ve agraciado por
ella. Por todo ello, la globalización tal como se está llevando a cabo en estos
momentos, no es una buena noticia para los colectivos excluidos ya que ni prevé
políticas especiales para paliar sus problemas, ni busca atacar las causas de su
vulnerabilidad. Los más débiles solamente pueden esperar de ella que algo de la
riqueza que parece que genera llegue hasta sus bolsillos.
2. b.- La globalización y los
generadores de exclusión social
Queda claro, pues, que la globalización no genera mecanismos
que puedan favorecer a los grupos más vulnerables. El argumento más utilizado
que afirma que el crecimiento por si mismo va a beneficiar a los que peor están
no tiene porqué darse siempre. Pensar que una rápida expansión eliminará la
pobreza y las privaciones por si misma es equivocado (PNUD, 1996). Sin unas
políticas destinadas de un modo específico a mejorar estos colectivos o una
organización económica distinta al libre mercado, es difícil que se reduzca su
vulnerabilidad. La globalización no es una buena noticia para los grupos más
débiles. Ahora bien, sabemos que la exclusión social no es un problema exclusivo
de algunos grupos. La vida evoluciona constantemente y puede llevar a que
personas que no estén incluidas en alguno de estos colectivos puedan pasar a
estarlo por problemas sobrevenidos o puedan caer en la marginación por
diferentes circunstancias. Reducir el análisis a los grupos vulnerables es
claramente insuficiente, hay que estudiar también la influencia de la
globalización en los procesos de exclusión para ver si estos se ven potenciados
o combatidos por ésta.
Hay que preguntarse si realmente la globalización tiene una
influencia grande en los problemas internos de
cada país y en especial en la potenciación de los fenómenos que favorecen la
exclusión o si, como argumentan algunos (Kudrle, 1999; Navarro, 1997) la
globalización no tiene una gran incidencia sobre estos procesos internos y tan
solo es la excusa que utilizan algunos para lograr sus propios intereses. Esta
es la llave que nos permitirá conocer con precisión la influencia real de todo
lo que conlleva la globalización en los fenómenos de exclusión que se dan en el
interior de las naciones más ricas.
2.b.1.- La globalización, el mercado y la protección
social
Como ya se ha nombrado, el principal proceso de generación de
exclusión social es el sistema económico de mercado. Las grandes desigualdades
que produce su funcionamiento normal no hacen más que abocar a una parte de la
población a situaciones de pobreza que les llevan a la marginación social. Es la
intervención de los poderes públicos la que, a través de la protección social
que brindan, de la redistribución fiscal que articulan y de las políticas de
gasto que favorecen de una manera directa a los colectivos más desfavorecidos,
la que consigue paliar los problemas que conlleva la falta de equidad que se
experimenta en este sistema económico. En este apartado se va a analizar cómo la
globalización está afectando al mantenimiento (en aquellas naciones que ya lo
tienen) y al establecimiento (en aquellas que todavía no gozan de ellos) de
sistemas de protección social que corrijan los efectos excluyentes de los
mecanismos de mercado. Las consecuencias de este análisis son claras. Una
mundialización positiva para los marginados en los países más desarrollados
sería aquella que, o bien se asentase sobre un sistema económico diferente que
no generase exclusión, o bien potenciase la función redistributiva y social del
Estado o de cualquier otra entidad que compense los fallos del mercado puro.
Cualquier otra posibilidad que mantuviese o empeorase la situación actual,
debería clasificarse necesariamente como negativa.
Si planteamos la cuestión de si la globalización está
potenciando otra clase de estructura económica para el mundo en el que vivimos,
ya sabemos que no. El modo en el que se quiere integrar a las distintas naciones de nuestro pequeño mundo es a través del
mercado, al que se considera el mejor sistema para lograr la eficiencia
económica. Por este motivo, la cuestión importante es conocer si el proceso
mundializador refuerza o no el papel de los Estados o plantea alguna alternativa
válida que redistribuya mejor la renta entre los habitantes de un país. La idea
más generalizada sobre este aspecto afirma que la nueva situación global que
consagra el fenómeno de la mundialización obliga a los Estados a replantearse
sus funciones y ello conlleva una pérdida de autonomía y de posibilidades para
llevar a cabo una política redistributiva beneficiosa para los más pobres. Según
esta visión, la entronización de un único mercado global obliga a los países a
posicionarse en él compitiendo con los demás para lograr que sus empresas puedan
vender sus productos en otros lugares de manera que la renta de los ciudadanos
de esa nación se pueda mantener o incrementar. En este sentido algún autor
(Daguzán, 1999) afirma que en el nuevo contexto mundial los estados deben
cumplir tres funciones económicas que son las que les permitirán sobrevivir en
ese gran mercado. La primera de las tres es ofrecer un entorno legal, fiscal y
normativo adecuado para las empresas de modo que vean favorecidos su crecimiento
y su normal desarrollo; la segunda es ayudar a las compañías nacionales a
expandir sus mercados por el extranjero; y la última es desarrollar un sistema
de educación, investigación y tecnología que pueda asegurar a las empresas los
instrumentos necesarios para competir con garantía en este mercado global. Todo
ello implica que el medio para adaptarse al proceso mundializador es la
realización de cambios de legislación que favorezcan las actuaciones de las
empresas. Esta manera de entender la globalización convierte al Estado en poco
más que una entidad al servicio de los intereses de sus compañías privadas.
