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CONGRESO INTERNACIONAL "EDUCACIÓN, FAMILIA Y VIDA"

Conclusiones

Como no podría ser de otro modo, las distintas intervenciones de los ponentes que han tomado parte en este congreso han ofrecido una visión interdisciplinar, plural y variada de la educación, la familia y la vida. No obstante, hemos asistido a un hecho infrecuente: la pluralidad no se ha convertido en seudónimo de la confusión. Y, todavía más inusual, durante estos días la experiencia humana, la ciencia, la filosofía y la Fe se han mostrado no ya compatibles, sino mutua y estrechamente solidarias en el noble empeño humano por encontrar y difundir la verdad sobre una cuestión que es el eje estructural de la existencia humana: la familia.

Precisamente en estos días, por una circunstancia que no me atrevo a llamar mera coincidencia, la Conferencia Episcopal ha aprobado un extenso y con toda seguridad muy interesante documento sobre "La familia, santuario de la vida y esperanza de la sociedad", que desde aquí agradecemos y acogemos como un aliento más de la Iglesia para proseguir un trabajo que, aunque arduo, también se muestra fecundo y fructífero. Agradecemos la magnífica ocasión que este Congreso ha significado al Pontificio Consejo para la Familia y a la Universidad Católica San Antonio, a todos los asistentes y a los ponentes cuyas aportaciones pasamos a extractar siguiendo la estructura general del Congreso en tres módulos interdependientes.

FAMILIA

  1. El camino de la humanidad pasa necesariamente por la familia, útero espiritual en el que se cultivan tanto las virtudes humanas como las virtudes teologales: Fe, Esperanza y Caridad. Si la aversión a lo espiritual es uno de los principales males de nuestro tiempo, si no el principal, la familia se muestra como la comunidad básica de transmisión de la fe cristiana, communio personarum a imagen y semejanza de la Trinidad Beatífica.
  2. El hombre es un ser cobiográfico. Refleja en la arquitectura de su última intimidad un entramado de correlaciones, de identidades biográficas que forman la red de nuestra identidad personal. De estas cobiografías, la más básica y radical es la cobiografía familiar, pues cada identidad vivida en la familia constituye una posición de identidad relacional irrepetible, mientras que el anonimato, la soledad y la no diferenciación, contienen algunos de los principales elementos del sufrimiento humano que sustraen al sujeto de su intimidad.
  3. El ser humano tiene una constitución bipolar en dos sexos: Dios nos creó hombre y mujer, iguales en dignidad, diferentes, pero complementarios, llamados al encuentro y al amor conyugal. Esta verdad, que encontramos en la Revelación, es corroborada diariamente por los avances científicos, especialmente en el ámbito de la genética. El propio genoma ha demostrado la igualdad esencial de todos los seres humanos, a la vez que su formalización en sexo masculino y sexo femenino.
  4. La familia cristiana está estructurada por la entrega personal y la cooperación con Dios para la transmisión de la vida. Se trata de una estructura natural que se muestra en la misma naturaleza humana, que llama a la esponsalidad y a la entrega plena que ella implica. Es necesario que la verdad de la naturaleza humana que ha sido dada por Dios en la creación del ser humano como hombre y mujer sea reconocida y promovida por el legislador.
  5. La persona se muestra en su plenitud en el encuentro libre con otro, donde el vínculo establecido no se centra en el yo, ni en el tú, sino en el "entre", en la comunidad que se establece en el amor. El amor conyugal es una muestra arquetípica de que la realización humana debe seguir el camino del encuentro, de un encuentro de amor que sólo es posible a través de una donación plena, como la refleja el compromiso conyugal, que convierte en donantes a los esposos, no sólo por lo que entregan de sí mismos, sino por su capacidad de aceptar el don del otro.

VIDA

  1. Para liberar a nuestra cultura del nihilismo, el cinismo moral y el individualismo, que dan la espalda a la verdad del hombre como ser comunitario y comprometido con la verdad, se hace necesario contar con maestros, que den testimonio de la relación fructífera entre razón y fe; con padres, preparados para realizar su labor educativa, y con santos, que fortalezcan el sentido de la vida como entrega sincera de uno mismo a los demás.
  2. Hemos podido ver en este Congreso cómo algunos gobiernos inician un proceso, todavía lento y dubitativo, para reconocer el valor de la familia de vínculo indisoluble. Animamos a todo los legisladores y juristas a profundizar en esta línea, para revelar a los pueblos la importancia insustituible de la familia cristiana.
  3. No debemos olvidar, con todo, que son los padres los principales responsables de la educación de los hijos en virtudes cristianas. Los padres deben educar con obediencia y respeto a Dios para enseñar las virtudes de la obediencia y el respeto a los hijos; con amor, para enseñar qué y cómo es el verdadero amor. Esta educación no se debe olvidar de promover la cultura de la vida, en la que la Resurrección de Cristo sea el centro de la vida familiar y de su esperanza; y no una cultura de la muerte que, cerrada al misterio de la muerte y la trascendencia, deje sin sentido a la propia vida humana.

EDUCACIÓN

  1. La ambigüedad de los actuales valores de la cultura dominante no puede apagar la condición donal del hombre. El testimonio, desde la fe, desde la razón y desde la experiencia, se presenta como la buena nueva, en la que la lógica de la libertad se realiza en el don.
  2. Uno de los males de nuestro tiempo, traído del nihilismo y del individualismo, consiste en la ruptura entre cuerpo y espíritu, entre individuo y persona, entre libertad y verdad, entre Eros y Ágape, escisiones todas ellas que impiden al ser humano comprender la profundidad y la grandeza del corazón humano, llamado al amor interpersonal por una libertad que sólo se comprende como libertad para amar, como libertad para vincularse de por vida.
  3. Enseñar a obedecer, enseñar a amar, a ser , a morir, son todas ellas tareas fundamentales e ineludibles de toda familia cristiana. Pero esto no debe hacerles olvidar, que junto y por encima de todas ellas, se encuentra la educación en la fe, una educación que promueva en cada uno de nosotros la experiencia personal y transfiguradora del encuentro con Jesucristo, pues sólo un amor tal que nos salva con su propia muerte puede recomponer, reconstruir y engrandecer el sentido y misión de la persona y de las familias.
  4. El futuro de la humanidad pasa por el presente de la familia. Necesitamos padres artesanos, que sepan modelar a sus hijos a través de la virtud al nivel de la exigencia de nuestro tiempo. Para que el hombre desarrolle cada día su capacidad de perfección, hemos de dotarle de las virtud. Sólo así formaremos al hombre capaz de ser protagonista en la realización de una sociedad cada vez más humana en el horizonte del naciente tercer milenio cristiano.

 

Muchas gracias a todos.

Murcia, 28 de abril de 2001

 
 
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