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II CONGRESO INTERNACIONAL IGLESIA Y MEDIOS DE COMUNICACIÓN SOCIAL
"LOS MEDIOS DE COMUNICACIÓN CATÓLICOS EN EL SIGLO XXI"
CONCLUSIONES
Aún vivo el recuerdo de la V Visita Apostólica del
Papa Juan Pablo II a nuestro país, que ha constituido un verdadero
Pentecostés de gracia y de cariño popular en torno al
Santo Padre; con la certeza, recibida en este acontecimiento, de haber
sido confirmados en la fe e invitados a la coherencia por el Sucesor
de Pedro, de haber sido animados a una mayor esperanza que ahuyenta
miedos y nos llama a dejar los cómodos reductos de las creencias
para uso privado y, en cambio, bogar mar adentro -duc in altum-, salir
a la calle, al foro público, profesionales y profesores de
la comunicación –profesos, al fin y al cabo de tan noble
oficio- hemos celebrado, organizado por la Universidad Católica
San Antonio de Murcia, anfitrión nuestro en estos días,
el Consejo Pontificio de las Comunicaciones Sociales y la Unión
Católica de Informadores y Periodistas de España, el
II Congreso Internacional Iglesia y Medios de Comunicación
Social.
En él, después de compartir ricas y variadas experiencias
en los diferentes medios ya sean de titularidad eclesial, pública
o privada, y de reflexionar juntos a la luz de la doctrina de la Iglesia
sobre el propio quehacer comunicativo y los retos evangelizadores
que se nos presentan, hemos percibido de manera clara que el más
importante de ellos es contribuir a conciliar, en la unidad de vida
de nuestro propio ser y obrar, los dos ámbitos a los que pertenecemos:
el de nuestro ser cristiano y el de la comunicación.
Un empeño éste, que es de obligado cumplimiento para
todo discípulo de Cristo, pero que para nosotros toma fuerza
de especial urgencia e importancia al ser cada vez mayor la influencia,
propiciada por las nuevas tecnologías, que las comunicaciones
tienen en la sociedad actual, hasta el punto de llegar calificarla
como “sociedad de la información”, tan influyente
en el pensamiento y en la vida de los hombres y mujeres de hoy.
El reto: integrar el mensaje cristiano en la sociedad mediática
Querámoslo o no, estamos inmersos en la llamada por unos sociedad
mediática y por otros mediosfera, en la que, como ha descrito
el Prof. Enrique Bonete en este Congreso “lo que creemos, pensamos
y afirmamos de la realidad y de nosotros mismos está muy condicionado
por aquello que se oye, se escribe y se ve en los medios de comunicación,
y especialmente del más potente de todos: la televisión.
Estas “nuevas instancias de poder cultural de comienzos de este
nuevo siglo, ya sean filosóficas, políticas o mediáticas,
no sólo excluyen totalmente -como también nos ha señalado
el Prof. Bonete- la legitimidad social al cristianismo para crear
nuevas pautas morales o criticar las vigentes sirviéndose de
los medios de comunicación”, sino que, en el decir del
doctor Navarro Valls, han contribuido a que se haya perdido la unidad
de vocabulario y un sistema de referencias común para el cristiano,
que el Papa Juan Pablo II ha rescatado con su dimensión comunicativa.
Nos hallamos, en definitiva, ante dos concepciones distintas: la de
la cultura mediática y la de la Iglesia, pero, como ha llegado
a señalar Juan Pablo II, “no existe razón para
que las diferencias hagan imposible la amistad y el diálogo.
En muchas amistades profundas, nos dice, son precisamente las diferencias
las que alientan la creatividad y establecen lazos” .
Abandono del sentido instrumental: ya no “servirse de los medios”
sino integrarse en la cultura creada por ellos
¿Cómo hacerlo?, ¿cómo evangelizar –razón
de ser de la Iglesia- esta nueva cultura? Probablemente ha sido ésta
la pregunta a la que todos hemos querido dar respuesta en este Congreso.
Y la clave para lograrlo nos la ha dado Juan Pablo II, quien ha percibido,
antes que nadie, que el trabajo apostólico o evangelizador
en los medios ya no puede ser entendido en un sentido instrumental
y difusionista, sino desde una visión integral, más
completa. Para el Santo Padre el trabajo en los medios “no tiene
solamente el objetivo de multiplicar el anuncio. Se trata de un hecho
más profundo, porque la evangelización misma de la cultura
moderna depende en gran parte de su influjo. No basta, pues, usar
los medios para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la
Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta «nueva
cultura» creada por la comunicación moderna” (Redemptoris
missio, 37).