Mejorar su entorno consistirá en realizar aquello que ellas creen que es lo que
más las favorece. Estas modificaciones se basan, como oímos todos los días en
las declaraciones de algunos de los máximos dirigentes empresariales, en una
reducción de impuestos, una intervención menor del estado en los asuntos
económicos y una Flexibilización de las condiciones laborales de los
trabajadores.
Los motivos que tienen estos estudiosos para justificar este
argumento son los siguientes: en primer lugar afirman que la liberalización de
los movimientos de capitales va a atraer a los inversores hacia a aquellos
lugares que tengan unos impuestos inferiores. Esto provocará que, a menos que se
rebajen en el país los niveles impositivos, el dinero huirá hacia otros enclaves
y la inversión en las empresas nacionales se reducirá al mínimo imprescindible.
No quedará, pues, más remedio que reducir la imposición nacional para que la
inversión no abandone el territorio patrio. En segundo lugar, las empresas también buscarán aquellos lugares en los que las
condiciones laborales sean más favorables a los intereses de los propietarios y
permitan que el margen de beneficios sea superior. Por ello, aquellas naciones
que no flexibilicen sus mercados laborales tienen el peligro de que sus
compañías emigren hacia aquellos lugares en los que el trabajo es más barato y
sus ciudadanos se queden en el paro debido a la falta de empleo generada por
esta huida. En tercer lugar hay que tener en cuenta el tratamiento fiscal que
reciben las rentas de los ciudadanos más adinerados. En la medida en que estos
deban pagar unas cuantías que consideren excesivas y en otro país los impuestos
sobre la renta sean más reducidos, estas personas estarán incentivadas a emigrar
hacia el lugar en el que tienen que pagar menos impuestos. Estos tres motivos,
no solamente justifican las nuevas funciones del Estado sino que vaticinan una
situación de competencia salvaje entre naciones que repercutiría en una menor
recaudación fiscal. Ello obligaría, a su vez, a que los estados redujesen sus
prestaciones, en especial aquellas que tienen un componente redistributivo, ya
que son ellas las que tienen una cuantía más elevada en los presupuestos de las
naciones más desarrolladas.
Si esto fuese realmente así, cabría esperar que los avances
de la globalización durante los últimos treinta años habrían provocado que los
estados redujesen su presión fiscal de una manera importante para atraer
inversiones y que las empresas hubiesen abandonado las naciones con
mayores impuestos y mejores condiciones laborales
para asentarse en aquellas que tuviesen una reducida presión fiscal y unos
salarios bajos. Sin embargo, si observamos los ingresos fiscales del grupo de
naciones más ricas según el Banco Mundial (cuadro anexo), podemos ver que su
capacidad recaudatoria durante los últimos veinte años del siglo XX no se ha
reducido en exceso. La competencia fiscal que debería haberse dado, parece que
no ha tenido como consecuencia la reducción de la recaudación. En muchas de
estas naciones sí que se ha modificado la estructura de los impuestos, tomando
progresivo peso la imposición indirecta, pero no ha existido una reducción de
los ingresos que justificase una bajada del gasto social.
Por otro lado, si lo que se temía es que la inversión se
fuese a naciones que tuviesen unos impuestos o unos salarios muy bajos, los
datos disponibles vuelven a demostrarnos que esto no está sucediendo. Los cuatro
países que mayor inversión directa extranjera percibieron en el año 1999 tenían
unos tasas marginales del impuesto sobre sociedades de un 30% o superior (Banco
Mundial 2001). Además, exceptuando China, los otros tres son naciones ricas, lo
que parece contradecirse con lo que señala la teoría anteriormente nombrada, en
especial en cuanto a la búsqueda de unos salarios reducidos. El motivo por el
que sucede esto es que las empresas tienen en cuenta otros aspectos a la hora de
invertir en otros países. Factores como la infraestructura de
telecomunicaciones o de transportes, la
cualificación de la mano de obra, la cercanía de los proveedores o de los
clientes, la nacionalidad de los propietarios, etc. son tenidos en cuenta por
las compañías a la hora de asentarse en un lugar u otro (NETHERLANDS ECONOMIC
INSTITUTE ; ERNST & YOUNG, 1993). Lo que hacen muchas empresas es
deslocalizar tan solo una parte de la producción (la que utiliza mucha mano de
obra de modo que los costes salariales tienen mucha importancia en estos casos)
mientras que mantienen la mayoría de ella en sus lugares de origen. El otro
motivo que existe para que no se haya dado una competencia fiscal es la
existencia de paraísos fiscales. Estos territorios en los que los niveles
impositivos son muy reducidos o inexistentes y la información acerca del capital
y las empresas allí asentadas es opaca, atraen a muchas compañías que inscriben
sus centrales allí mientras las plantas de producción siguen en las naciones en
las que estaban. Gracias a ello, los beneficios logrados en distintos países, se
trasladan (a través de artimañas legales) a la central que, sita en estos
emplazamientos, no tiene que pagar impuestos por estas ganancias. No es
necesario, pues, invertir en el paraíso fiscal, sino tan solo enviar el
beneficio para que se contabilice allí. Ello permite disfrutar de unos pagos en
impuestos menores sin necesidad de trasladar la producción de los bienes a otras
ubicaciones.
