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CONGRESO INTERNACIONAL EVANGELIZACIÓN Y CULTURA PARA EL III MILENIO " HACIA UNA NUEVA CULTURA CRISTIANA "
Hacia
una nueva cultura cristiana
Fabio Duque Jaramillo
Subsecretario del Pontificio
Consejo de la Cultura.
Ciudad del Vaticano
CONCLUSIONES
Han sido dos días de trabajos intensos y de variadas y ricas
aportaciones teóricas, intelectuales y vitales acerca de cómo
es posible generar nuevas y fecundas síntesis entre la fe de
nuestro Señor Jesucristo y su Iglesia y las culturas de los
hombres y mujeres que pueblan entre el mundo nuestro, mil veces bendito,
a pesar del pecado del hombre, por la infinita bondad de Nuestro Dios
y Señor.
No es posible, pues, recoger en estas pocas palabras todas las propuestas
y sugerencias que se nos han hecho a cuantos hemos asistido, bajo
el auspicio del Consejo Pontificio de la Cultura y la Universidad
Católica San Antonio, a las variadas e interdisciplinares sesiones
del congreso.
Vaya por delante, pues, la seguridad de que las conclusiones que paso
a leerles solo alcanzan a reflejar pálida y escuetamente cuanto
aquí se ha expresado durante estos dos días.
- La naturaleza humana es una naturaleza racional de la que surge
su constitutiva vocación a buscar la verdad del mundo, de sí
mismo y de Dios. Esa vocación es cumplida por el ser humano
cuando dispone su razón para dirigir la vida y la creación
por las sendas del bien según el juicio recto de su conciencia.
La herida del pecado debilita la inteligencia y la voluntad, de modo
que ni tan siquiera los fines propios de su naturaleza se le hacen
plausibles sin el don de la gracia que, a su vez, no solo consuma
a la naturaleza, sino que la cura y eleva hacia sí misma y
hacia Cristo, alfa y omega del hombre y del Universo. Así,
el ser humano se descubre como constitutivamente dependiente y necesitado
de Dios. La libertad del hombre es heteronomía respecto de
Dios.
- El Magisterio de la Iglesia, siempre ha señalado, como indica
Su Santidad Juan Pablo II en la Encíclica “Fides et Ratio”
que “ la verdad alcanzada a través de la reflexión
filosófica y la verdad que proviene de la Revelación
no se confunden, ni una hace superflua la otra”. La fe no sólo
no es irracional, sino que es el punto más elevado para la
razón y para la cultura. En efecto, por la fe, la razón
y la cultura se reconocen a sí mismas como insuficientes en
orden a saciar su anhelo más profundo, el que sólo se
resuelve por la aceptación de una verdad histórica que
llega hasta nosotros como un dato revelado por Dios y que requiere
nuestra libre aceptación: la Buena Nueva de la Salvación.
- La Crisis de la cultura lleva aparejada una crisis en la fe, porque
como decía santa Teresa Bendecida de la Cruz, Edith Stein:
“Quien busca la verdad busca a Dios, aunque no lo sepa”.
Cuando la cultura traiciona religación constitutiva a la verdad,
se abre inevitablemente una sima entre cultura y fe, y se eliminan
las posibles instancias críticas hacia la cultura predominante,
dejando al hombre abandonado a una acumulación de la información
que carece de unidad y sentido.
- La pretensión de reducir la realidad a lo matematizable
no solo nos conduce al nihilismo que elude la pregunta por los fines,
el para qué, sino que dificulta a la razón y al corazón
del hombre el acceso a la verdad y el sentido del mundo y de sí
mismo. Mediante el proceso científico – tecnológico,
el hombre ha incrementado su poder para consumar la creación
pero, obnubilado por ese afán de dominación, corre el
riesgo de convertir ese supuesta consumación en una profanación
de su propio ser y del sentido del universo
- Este cientificismo se ha manifestado también en el ámbito
económico, en el que el incremento del beneficio y la reducción
de costes han sustituido a la búsqueda del bien común.