En estos nuevos tiempos hay también, como ha señalado
Mons. Foley, presidente del Consejo Pontificio para las Comunicaciones
Sociales, signos positivos y esperanzadores, citando entre ellos el
aprecio por la coherencia y la demanda de responsabilidad ética,
señales que nos animan a una esperanzada tarea evangelizadora.
Precisamente en la aportación de la sabiduría moral
de la Iglesia a la reflexión ética en las comunicaciones
sociales está uno de los mejores servicios que ella puede hacer
al mundo de los medios. Esta oferta reclama para el espacio mediático
un marco suficiente donde defender el ejercicio de la libertad responsable
y el bien común, rescatar el sentido social de una comunicación
a la medida de la verdad del hombre y su destino trascendente, para
lo que se necesita el auxilio de las normas legales y de los códigos
éticos, pero, sobre todo el compromiso moral de los propios
comunicadores.
Según señala el documento Ética en las comunicaciones
sociales, la más original y valiosa de las aportaciones de
la Iglesia “a las realidades humanas, incluyendo el mundo de
las comunicaciones sociales, es «precisamente el concepto de
la dignidad de la persona, que se manifiesta en toda su plenitud en
el misterio del Verbo encarnado» (Centesimus annus, 47). Como
afirma el Concilio Vaticano II, «Cristo el Señor, Cristo
el nuevo Adán, en la misma revelación del misterio del
Padre y de su amor, manifiesta plenamente el hombre al propio hombre
y le descubre la grandeza de su vocación» (Gaudium et
spes, 22)” (n.5).
Esto lleva consigo, por ejemplo, entre otros cometidos más
urgentes para esta hora, integrar en una comunicación que cada
vez más se ha reducido a los ámbitos comerciales o mercantiles,
la defensa de la dignidad de la persona, la reivindicación
de la responsabilidad moral de la libertad, la defensa del matrimonio
y de la familia, del derecho a la vida, del sentido social de los
bienes, del verdadero valor de la sexualidad humana, y de la globalización
de la solidaridad, por citar algunos.
La formación de los futuros comunicadores cristianos: el testimonio
es la coherencia entre la fe y la profesión
En definitiva, se trata de ofrecer la visión cristiana de
toda realidad y acontecimiento, y posibilitar a nuestros semejantes
el encuentro con Cristo, quien es el fin último de la misión
evangelizadora encomendada a todo cristiano, en los últimos
tiempos de manera particular a los laicos, y a la que los periodistas
han de contribuir de forma específica con su trabajo profesional
en los medios.
En este cometido son precisamente las personas, ya sean los comunicadores
o el público destinatario de la comunicación, quienes
más interesan a la Iglesia en su trabajo pastoral en los medios.
Para con los primeros la Iglesia tiene ya una larga tradición
educativa en sus centros universitarios de comunicación. En
ellos, como el que ahora tan generosamente nos acoge, se ha de buscar
no sólo una excelente cualificación profesional de los
futuros comunicadores, sino también su formación integral
en los más altos valores humanos y espirituales que ennoblecen
la profesión y que, con el sentido cristiano de la vida, alcanzan
su plenitud.
Así lo han expuesto algunos maestros de periodistas y estudiosos
de la comunicación que han manifestado en este Congreso los
rasgos y claves imprescindibles para lograrlo, y su propuesta para
que las facultades de comunicación sean verdaderos ámbitos
formativos donde se aúnen la continua investigación,
el rigor académico de la docencia, y el experimentado oficio,
sin olvidar la propuesta de la interioridad, de la espiritualidad,
que como ha recordado el Papa a los jóvenes españoles
en CuatroVientos, salva a la cultura de todo lo que la vuelve inhumana.
Necesidad formativa que también ha de abarcar al público,
sobre todo a los más pequeños y jóvenes, a fin
de lograr que sean unos usuarios responsables y críticos de
los medios. Especial responsabilidad en esta tarea tienen los padres
y la escuela, así como los titulados universitarios en comunicación,
que podrían encontrar en esta tarea una posible salida profesional,
habilitando en los planes escolares un espacio con tal fin.
La cualidades que ha de poseer un periodista cristiano las hemos visto
encarnadas en la rica y atrayente variedad de los distintos profesionales
de la comunicación que durante el Congreso han compartido con
nosotros su testimonio de vida: ellos nos han expuesto el estilo personal
con que cada uno logra armonizar su vocación humana de periodista
y sobrenatural de cristiano. Su pasión por la profesión
va pareja por la causa de Cristo, por la defensa de la dignidad de
la persona humana y del bien común.