Parece, pues, bastante claro que la integración a escala
global no tiene porqué conllevar por sí misma una competencia fiscal que rebaje
la capacidad recaudatoria del Estado y sus posibilidades de redistribución. Los
hechos que deberían provocar esta competencia no se están dando más que de un
modo limitado. Las empresas siguen asentadas en los lugares en los que estaban y
únicamente deslocalizan una parte limitada de sus procesos productivos. Por otro
lado, si observamos otros procesos de integración regionales más avanzados, como
puede ser la Unión Europea, vemos que no han generado una competencia salvaje
que les haya llevado a una guerra fiscal entre ellos. Sus miembros se han unido
para regular la manera en la que acercan sus economías, lo que evita fácilmente
estos problemas. No es la globalización la que produce el problema de
competencia y la pérdida de poder de los estados, sino la descoordinación de los
países que se unen y la existencia de estas plazas financieras que ofrecen una
falta de transparencia total y un gravamen sobre los beneficios nulo o casi
nulo. El grupo de los siete países más industrializados del mundo ya reconoce
abiertamente este problema (G7, 2000b) e indica que las medidas a tomar deben
pasar por una mayor cooperación internacional y por acabar con esos lugares en
los que la opacidad y la evasión fiscal son la norma. El temor a que la
globalización conlleve una irremediable competencia fiscal entre países parece,
pues, estar poco fundamentado. Ni esa competencia se ha dado hasta este momento,
ni existen grandes posibilidades de que se produzca en un futuro, salvo que las
naciones busquen una integración sin regulación y sin cooperación. La
eliminación de los paraísos fiscales de los que sacan partido, sobre todo,
empresas, bandas criminales organizadas y otros agentes económicos en perjuicio
de las haciendas nacionales y de la sociedad en general, es un elemento clave en
esta coordinación internacional que debe acompañar a la
globalización.
Uno se pregunta entonces ¿la globalización no tiene
responsabilidad alguna en las llamadas a la reducción del tamaño del sector
público y de los impuestos? Según lo dicho hasta ahora, parece desprenderse que
muy poco, que el hecho de que nos integremos en una economía global no
implica por si mismo que el Estado deba adelgazar
y la protección contra la exclusión social vaya a verse reducida. A pesar de
ello, con frecuencia los que están a su favor justifican la reducción del tamaño
del sector público por la necesidad del equilibrio presupuestario como medio
para garantizar la estabilidad económica de las sociedades que lo practican y la
convicción de que una alta intervención pública es perjudicial para el
crecimiento económico. Esta ideología económica es la dominante entre aquellas
instituciones y personas que mayor énfasis ponen en lograr una globalización en
la que el mercado sea quien predomine. Estas ideas mundializadas y compartidas
por una gran proporción de los economistas y políticos de todo el mundo es el
principal motivo por el que parece que el adelgazamiento del estado es algo
consustancial a la globalización. Los que así piensan, también utilizan la
amenaza de la competencia salvaje para justificar la necesidad de reducir el
peso del sector público. Por otro lado, algunos de los grupos antiglobalización
también afirman que ésta conlleva por sí misma este adelgazamiento del sector
público. Este es, de hecho, uno de los argumentos principales que alimenta y
justifica su lucha, opinan que el proceso mundializar es malo, entre otras
cosas, porque reduce y cambia las funciones del estado. Sin embargo, como se
puede observar, la pérdida de poder real de los estados es más una amenaza que
una realidad. Además, este hecho no proviene tanto de la integración de los
distintos países entre si, sino de la justificación ideológica que está detrás
del proceso y que desearía que éste evolucionase en este sentido.
2.b.2.- Los cambios y las crisis económicas que conlleva la
globalización
No se puede negar que la globalización está produciendo
cambios de la suficiente envergadura para que sea complicado permanecer al
margen de su influencia. Los avances tecnológicos, las mejoras en los
transportes y en las comunicaciones, su abaratamiento, la armonización
normativa, la liberalización del comercio y de los movimientos del capital
tienen unas consecuencias directas sobre la organización económica mundial que
la transforman de una manera sustancial. Ahora bien, lo que nos interesa conocer
es si los cambios que irremediablemente lleva aparejado este fenómeno económico
están contribuyendo a empeorar los procesos de exclusión social en los países
industrializados o si, por el contrario, colaboran en la erradicación de esta
lacra en nuestras sociedades.
Tal vez, la idea más difundida acerca de la manera en la que
los cambios que genera la globalización pueden
ser perjudiciales para los excluidos de nuestras sociedades se refiere a la
liberalización del comercio. Existe un temor a que la supresión de barreras a
los intercambios comerciales reduzca en exceso o suprima alguna de nuestras
actividades económicas. Esta modificación supondría el principio de un proceso
de empobrecimiento para aquellos trabajadores que perdiesen sus medios de
subsistencia y no pudieran reconvertirse a otras actividades que les permitiesen
obtener unos ingresos suficientes para vivir. Este fenómeno normal en cualquier
sociedad que evoluciona, produce miedo a aquellos que prevén ser los
perjudicados, lo que les impulsa a estar en contra de la liberalización del
comercio internacional. Antes de comprobar si este fenómeno está siendo una
realidad, hay que hacer algunas matizaciones. La primera es que la eliminación
de barreras a los intercambios no se está dando de una manera total y simétrica,
sino parcial y marcadamente asimétrica. Los países ricos mantienen sus aranceles
y barreras para los productos que fabrican ellos y las naciones más pobres al
mismo tiempo (por ejemplo los bienes agrícolas y textiles), mientras que los
suprimen para aquellos que no son elaborados por los países menos desarrollados
(la mayoría de los productos industriales) o para aquellos que solamente pueden
ser extraídos en ellos (como muchas materias primas o los productos tropicales).