Los cambios económicos que actualmente percibimos, y en especial
la globalización, deben ir acompañados de una profundización
en la pregunta por el porqué, por los fines. Inevitablemente
esta pregunta apela a una mayor atención por los bienes del
ser humano, que debe ser considerado siempre como un fin en sí
mismo y no como un medio al servicio de los estados o los movimientos
especulativos.
- Como se ha señalado en este Congreso Internacional, los
movimientos artísticos contemporáneos reflejan en no
pocos casos la ausencia de sentido que reduce al mundo y a las obras
del hombre a insignificancia nihilista. Pero el arte, como todo lo
bello, es penetrable por la fe de Cristo que nos enseña a amar
apasionadamente el mundo u a transfigurarlo mediante nuestro trabajo
en gloria de Dios y bien para los hombres. Comprender la belleza artística
como Epifanía es tanto como colaborar con Aquel que todo lo
atraerá hacia sí, y hacia su Padre, el Dios bendito
y creador.
- El reto moral que nos plantea la cultura del nuevo siglo ha sido
expresado en muchas de las ponencias que hemos escuchado. Este reto
sólo puede ser asumido por nuestra cultura a apelando a la
capacidad transformadora de nuestros jóvenes, a la intensidad
y sinceridad de sus compromisos y la fuerza con que sus corazones
acogen a Cristo. Su protagonismo radica en la prontitud para promover
el cambio de una “ contracultura de la muerte” por una
“civilización del amor.” Nuestra sociedad, que
desea prepararlos cada vez más en su crecimiento personal,
debe acompañarles en su discernimiento del mal tras sus múltiples
máscaras. En ellos está depositado no sólo nuestro
futuro, sino también nuestro presente.
- No podemos dejar de hacer referencia, en estos días, al
necesario dialogo interreligioso. Es nuestro deber trabajar con entusiasmo
y fe en el Señor para que la herida histórica de la
separación de los cristianos llegue a su fin cuanto antes.
Es también nuestro deber conducirnos como hermanos con los
hombres que, de buena voluntad y con el corazón abierto a la
verdad, profesan otras religiones, sin por ello esconder el carácter
revelado de la verdad y el mensaje del que es depositaria la Iglesia:
el auténtico Camino hacia la Verdad y la Vida.
- Inspirados en el número 53 de la Constitución Pastor
al sobre Iglesia en el mundo contemporáneo, Gadium et Spes,
cabe afirmar que la cultura es todo y sólo aquello que ayuda
al ser humano a ser plenamente hombre; esta era una intuición
latente en todas las intervenciones de nuestros ponentes. Y nos sirve
para no dejarnos llevar fácilmente de la moda con la cual todo
lo llamamos cultura: Todo lo que atenta contra la dignidad humana,
consciente o inconscientemente, no es cultura ni merece ese nombre,
sino más bien el de su perversión: la barbarie que separa
al hombre de sí mismo, de los demás y de Dios.
- En estos días se ha hecho patente la posibilidad, siempre
nueva y vieja, como el Evangelio, de generar nuevas síntesis
entre Fe y Cultura. Hemos tenido a grandes hombres en este Templo,
que han puesto toda su capacidad racional a nuestro servicio y, a
la vez, se han mostrado llenos de fe, de una fe que nos han transmitido
al decirnos, una y otra vez, que toda su intensa búsqueda de
la verdad, el bien y la belleza les ha llevado, en todos los casos,
a una y la misma certeza: la Fe no inculturada es una fe no suficientemente
asumida ni vivida, y la cultura sin Fe en un signo que no significa,
un camino que no conduce a buen puerto.
- Como conclusión de este Congreso se nos ha invitado a “pasar
a los bárbaros” de nuestro tiempo, a esas inmensas muchedumbres
de hombres y mujeres de las que también nosotros formamos parte,
y que aguardan, sin saberlo, la bendita esperanza en una vida nueva
capaz de dar sentido también a ésta, con sus dolores
y penurias, pero también con sus gozos y esperanzas nobles
y humanas que son también cristianas. De ahí que debamos
evangelizar a las personas a través de las culturas, y a las
culturas a través de las personas.
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