La prensa, la radio, la televisión e internet
Variados han sido también los distintos testimonios de los
medios de comunicación en los que trabajan: la prensa, la radio,
la televisión e internet.
Con respecto a la prensa la Iglesia ha de saber encontrar, con creatividad
y audacia, la forma de recuperar su presencia, a fin de que su mensaje
tenga una mayor significación y relevancia en la opinión
pública, y contribuir así a la vertebración de
la convivencia social. La reaparición de la prensa católica
contribuiría, al mismo tiempo, a la recuperación del
protagonismo de los intelectuales y pensadores católicos, a
los que ofrecería la tribuna adecuada para exponer a la ciudadanía
las razones de la fe sobre los más variados problemas y situaciones
que depara la actualidad y que los medios reflejan.
La radio católica, por su parte, debe contribuir con su inmediatez
a recuperar el contacto de la comunicación con la realidad
social y ser el altavoz de las verdaderas necesidades de la audiencia,
para las que la Iglesia tiene respuestas que han de ser presentadas
de forma interesante y entretenida.
Las experiencias en el ámbito audiovisual, en sus distintas
fórmulas, desde la más específica religiosa hasta
la generalista, constituyen para la comunidad católica una
realidad que se abre camino en el más influyente de los medios:
la televisión. Las distintas iniciativas han de manifestar
con claridad su identidad cristiana y dar así, a través
de contenidos atractivos, adecuada satisfacción a la demanda
de quienes buscan unas alternativas televisivas dignas de los valores
trascendentes y del sentido cristiano de la vida.
Digna de especial atención es la decidida apuesta que la Iglesia
ha hecho por las nuevas tecnologías de la comunicación,
especialmente en el ámbito de Internet, tal y como se nos ha
comunicado en este Congreso. Todas ellas muestran la creatividad y
diligencia de quienes, urgidos por el celo de la nueva evangelización,
quieren salir al paso de los hombres y mujeres que transitan por las
también nuevas autopistas de la información. No sólo
ofrecen en ellas el rico patrimonio cultural y religioso de la Iglesia
en una comunión de bienes que representa en el mundo virtual
la nota de la catolicidad de la Iglesia, su globalización,
sino que es expresión también de la no menos real comunión
de los santos, y constituye una red humana de ayudas y respuestas,
donde la interactividad por fin se hace posible en los medios de comunicación.
Reciban nuestro más firme apoyo quienes trabajan en estas iniciativas
para lograr objetivos evangelizadores, los cuales justifican, por
encima de otras legítimas finalidades, la posesión por
parte de la Iglesia de medios de comunicación propios.
Juan Pablo II, ejemplo de comunicador
Si la memoria del reciente viaje del Papa Juan Pablo II a España
ha sido transversal en este Congreso con sus sugerencias y exigencias
que nosotros hemos intentado interiorizar, su figura se nos presenta
sobre todo como un magnífico modelo de comunicador al serlo
también como pastor universal de la Iglesia. De ello nos ha
hablado el Dr. Navarro Valls al darnos algunas claves de la eficacia
comunicativa del Papa, que nacen de su autenticidad, de su apuesta
por “rehacer un sistema común de referencias… para
que se pueda entender hoy el universo de valores cristianos. En definitiva,
para que el Evangelio pueda ser primero entendido y luego aceptado”.
Juan Pablo II nos ha mostrado con su ejemplo y su enseñanza
la manera de lograr la amistad entre la Iglesia y los medios, que
no es otra que la de intercambiar sus propios bienes. Así nos
lo decía en su Mensaje para la 33 Jornada Mundial de las Comunicaciones
Sociales: “La cultura del memorial de la Iglesia, decía
el Papa, puede salvar a la cultura de la fugacidad de la noticia que
nos trae la comunicación moderna, del olvido que corroe la
esperanza; los medios, en cambio, pueden ayudar a la Iglesia a proclamar
el Evangelio en toda su perdurable actualidad, en la realidad de cada
día de la vida de las personas. La cultura de sabiduría
de la Iglesia puede salvar a la cultura de información de los
mass-media de convertirse en una acumulación de hechos sin
sentido; y los medios pueden ayudar a la sabiduría de la Iglesia
a permanecer alerta ante los impresionantes nuevos conocimientos que
ahora emergen. La cultura de alegría de la Iglesia puede salvar
la cultura de entretenimiento de los medios de convertirse en una
fuga desalmada de la verdad y la responsabilidad; y los medios pueden
ayudar a la Iglesia a comprender mejor cómo comunicar con la
gente de forma atractiva y que a la vez deleite.”
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