En este contexto, es más sencillo que una nación más industrializada venda sus
productos en una más pobres que viceversa. Al mismo tiempo, se protege la
propiedad intelectual de manera gravosa para los países más pobres lo que les
impide desarrollar algunas actividades industriales en su interior (PNUD, 1997).
La liberalización se ha llevado a cabo, hasta el momento, defendiendo los
sectores más vulnerables de las naciones desarrolladas y sus oportunidades de
negocio. Es difícil pensar que en este contexto, la pérdida de producción o de
empleos en estas actividades amenazadas pueda ser excesivamente alta. A pesar de
esto, es necesario confirmar este aspecto analizando si las importantes
reducciones de las trabas a los intercambios que se han llevado a cabo en los
últimos años han supuesto una amenaza importante para las industrias
nacionales.
Los datos sobre la evolución de las importaciones y las
exportaciones españolas de agricultura,
silvicultura y pesca, entre 1981 y 2000 muestran cómo España ha pasado de tener
un balance negativo a otro positivo en estos sectores. Esta mejora de los
resultados exteriores de nuestro país también se ha dado en las carnes y
conservas y en las leches y productos lácteos (aunque en este último caso el
saldo sigue siendo negativo). La protección europea a la entrada de esta clase
de bienes y la explotación intensiva de hortalizas y otras verduras en las
regiones del sudeste español tienen parte de la responsabilidad de estos
resultados. La realidad globalizadora no está perjudicando al campo español,
nuestras medidas de defensa, la modernización de las explotaciones y los bajos
salarios que se están pagando a una gran cantidad de trabajadores irregulares,
están teniendo los resultados apetecidos y nuestras exportaciones se incrementan
año tras año.
No está sucediendo lo mismo con otros sectores industriales.
A pesar de la protección de la que gozamos, el sector de textiles y vestidos y
el de cuero, artículos en piel y cuero y calzado está acusando la competencia
exterior. Considerando el mismo periodo de tiempo que en el anterior caso, se
observa que la relación entre exportaciones e importaciones ha empeorado. En los
textiles se ha pasado de exportar más de lo que se importaba a lo contrario y en
los artículos de peletería y zapatos la relación
entre estas dos ha empeorado sustancialmente. A esto hay que añadir que el
porcentaje de importaciones de estos bienes desde naciones que están fuera de la
UE se ha incrementado en los años noventa y que la proporción que suponen las
importaciones sobre la producción nacional también ha aumentado en los últimos
años. Una primera observación parece corroborar las impresiones primeras acerca
de los efectos de la globalización para la producción de esta clase de bienes.
Sin embargo, los efectos sobre la producción y sobre el empleo no son tan
evidentes. En primer lugar, el empleo no ha experimentado una disminución
continuada en estos sectores. Las reducciones del número de ocupados y sus
incrementos se han debido a la coyuntura económica nacional, de manera que se
observan descensos del empleo en los años en los que el crecimiento económico es
menor y viceversa. Al igual, la producción real de estos sectores no ha dejado
de crecer. El ritmo al que lo han hecho es algo más bajo que la media de todos
los productos industriales y sobre todo inferior a las tasas de crecimiento que
han experimentado las importaciones. Este hecho demuestra que, a pesar de todo,
el problema no es tan generalizado y grande como para representar un peligro
global para la producción, la industria nacional y los trabajadores de estos
sectores.
Esto es una muestra de que los sectores más afectados por los
cambios que provoca el proceso globalizador no
están teniendo unos problemas tan graves como cabría esperarse según las
previsiones de los más catastrofistas. El sector agrícola va viento en popa y
sus productos siguen vendiéndose en los mercados internos y externos sin que se
acuse en exceso la escasa competencia que consigue superar las fuertes barreras
de las que nos hemos rodeado en la Unión Europea. En cuanto a los sectores de
textil, cuero, pieles y calzado su participación en el total de la producción
está disminuyendo y las importaciones tienen cada día una importancia mayor. Sin
embargo, el empleo no se está reduciendo en exceso, y cuando lo hace es fruto de
situaciones coyunturales más que por una tendencia firme. No se puede afirmar
que la globalización va a producir unos cambios dramáticos en la estructura
económica de nuestra nación. Estamos preparados para adaptarnos a la nueva
situación y sus normas nos favorecen con frecuencia. El peligro real de estas
liberalizaciones no son los productos que vienen de naciones menos
desarrolladas, sino las grandes empresas de los países de la OCDE que pueden
absorber o eliminar las pequeñas o medianas compañías nacionales.
Las crisis económicas son también fuente de exclusión. La
globalización tiene una influencia directa en estos eventos. Como reconocía el
director gerente del Fondo Monetario Internacional "Los mercados internacionales
de capital pueden ser también una fuente de volatilidad y crisis"5
(Köhler, 2000: 1). Las repetidas crisis que hemos vivido en la última década del
siglo veinte no son más que un botón de muestra de este hecho. Europa, México,
Asia, Rusia y Brasil han sufrido de una manera directa sus efectos perniciosos,
mientras que el resto del mundo se ha visto también afectado por sus
consecuencias en una mayor o menor medida. La crisis en la que parece que
estamos entrando los países más industrializados, en caso de confirmarse, tendrá
efectos no solo sobre nuestra población, sino también sobre otros países cuyas
ventas dependen de nuestra demanda. Además, la crítica situación financiera de
Turquía y en especial de Argentina, también puede unirse a nuestros problemas
para precipitar una profunda recesión. La generalización y la amplitud de estas
crisis sí pueden atribuirse a la mundialización de los capitales. La facilidad
que tiene el dinero para trasladarse de un lugar a otro, la enorme cuantía que
se negocia todos los días y los movimientos puramente especulativos, provocan
que la frecuencia y la transmisibilidad de estas situaciones críticas se hayan
incrementado desde principios de los años noventa del siglo pasado.
Cuando una de estas crisis afecta a un sector de la economía
de los países más desarrollados, parte de sus
trabajadores pueden perder su empleo debido a la situación lo que, a su vez,
puede desencadenar un proceso de exclusión en alguno de las personas afectadas.
A pesar de ello, la capacidad de los estados de las naciones más ricas para
compensar a los colectivos perjudicados a cargo de sus presupuestos logra
corregir la totalidad o parte de estos efectos negativos. Es por ello que,
mientras las crisis financieras internacionales provocan situaciones de gran
pobreza en los países cuyos estados tienen menos posibilidades (normalmente los
más pobres), no lo hacen en las naciones industrializadas cuyos sectores
públicos suelen estar más desarrollados. La protección que presta el Estado de
Bienestar es suficiente para contrarrestar gran parte de los perjuicios de las
crisis. Ello no quiere decir que no sea necesaria "precaución para anticipar y
minimizar los riesgos de la liberalización de capitales" (Guitián, 1998: 3). Hay
que intentar evitar estas crisis que se extienden a nivel mundial como una
mancha de aceite a pesar de que sus consecuencias sobre los afectados en
nuestras naciones no son excesivamente graves gracias a nuestros sistemas de
protección. Una acción conjunta para reducir el peligro de nuevas crisis y para
reforzar los estados de bienestar, es necesaria para evitar el desencadenamiento
de estos procesos de exclusión.
2.b.3.- La globalización y la precarización del mercado de
trabajo
Los procesos de precarización del mercado de trabajo parecen
tener mucho que ver con la deslocalización de la producción, es decir, con el
tema que ya ha sido abordado en este artículo. El argumento para justificar esto
sería el mismo que en el caso que ha sido comentado unas líneas más arriba.
Existe una amenaza de llevar las plantas de producción a países menos
desarrollados, en los que los costes de trabajo son más reducidos no sólo por su
nivel de renta, sino también por la falta de una legislación que defienda los
derechos de los trabajadores. Este peligro es uno de los que invocan las
empresas cuando demandan la flexibilización del mercado de trabajo como
condición para que se queden sus plantas productivas en el país en el que se
está o se quieren asentar. Se está reproduciendo el argumento de la competencia
entre países como justificación de la rebaja de las condiciones laborales. A
pesar de ello, ya hemos visto como, hasta este momento, el fenómeno de
deslocalización no es tan grande como para justificar una flexibilización total
de todos los mercados laborales. En principio solamente sería necesario para
aquellos que se ven amenazados por una competencia real proveniente de las
naciones menos ricas. Pero hay que tener en cuenta que en 2000 el 81,7% de
nuestras importaciones provenían de países de la OCDE, es decir, la importancia
de las importaciones provenientes de naciones con unas condiciones laborales más
flexibles que las nuestras son un grupo minoritario y que declina año tras año.
Ello demuestra que los posibles problemas de productividad que parece que
tenemos y que nos impiden ser competitivos no solo dependen de las condiciones
laborales de los trabajadores y de la flexibilidad de nuestro mercado de
trabajo, sino de otros factores como la organización de las empresas, los
procesos productivos utilizados, la formación del personal, etc. Tal y como
sucedía con anterioridad, la idea de que la deslocalización es un resultado
necesario de la globalización actual, parece más bien una excusa para justificar
determinados comportamientos que una amenaza real.
En este sentido, la globalización sí supone una amenaza para
los procedimientos de precarización debido a la
difusión en escuelas empresariales y entre los directivos de las grandes y
pequeñas compañías de unas nuevas formas organizativas que estructuran la
empresa alrededor de un núcleo básico con unos directivos y unos trabajadores
imprescindibles para llevar a cabo la actividad y que trabajan para la compañía,
y de una externalización de los servicios, una subcontratación de algunos
procesos y el traspaso de algunas labores a los clientes. Todo ello permite que
los propietarios puedan mantener su nivel de beneficios y perjudica a sus
trabajadores. En las formas societarias más utilizadas hasta ahora, cuando
existía un momento en el que las ventas bajaban, la compañía debía seguir
pagando a sus empleados a pesar de que ello le pudiese suponer unas pérdidas
mayores para los propietarios. Con las nuevas formas, el ajuste recae sobre las
pequeñas empresas que son subcontratadas por la principal o sobre trabajadores
autónomos, de modo que son estos los que soportan el peso del ajuste que se
tiene que realizar y pueden, como consecuencia, perder sus contratos y su
ocupación. El seguro colchón que suponía ser un empleado fijo de una compañía
desaparece para convertirse en un puesto de trabajo precario y temporal. Por
otro lado, la organización interna de las empresas también se articula alrededor
de unos puestos poco cualificados que pueden ser desempeñados por cualquier
persona lo que permite que todos los trabajadores sean fácilmente sustituibles.
Por ello sus salarios son más bajos y su periodo de permanencia en el empleo
menor. Estas tendencias globales llevan, por tanto, a que los empleados se
encuentren en unas condiciones peores ya sea porque pasan a trabajar para
empresas más pequeñas e inseguras, o porque lo hacen en ocupaciones de muy baja
cualificación, poco remunerados y discontinuos. En la medida en la que la
globalización ideológica y cultural está colaborando en la generalización de
estas prácticas empresariales, se le puede considerar en un elemento que
contribuye a la precarización de las condiciones laborales de los trabajadores
en los países más desarrollados.
2-b.4.- La globalización y las migraciones
Los movimientos migratorios han existido durante toda la
historia del hombre. El nomadismo ha sido habitual en las primeras etapas del
desarrollo de la humanidad y solo cuando las personas perfeccionaron sus
técnicas agrícolas y constructivas comenzaron a asentarse en lugares fijos.
Muchos habitantes de todos los rincones del mundo han dejado atrás su tierra
buscando un lugar en el que lograr unas condiciones de vida mejores que el de
partida. No hay más que recordar los millones de europeos que cruzaron los mares
en el siglo dieciocho en busca de nuevas tierras en el continente americano, en
África y en los países de Oceanía, o las personas que han abandonando sus
lugares de origen huyendo de situaciones bélicas o de regímenes dictatoriales a
lo largo del siglo XX. A todos estos movimientos hay que unir los que se dan en
la actualidad a consecuencia de la injusta realidad internacional derivada de la
globalización. El incremento de las desigualdades mundiales que se está dando
año tras año, junto con la falta de esperanza que siente gran parte de la
población de muchas de las naciones menos desarrolladas, estimula sus deseos de
emigrar hacia esos lugares en los que se vive mucho mejor y se disfruta de unas
rentas superiores. Acudir al panal de rica miel incrementa las posibilidades de
participar en el festín. Los pobres conocen la manera en la que se vive en
nuestros países privilegiados y aspiran a rebañar una parte de esta prosperidad
de la que nosotros ya disfrutamos. Por ello, a pesar de las dificultades y de
las escasas probabilidades que tienen de lograr todos sus sueños, se aventuran y
abandonan sus hogares para ir a aquellos lugares en los que sus ciudadanos viven
mucho mejor.
Unos movimientos de personas entre países totalmente libres
tendrían unas consecuencias económicas evidentes y que han sido ya muy
estudiadas (Krugman; Obstfield, 1994) (Lindert, 1994). La dirección que toma la
práctica totalidad de los emigrantes tiene como origen (salvo excepciones) las
naciones pobres y como destino las más ricas. Esto tiene como consecuencia que
los salarios de las primeras se incrementen gracias al descenso de la oferta de
trabajo, mientras que las remuneraciones de los lugares receptores de emigrantes
se reducen por el aumento de la mano de obra que supone la llegada de nuevos
trabajadores. Otra de las consecuencias que tienen estas migraciones es que la
región receptora genera más rentas gracias al incremento de sus factores
productivos, mientras que los lugares de origen perciben transferencias de sus
emigrantes lo que mejora la calidad de vida de los que han quedado. En términos
globales, la emigración libre permite que la producción mundial se incremente en
un porcentaje superior al que lo haría si ésta no existiese, ya que los
emigrantes pasan de carecer de un trabajo o de realizarlo de una manera poco
productiva, a desempeñar labores muy productivas en naciones más
ricas.
Ante estas consecuencias de los movimientos migratorios se
dan sentimientos contradictorios según se esté en un país emisor o en uno
receptor y según la situación que se tenga en cualquiera de estos dos lugares.
Por un lado, los propietarios de las empresas de las naciones ricas pueden
desear la entrada de emigrantes ya que ello les permite pagar unos salarios
menores e incrementar sus posibilidades de producción sin que sus costes medios
crezcan en exceso. Sin embargo los trabajadores
de estas naciones pueden ver amenazadas sus altas rentas por la llegada de
emigrantes pobres y desear que estos no atraviesen sus fronteras. Este va a ser
uno de los colectivos que más va a militar en contra de la entrada de nuevos
inmigrantes. Por otra parte, determinados productores y propietarios, así como
los mismos consumidores, tampoco están interesados en que se abran las fronteras
a las personas pobres y poco cualificadas. Esta oposición se debe a que si se
quedan en sus países de origen los salarios allí continuarán muy bajos. Ello
hará que las empresas de los países ricos puedan producir en estas naciones con
unos costes muy reducidos lo que les permitiría obtener unos altos beneficios.
Además, ello hace que los bienes así fabricados puedan resultar muy baratos y
que los consumidores de los países desarrollados incrementen su capacidad
adquisitiva. Por eso estos dos colectivos están también interesados en que las
barreras a los movimientos de población se mantengan.
Este juego de intereses ha provocado que los trabajadores
solamente tengan facilidades para migrar en el caso de que estén muy
cualificados o que sean personas con altas rentas. La presión de las compañías
que quieren emplear esta clase de trabajadores es fuerte y efectiva. Estas
mismas empresas se trasladan, sin embargo, a las naciones que tienen la mano de
obra más barata y prefieren que se mantengan las
barreras para los trabajadores pobres y poco cualificados. Esta es la causa por
la que estos últimos tienen un gran número de restricciones para poder cambiar
de lugar de residencia. Cuando lo consiguen, con frecuencia a través de medios
clandestinos, engrosan la cifra de sin papeles que existen en todos los países
industrializados. Estas personas realizan labores que no puede o no quiere
cubrir la mano de obra local, actividades mal pagadas y sin ninguna seguridad
social en sectores que aparecen o se mantienen gracias a las posibilidades que
brindan estos emigrantes. Son labores que tendrían una dimensión más reducida de
no ser por lo mal pagado que están sus trabajadores. Ejemplos de estas
actividades en nuestro país son el servicio doméstico interno (que se ha
expandido en mucho en estos últimos años) y las explotaciones agrícolas que, con
frecuencia, pueden ser competitivas en los mercados internacionales gracias a
este trabajo mal pagado.
Esta clase de migración que nace al abrigo de la prohibición
real de movimientos de la población y de la
permisibilidad que se aplica a la existencia de sin papeles, es una fuente de
exclusión en nuestras naciones más desarrolladas. Los inmigrantes que se
mantienen en nuestro país en una situación sin regular, con unos empleos mal
pagados y sin ninguna clase de seguridad social son los que sufren esta
situación de marginación. Son personas que aportan ingresos a la hacienda
española a través, principalmente, de los impuestos indirectos, pero que
perciben pocos beneficios de ella por no tener su situación regularizada. La
restrictiva política de inmigración existente no parece que vaya a cambiar a
corto plazo. Los beneficios que sacaría la sociedad internacional en cuanto a
mayor crecimiento e igualdad son difícilmente perceptibles por los afectados,
mientras que las ganancias que perciben consumidores y propietarios por el
mantenimiento de las barreras a la libre circulación de personas son fácilmente
cuantificables en términos de precios inferiores, salarios superiores y mayores
beneficios empresariales para aquellas compañías que trabajan en esas naciones.
En esta caso, la globalización actual está creando un grupo de personas que está
excluido del desarrollo mundial cuando viven en una nación subdesarrollada y que
siguen siendo marginado cuando llegan de una manera indocumentada a los países
industrializados.
3.-
Conclusiones
En primer lugar se ha visto como la globalización actual no
articula medidas pensadas especialmente para favorecer a los que ya se
encuentran en las zonas de exclusión. Esto podría no ser un problema si la
integración mundial potenciase a los gobiernos nacionales y regionales para que
cumpliesen sus funciones redistributivas y de apoyo a las personas que se
encuentren en esta situación, o ayudase los estados que no las realizan a
instaurar instituciones que lo hiciesen, o actuase de una manera subsidiaria
cuando la labor de estos niveles inferiores fuese claramente insuficiente. Ahora
bien, esto no está sucediendo. A pesar de que el tamaño del sector público en
las naciones industrializadas no está decreciendo, la mundialización no está
potenciando la profundización de sus funciones en las naciones menos
desarrolladas. Es más, la ideología globalizadora difunde a lo largo y ancho del
planeta la idea de que el estado y sus labores redistributivas deben reducirse.
Estas ideas son el verdadero peligro que tiene la mundialización para aquellos
que ya se encuentran o pueden encontrarse en las zonas de vulnerabilidad, ya que
difunden la concepción de que no es necesario tomar medidas que las eviten o
palien sus consecuencias negativas.
En segundo lugar, los cambios económicos han sido y son
constantes a lo largo de la historia. En todos
ellos hay colectivos que se quedan atrás y que pueden empobrecerse como
consecuencia de estos eventos. La envergadura y la rapidez con la que se están
dando estos procesos no son atribuibles en exclusividad a la mundialización, el
progreso tecnológico y la vitalidad de la actividad económica también juegan un
importante papel en estos cambios. No sucede lo mismo con las crisis mundiales
que hemos sufrido en los últimos años. Muchas de ellas han sido provocadas por
los mercados financieros globalizados. Su dimensión, su frecuencia, sus
consecuencias y la rapidez con la que se han difundido a lo largo del globo
terráqueo no hubiesen sido posibles sin la liberalización de los movimientos de
capitales y la falta de coordinación o de elementos correctores de que adolece
ésta. Las repercusiones que tienen estos fenómenos están perjudicando,
principalmente, a los trabajadores afectados de los países más pobres. La
existencia de estados de bienestar en las naciones más industrializadas evita
que sus habitantes sufran sus consecuencias de un modo tan intenso como la hacen
los ciudadanos de aquellos lugares cuyos estados del bienestar son inexistentes
o insuficientes.
En cuanto al mercado de trabajo tampoco es la globalización
de una manera directa la que está provocando la precarización de determinados
empleos. Por una parte, la reducción de la producción industrial y de los trabajadores en algunas ramas industriales
no es sólo consecuencia del nivel de importaciones de las naciones menos
desarrolladas (que como se ha visto es bastante baja) sino de las mejoras de
productividad que han permitido los avances tecnológicos. La mundialización, más
que su causa última, es un hecho consustancial a los mismos y que se ve
posibilitado por ellos. Por otro lado, la competencia internacional sirve para
justificar pérdidas de derechos de los trabajadores ante la amenaza de las
empresas de llevar esas mismas factorías a otros lugares. En este caso, en lugar
de ser la globalización la causa de esta precarización, es la excusa para poder
llevarla adelante. Del mismo modo, la ideología mundializadora prioriza los
derechos de los propietarios y su necesidad de lograr unos beneficios lo más
altos posible en contra de los derechos de los trabajadores que son considerados
un simple coste de producción. Las nuevas formas empresariales también
perjudican la seguridad en el trabajo. Gracias a ellas es más fácil que los
ajustes derivados de los descensos de ventas recaigan sobre los empleados menos
cualificados enviándolos al desempleo, lo que contribuye a acelerar las
posibilidades que tienen de caer en procesos de marginación social. La ideología
que viene ligada al proceso de globalización es, por lo tanto, la que amenaza a
los empleos estables, seguros y bien pagados. El proceso no solo difunde estas
ideas, sino que sirve como excusa de la inevitabilidad de llevarlas a
cabo.
Por último, la globalización tiene una influencia directa en
la creación de procesos de exclusión a través del
aspecto menos globalizado de todos, los movimientos de personas a lo largo de
las fronteras. La mundialización de la pobreza y el crecimiento de las
desigualdades, unidos a los modernos medios de comunicación social que divulgan
los privilegios y la manera de vivir de los más ricos, provocan que los que
viven en países subdesarrollados deseen arañar parte de la prosperidad y el
bienestar de que gozan los habitantes de las naciones industrializadas. Esto
genera movimientos migratorios que están limitados por una legislación que
mantiene barreras a al mayoría de los traslados internacionales de población. La
imposibilidad de legalizar su situación en las naciones de acogida provoca que
estos emigrantes no vean reconocidos sus derechos esenciales, lo que les lleva a
una situación de indefensión extrema e imposibilita su integración plena en la
sociedad en la que están viviendo. Como consecuencia de ello, se desarrolla una
zona de vulnerabilidad que incorpora nuevos afectados día tras día según nuevos
emigrantes van filtrándose entre la malla protectora que hemos adherido a
nuestras fronteras. Las grandes diferencias económicas internacionales tienen
como consecuencia la creación de situaciones de exclusión en el interior de
nuestros países más ricos.
El voluntario que se dedique a ayudar a los más pobres, debe
saber pues, que la globalización está siendo
tomada como excusa para tomar medidas que perjudican a aquellos que peor están y
que favorecen las dinámicas de creación de exclusión social. Es por ello, que
hay que volver a afirmar que la globalización no supone irremediablemente el
incremento de la marginación social ni la pérdida de medidas favorecedoras para
los que menos tienen. Se puede apostar por una mundialización diferente que
conlleve otros valores y que intente construir un mundo más justo y más
fraterno. Creo que podemos recordar aquí una de las ideas que expresa la
encíclica Centesimus Annus (58) "Se siente cada día más la necesidad de que a
esta creciente internacionalización de la economía correspondan adecuados
órganos internacionales de control y de guía válidos que orienten la economía
misma hacia el bien común".
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Anexo
1
| |
Ingresos
tributarios corrientes en porcentaje sobre el PIB |
| |
1980,00 |
1990,00 |
1998,00 |
|
Australia |
19,60 |
23,80 |
22,90 |
|
Austria |
31,30 |
31,40 |
34,80 |
|
Bélgica |
41,40 |
41,50 |
43,30 |
|
Corea |
15,50 |
15,90 |
17,30 |
|
España |
22,20 |
28,80 |
28,10 |
|
Estados Unidos
|
18,50 |
18,00 |
20,40 |
|
Finlandia |
20,10 |
28,30 |
28,10 |
|
Francia |
36,70 |
37,60 |
39,20 |
|
Grecia |
22,60 |
26,00 |
20,60 |
|
Israel |
43,30 |
33,70 |
35,80 |
|
Italia |
29,30 |
37,30 |
38,60 |
|
Noruega |
33,80 |
32,30 |
34,10 |
|
Nueva Zelandia |
30,70 |
36,30 |
32,10 |
|
Países Bajos |
44,20 |
42,80 |
42,70 |
|
Reino Unido |
30,60 |
33,30 |
36,30 |
|
Singapur |
17,50 |
15,40 |
16,20 |
|
Suecia |
30,10 |
38,40 |
35,80 |
|
Suiza |
18,10 |
19,40 |
22,00 |
1Se pueden encontrar tres definiciones distintas
del fenómeno en (PNUD, 1997: 92), (Kiely, 1998: 3) o (Fischer, 2000:
1)
2Ver entre otros (Chossudovsky, 1997), (Adda,
1999), (Beck, 1998) (Kiely, 1998) (Laird, 2000) (Maria i Serrano, 2000)
(González-Tablas, 2000), etc...
3Ver (Banco Mundial 2000: 2 y 3) y (FMIBOLETÍN,
2000: 306)
4Traducción propia
5Traducción propia